martes, 28 de diciembre de 2010

Ich bin kein Jude 4


   Nadie puede imaginar lo emocionado que estaba Rudolph en la estación de buses. Tenía una sonrisa muy particular, la misma que se dibujaba en su rostro cada vez que emprendía un nuevo proyecto, aunque ésta tenía algo más, algunas pizcas de amor. Yo estaba muy asustado por toda esa locura, pero ya no había vuelta atrás. La cosa sería sencilla, viajaríamos hacia un pueblo un poco alejado de la zona donde estarían esperándonos mis padres, Rudolph había prometido hablar con ellos. Luego, unos amigos nos ayudarían a cruzar las fronteras del Tercer Reich. Cuando llegué a la estación no tenía idea de hacia dónde escaparíamos, tampoco era algo que me importara. Desde el comienzo de la guerra yo sólo obedecía, y no pretendía que las cosas empezaran a cambiar ese día, así que nos subimos al bus y no hice ninguna pregunta referente al viaje, sólo quería hablar de nosotros, o sea, mirarnos durante todo el trayecto sin pronunciar palabra.

   Cuando ya estábamos lejos de Postdam, Rudolph se animó a hablar y me dijo que las cosas no iban a salir tal y como lo habíamos planeado, mis padres no habían aceptado encontrarse con nosotros. Había hecho todo lo posible por convencerlos pero había sido imposible.

-Perdóname -me dijo.
-No te preocupes, ellos están en todo su derecho. No merezco nisiquiera una última despedida.
-No digas eso -dijo mientras secaba mis lagrimas.
-Les duele que yo sea...
-No lo serás un día más.

   A partir de ese momento decidí dejar todo atrás, viviría sólo para Rudolph, sin importar nada más. Si mis padres no querían perdonarme por intentar sobrevivir, no podía hacer nada, no iba a negar haber disfrutado todo eso, que le había cogido algo de cariño a Rolph y que incluso me había resignado a ver a Hitler reinando sobre Europa.

   Después de varias horas de viaje llegamos al pueblo donde nos estaban esperando los amigos de Rudolph. Me sorprendió mucho el poco control en las carreteras que atravesábamos, sin duda era la parte más tranquila de nuestro territorio. Todo estaba muy bien excepto yo, mientras transcurrían las horas mis temores se iban incrementando, estaba convencido de que Rolph empezaría a notar mi ausencia e inmediatamente iría a la casa de mis padres, éstos no le darían razón de mí y él buscaría la forma de sacarles la verdad, de cualquier manera, luego sería muy sencillo dar conmigo. Mi cabeza daba vueltas y mi corazón se estremecía, me sentí idiota por haber pensado que las cosas serían tan sencillas.

   Cuando nos bajamos del bus nos encontramos frente a frente con los hombres de Rolph. El rostro de Rudolph era neutro, sabía que ese era el fin, no podíamos hacer nada más, no tenía un Plan B. Yo, sin más que hacer, los saludé con naturalidad.

-¡Qué sorpresa! ¿Los ha mandado Rudolph?
-Sí- contestó uno de ellos.
-¿Qué quiere? Le dejé un recado con Hildegarde diciendo que volvía dentro de 2 o 3 días -mentí.
-No hay problema. Él sólo quiere que lo acompañemos mientras está usted fuera de la ciudad. Él no quiere que usted corra ningún riesgo.
-Bien, nosotros vamos a estar hospedados en éste lugar -les dije mientras les extendía un pequeño papel en donde estaba anotada la dirección. Rudolph  estaba confundido.
-Nos vemos luego entonces. Y no se preocupe por nada, nosotros le avisaremos al señor Fuhrmann (Rolph).
-Señor Shultz -dijo el más joven de los tres a Rudolph, inclinando la cabeza en cuanto pasó por su lado. Rudolph le contestó el saludo y nos quedamos mudos mientras ellos se alejaban.

   Podía sentir la vergüenza y la impotencia de Rudolph, estaba atónito, una persona tan burda y estúpida como Rolph le había dañado su gran proyecto. No había nada que hacer además de disfrutar los días de vacaciones que teníamos. Le di dos palmadas en la espalda para animarlo a  seguir el camino a la pequeña casa, teníamos que cancelar el plan. Ya no estaba dispuesto a intentar nada más para escapar.

   Los dos hombres que pretendían ayudarnos entendieron todo y se ofrecieron para otra ocasión, les hice saber que no habría otra ocasión. Cuando se marcharon me sentía lleno de energías.

-¿No volverás a intentarlo?- me preguntó Rudolph con tristeza en los ojos.
-No. Los aliados están cerca, muy pronto acabará todo.
-Eso puede acarrear muchas cosas. Ellos vienen tras los dirigentes nazis, y tú andas con ellos.
-¡Dilo! Soy uno de sus...
-No quiero discutir.
-Yo tampoco -le dije mientras lo abrazaba-.Quiero estar contigo.
-Hans, eso es algo que no puedo hacer. Perdón -se aferraba a mí cuerpo.
-No sé lo que pasará, esos hombres pueden estar esperando la orden de matarnos.
-Al menos moriremos juntos -sus labios recorrían pacientemente mi cuello.
-Te amo.
-Lo sé. De la forma más rara que existe.


lunes, 20 de diciembre de 2010

Ich bin kein Jude 3


   Era horrible todo cuanto veía. Imploraba tener las fuerzas de Edipo para poder arrancarme los ojos en aquél instante. No podía vomitar, ya había vaciado todo mi estómago cuando, junto a Rolph, llegué al Sachsenhausen, muy cerca de Berlín. No quería llorar, cada vez que lloraba él se acercaba suavemente, me masajeaba el cabello y me besaba el cuello, simplemente no podía hacer nada más que aguantar todo eso de manera heroica. Hacía mucho tiempo que no veía a mis padres. Rolph y yo viajábamos mucho por toda Alemania, yo era su asistente. En las pocas ocasiones que estábamos en Berlín solía visitarlos, pero luego dejé de hacerlo, no tenía fuerzas para verlos, y creo que era lo mejor para ellos. A ojos de todos yo disfrutaba lo que estaba haciendo, y tenían razón, estaba sobreviviendo, por mí y por Rudolph, ¿Cómo no iba a disfrutarlo?


   Aquellas cosas no eran personas, eran unos pedazos de carne que hacían grandes esfuerzos por contener el alma que se le escapaba por los labios, por los ojos, por todas partes. Rolph me servía de guía: aquellos eran homosexuales, los de allí gitanos, los de atrás opositores políticos y el resto judíos. El de la cicatriz había sido capturado por él y los que no le quitaban la vista  habían sido sus amigos de la infancia. Conocía a todos, y al parecer se esforzaba por que yo recordara sus rostros. Cuando terminó todo ese infierno nos dirigimos a una pequeña habitación que le destinaban cada vez que iba por allí, me senté en la cama a descansar, no el cuerpo, el alma.

-¿Qué te pasa?
-Nada. -respiré pesadamente- ¿Qué pretendes hacer conmigo? ¿Por qué memuestras todo esto?
-Quiero que te convenzas.
-¿Acaso no estoy contigo? -lo miré esperando una respuesta que no hubo- hago todo lo que dices, incluso me esfuerzo en disfrutarlo. No tienes por qué torturarme.
-Discúlpame -se acercó con una estúpida mirada paternal que me sacaba de quicio-. Tengo que hacer esto, eres mi asistente. A los ojos de todos soy tu tutor, interpreto mi papel, haz tu lo mismo.
-Está bien -le dije mientras sus labios recorrían mi cuello, suavemente los acerqué a los míos- Quiero hacerlo en este sitio.

   Un minuto después ya estábamos desnudos. No puedo negar que el sexo con él era una muy buena experiencia. No sé cómo podía disfrutarlo tanto, llegando incluso a ser yo quien tuviese siempre la iniciativa. Las primeras veces imaginaba que lo hacía con Rudolph, pero era muy difícil ya que nunca lo habíamos hecho, así que empecé a disfrutarlo sin más. Mi relación con Rudolph había sido muy linda, y lo sería más después de la guerra, él había sido siempre una buena persona, intrépida y valiente, aunque muy moralista. A mí me tenía sin cuidado la moral. Habían ciertas cosas que consideraba buenas y otras muy pocas que consideraba malas, casi nunca decía no. Aún así lo amaba intensamente, y él a mí, algo difícil de creer pues mientras él hacía lo posible por buscar nuestra salvación, yo estaba divirtiéndome en los bares de las ciudades alemanas, teniendo sexo, fumando y tomando hasta el cansancio.

   Algunas personas tienen raras reacciones post orgásmicas: euforia, rabia, asco, tristeza o desapego de la otra persona. Ésta última era la preferida de Rolph, cada vez que teníamos sexo yo dejaba de existir para él, algo que aprovechaba para darle una excusa idiota e ir a buscar mi vida. Rudolph sabía el precio que yo debía pagar para poder verlo, pero dudo que eso le importara mucho, estábamos en guerra, muchas cosas se tenían que hacer. Nuestra relación crecía, nos veíamos en su casa cada vez que podíamos, discutíamos sus nuevas ideas sobre cómo liberarme y después de todo eso, cuando ya casi tenía que irme, me besaba. Se había acostumbrado a besarme sólo para despedirse, era muy emocionante. Incluso hoy me sorprendo al recordar que durante esos encuentros él nunca intentó hacer nada más conmigo, yo estaba a su entera disposición y él lo sabía. He llegado a pensar que tal vez sintiera asco o no le agradaba la idea de compartir mi cuerpo con nadie más. Nunca se lo pregunté.

   Aquella tarde fui a buscar a Rudolph, pero no a su casa. Una mañana, después de mucho pensar, se nos ocurrió un plan que prometimos llevar a cabo ese día. Aquella mañana en Sachsenhausen había vomitado no por el horror que me causaba recorrer un campo de concentración sino por los nervios que me abordaban. Ambos sabíamos que si alguien llegaba a sospechar de nuestro plan estaríamos muertos. Cuando Rolph se levantó de la cama y se puso los pantalones adoptando su habitual gesto de indiferencia, sin pensarlo dos veces, le comuniqué que tenía ganas de visitar a mis padres y comprar algunos libros. No dijo nada, así que me vestí en cuanto salió de la habitación y abandoné el campo rumbo a Postdam.



domingo, 19 de diciembre de 2010

Ich bin kein Jude 2

   
   Corrí. Corrí como nunca lo había hecho. Al principio fue para escapar, luego por pura inercia. Corría desesperadamente esperando que mi mente se decidiera por fin hacia dónde ir. Mis piernas estaban más que dispuestas, sólo necesitaban dirección.

   La mirada de aquél hombre me decía que no tenía escapatoria, me invitaba a despedirme de mi desperdiciada y no valorada libertad. Sólo un minuto bastó para hacerme a la idea que durante el resto de mi vida, o al menos en los próximos mil años, sería el esclavo sexual de un pervertido, no, algo peor, de un nazi. Estaba a punto de salir con él del autobús cuando se produjo un pequeño altercado entre el conductor y un tipo que pretendía subirse al bus a toda costa. Rolph, el caza judíos, me miró desesperadamente. Un amante lo podría conseguir a la fuerza en cualquier momento, pero llegar a ser lo que era le había costado mucho, al menos eso pregonaba, así que tenía que conservar su reputación de ser brutal y desalmado, guardián del orden, todo un nazi. Sin pensarlo más avanzó hacia la parte delantera del autobús para poner fin a la discusión, momento que yo aproveché para huir de allí y correr hacia la nada.

   Llevaba varios minutos corriendo cuando caí en cuenta que estaba perdiendo el tiempo. ¿Quién era yo? Nadie, él sabía mi nombre, sabía lo que leía y sabía el autobús que tomaba para ir del trabajo a la casa. Aquél hombre me encontraría y me mataría, o algo peor, llevaría a cabo su propósito inicial. Así que paré de correr y le ordené a mi cerebro que tomara una decisión. Eso hizo. No fue muy buena pero ¿cómo podría él saberlo? Le hice caso y me dirigí a la casa de Rudolph, mi mejor amigo, quién estaba como de costumbre ideando nuevas formas para matar judíos. Rudolph era mucho más radical que yo, era realmente anti-nazi, pero de igual manera tenía que fingir. Así que desde siempre había hecho parte de las activas Juventudes Hitlerianas y participaba en algunos proyectos, destruyéndolos o retrasándolos. Era un saboteador.

   Le conté todo lo que tenía que saber en un segundo. Era mi única salvación. Ya no me importaba lo que dijera mi cerebro, mis oídos estaban listos para esperar las órdenes de Rudolph y mi cuerpo dispuesto a cumplirlas. No me dijo nada, al menos nada que yo esperaba, se puso de pie, se acercó a mi oído izquierdo y susurró sígueme. Salimos de su casa, empezó a caminar y yo a seguirlo como un idiota. Después de un momento entendió lo absurdo de la situación y aminoró el paso de tal manera que pudiera alcanzarlo, él no sabía que había llegado corriendo hasta su casa. Ya caminando juntos, empezó a contarme su plan: sacarme del país. No le pregunté nada más, no sabía cómo iba a hacer eso de un momento a otro, pero nadie más podía hacerlo. Rudolph podía hacer todo cuanto quisiera. Lo único que agregó es que tendríamos que ir a mi casa para sacar algunas cosas y despedirme de mis padres.

-¿Estás loco? -le reclamé.
-Un poco, lo sabes. No tengas miedo, no va a encontrarte tan fácilmente. Le costará mínimo un día. 
-No sé si deba hacerlo. ¿Te quedarás? -una pequeña lágrima recorrió soberbiamente mi mejilla -¿Cómo podría irme sin ti?
-Claro que puedes -se acercó tiernamente y me besó -.Tú siempre puedes.

   Rudolph era mucho más que mi mejor amigo, era la razón por la cual no había abandonado Alemania. Cada vez que se me ocurría un lugar al cual huir me empeñaba en borrarlo al instante de mi mente. Mis padres en ocasiones tenían todo listo para que partiera pero siempre encontraba una excusa, algo inútil pues ellos sabían desde hacía mucho mis verdaderas razones. Hablarle a Rudolph sobre la posibilidad de abandonar el país conmigo era casi un insulto, él estaba convencido de que los buenos venceríamos y que los rusos o los americanos o los ingleses o los marcianos o sólo los dos, de ser necesario, sacaríamos a Alemania y al mundo entero de ese infierno. Lo peor es que yo a menudo le creía.

   Cuando llegamos a casa ya estaba más tranquilo, él realmente sabía cargar con sus problemas y con los míos. Tocamos la puerta y esperamos pacientemente. Yo tenía llaves pero siempre tocaba. Desde que empezó la guerra mi mamá no salía de casa, y una muestra de que todo marchaba bien era abrir la puerta en menos de treinta segundos, necesitaba esa tranquilidad. Mamá no abrió. Toqué de nuevo con más insistencia, nada. No me había dado cuenta que Rudolph agarraba fuertemente mi mano libre. Escuchamos pasos y traté de tranquilizarme. Mamá salió como si nada, con una gran sonrisa en la cara, lo que me decía que todo andaba mal puesto que ella no sonreía desde hacía mucho. No podía sonreír sabiendo que en algún momento de la noche llegarían para llevarme a mí y a papá al frente o a interrogarnos sobre algún amigo o vecino.

-Hola cariño -me dijo sin descongelar su fingida sonrisa.
-¿Qué pasa?
-Tenemos visita -su sonrisa se descongeló. Su rostro se tornó mórbido.

   Rudolph no me quitaba la mirada de encima, su mano estaba a punto de destrozar la mía, lo miré y en su rostro estaba reflejado el cansancio y la desesperación. Tomé suavemente su mano y la besé mientras me libraba de ella, le di un beso en la frente a mamá y entré a enfrentar mi destino. 


sábado, 18 de diciembre de 2010

Confesiones...A ti

   
   Lo encontré mientras caminaba por un camino pedregoso. Mi carro se había averiado diez minutos antes. Venía fallando desde que salí de la casa de mis padres, así que cuando murió del todo, no me molesté en encenderlo o revisarlo o maldecirlo, sabía que tenía que buscar ayuda. Estaba en medio de la nada, algo normal en esas tierras, aunque también era muy normal encontrar alguna casa habitada por un par de ancianos que nadie sabía como sobrevivían a esa nada, nadie caía en cuenta que simplemente ellos hacían parte de ella, que habían sido puestos allí por la indiferencia de su presente.

   Bajé del auto, mire a todos lados y no tardé en hallar el camino pedregoso, justo lo que esperaba. Esa tierra se me hacía tan predecible que ya tenía muy claro el color de la casa y el tipo de personas que iba a encontrar, así que no me aceleré. Caminé lentamente apreciando ese antiguo camino y los árboles que le hacían gala a lado y lado, los cuales, realmente, parecían hacer gala a mi presencia. Sus grandes hojas sobre mi cabeza ni siquiera permitían que la luz del sol pudiera colarse, estaba atravesando un túnel en un lugar donde se respiraba paz infinita y se sentía una tranquilidad que sólo sientes en tus sueños de niño.

   Llevaba cinco minutos en tan hermosa travesía cuando empecé a dudar sobre encontrar aquella casa y esos amables ancianos. No importaba, me sentía muy bien allí. Cuando salí del túnel y llegué al final del camino, me quedé congelado, no entendía lo que estaba viendo, estaba convencido de estar en el hermoso recuerdo de alguien. Al final del camino había un árbol, en él desembocaban miles y miles de caminos en diferentes direcciones, me sentí insignificante. Los otros caminos no estaban cubiertos por árboles, no eran túneles naturales, eran simples caminos pedregosos.

   Era gigante, o al menos eso proyectaban mis ojos, sus raíces eran montañas interminables. Me acerqué al árbol con la extraña sensación de que una de ellas se levantaría y me aplastaría por la osadía de haber irrumpido en sus sueños. No me hicieron nada, se abrieron paso ante mí, permitiéndome la llegada hasta la base del tronco. Empecé a bordearlo. El sol estaba inmóvil, al parecer en ese lugar siempre era la misma hora, se respiraba el mismo aire una y otra vez pero no de forma monótona. Después de un tiempo pude encontrar algo, un pequeño letrero que hacía parte del árbol y que había colgado quiensabequien.

   No puedo contarles que decía aquél letrero, no lo sé, estaba escrito en una lengua muy rara, aquellos símbolos no se han visto en ningún alfabeto. Aún así, ese letrero irradiaba bondad, no podía decir nada malo, tenía que ser una invitación. Nunca he tenido curiosidad sobre su significado. Seguí caminando al rededor del árbol por si encontraba otro letrero, no fue así, lo que encontré fue una pequeña montaña de hojas secas, lógicamente eran del árbol pero ¿quién las arrumaba en ese sitio? Se notaba que en la parte baja de esa montaña habían hojas que llevaban mas de mil años de haberse desprendido del árbol, unas igual de viejas se encontraban en la parte superior, todo allí se me tornaba abiertamente caprichoso.

   Medité algunos minutos y nada se me ocurría. ¿Seguir bordeando aquél tronco? ¿esperar que alguien pasara por allí? ¿volver a mi auto y buscar ayuda por otra parte? Yo también, de pronto, me torné un poco caprichoso y empecé a desordenar aquella montaña de perfección esperando una alarma estrepitosa que anunciara el fin del mundo o el grito de un jardinero desesperado. Nada. Después de un rato, sin perder en ningún momento la calma, no tenía por qué pues no estaba perdido ni confundido y en cualquier momento podría regresar a mi auto, a la realidad, seguí caminando.

   Caminé horas y horas. No sé cuántas vueltas le había dado ya, si es que había alcanzado a dar alguna, cuando encontré otro letrero, tal vez el mismo, pero éste si lo pude entender, era otra invitación que acepté con mucho gusto. Al lado del letrero había una pequeña escalera circular que bordeaba el árbol hasta llegar a la copa. Sentí impulsos de empezar a recorrerla desesperadamente, pero recordé lo que estaba escrito en el último letrero. Sonreí hacia éste y seguí bordeando el árbol. Después de varios minutos volví al lugar de donde había salido: el encuentro de los caminos. Allí estaba el camino-túnel que me había servido de entrada a ese maravilloso lugar. No lo tomé, escogí al azar cualquiera de los otros millones de caminos pedregosos que desembocaban allí. No importaba cuál hubiese elegido, todos me traerían al mismo lugar.


viernes, 3 de diciembre de 2010

Ich bin kein Jude

   
  No soy un judío.
   Repetí eso durante los primeros años, a veces sólo para mí. Desde que Hitler había escrito Mi Lucha y, con mayor razón, después de la creación de la Oficina General de la Raza y la Repoblación, cada día muchos nos preguntábamos que tan arios éramos. Inicialmente nos preocupábamos por ser alemanes puros (ni judíos, ni comunistas), después ser alemán no fue suficiente, teníamos que ser arios y poblar al mundo con niños rubios, fuertes y de ojos claros. Yo no era uno de esos.

   Mis desgracias empezaron un día de noviembre, en un bus. Aquel día habían cerrado temprano en el trabajo, estábamos a punto de quebrar. Nuestro almacén fue uno de los primeros en apoyar las deportaciones judías para evitar la competencia, sin tener en cuenta que la mayoría de nuestros clientes eran judíos. Mientras el bus seguía su habitual recorrido yo me encontraba meditando sobre la posibilidad de abandonar Alemania. Mis padres fueron los primeros en notar el peligro que corría. No era rubio, pero el Führer tampoco, no era alto ni fuerte, pero el Führer tampoco, por eso no me preocupaba mucho. Ellos eran más paranoicos, o realistas, y pensaban que dentro de poco sólo tendría dos posibilidades: el frente o un trabajo humillante, incluso un campo de concentración.

   Mientras pensaba todo esto se subió al bus un hombre de uniforme, un caza judíos. Era demasiado poderoso como para montar en bus, por lo que deduje que estaba trabajando. Yo estaba en la parte de atrás y pude ver la reacción de los otros: empezaron a buscar su identificación, y los más aduladores su carné de afiliación al partido. Después de heilhitleriarnos, le pidió el documento al primer pasajero mientras los demás aguardábamos con el nuestro en las manos. Siete minutos más tarde estaba junto a mí, estiré la mano y le ofrecí mi documento de identificación junto a mi carné de trabajo sin mirarlo a los ojos. No me los recibió.

-No es necesario -dijo. 

   ¿Un uniformado amable? No en aquella Alemania. Se sentó a mi lado. La gente estaba a la expectativa. Empezó a hablarme.

-¿Cómo te llamas? -Al escuchar esto le ofrecí de nuevo mis documentos
-¿Cómo te llamas? -repitió fuertemente. Todo el bus se volvió hacia nosotros. 
Hans, Hans Steiner. 
-¿Edad?
-Veintidós.
-¿Dónde trabajas?

   Estuve tentado a mostrarle de nuevo mis documentos pero preferí responder verbalmente su pregunta. Después de eso se quedó en silencio durante un minuto. No apartaba su mirada de mi rostro. Yo estaba a punto de llorar de impotencia. ¿Qué podía hacer? ¿Huir? ¿Decirle "tienes razón, soy un puerco judío"? Pasado ese eterno minuto volvió a arremeter. 

-¿Qué tienes ahí? -dijo mientras señalaba la bolsa que llevaba conmigo.
-Ropa y un libro.
-¿Qué libro?

   Por primera vez durante todo ese tiempo le miré directamente la cara. Ese bastardo realmente estaba disfrutando la situación. No fui capaz de articular palabra, saqué el libro y se lo enseñé. Siempre cargaba ese libro por seguridad. Era de un francés al cual se le iba la vida hablando maravillas de las culturas nórdicas.

-Buen autor, a mi hija le gusta mucho. Creo que no se ha leído éste -lo dijo casi en un susurro. Su rostro se tornó paternal, amable. Vi una pequeña oportunidad
-Tómelo. Yo ya lo he leído -dije esperanzado.
-Usted lo necesita mucho más, judío.
-No soy judío -estaba indignado.
-Claro que sí.
-¡No soy judío! -estaba realmente enojado. La gente no podía evitar medio girar la cabeza para ver la escena.
-Calma, calma, enojarte no te ayudará en nada, judío.
-No soy judío, no soy judío -le imploré -.Soy alemán, tanto como usted o como  cualquiera de ellos.
-Bueno, eso lo tendré que comprobar.
 Mire mis documentos-le dije mientras sus ojos me hacían caer en cuenta de la inutilidad de mis palabras.
-No, no es necesario. Vamos, discutamos que tan alemán eres.
Esto último lo dijo mientras su mano recorría mi entrepierna.


sábado, 17 de julio de 2010

Confesiones...Carta al Inspector

   
   Me encontraba totalmente rígida, con una expresión de terror en mi rostro, miraba fijamente hacia la pared, más precisamente, hacia La Madonna, aquel magnífico cuadro de Pinturicchio que llevaba años en mi casa. Era una copia, naturalmente, eso sí, una muy buena que me obsequió un admirador años atrás. Por un momento la gente que estaba a mí alrededor, incluyendo la mujer asesinada que no paraba de hablar y de adularme desde que nos habían presentado, se quedaron en silencio, observándome. No recuerdo mucho de eso, Señor Inspector, no creo que durante tanto tiempo hubiese estado observando el cuadro, vi a La Madonna durante un instante, pero después se abrió en el cuadro un pequeño túnel hacia el pasado que me dejó de una sola pieza. Por mi mente pasaban muchos pensamientos, me encontraba totalmente ausente de esa sala, no sentía algo así desde el día en que mi hijo vino al mundo. Para muchas mujeres el día del parto es una fecha hermosa e inolvidable, para mí, en cambio, fue el inicio de mi desgracia.

   Una muerte larga y dolorosa comenzó para mí aquel día de septiembre cuando mi esposo, con el rostro empapado en lágrimas, me comentó sobre el estado del bebé: lo importantes es que está sano, dijo mientras se secaba las lágrimas. Sabía que esas palabras escondían algo horrible, algo espantoso que él no fue capaz de decirme en ese momento, que mi hijo era un retrasado. No tuve fuerzas para verle, no sé qué fue de él, la prensa nunca llegó a enterarse de esto pues mi esposo y mi agente dieron unas declaraciones afirmando que el niño había nacido muy grave y había muerto, y que naturalmente yo me encontraba muy deprimida como para aparecer ante ellos. Y era así, mi depresión fue constante e intensa por muchos meses. Mi esposo no aguantó ese duro golpe, algo totalmente comprensible, por eso cuando me pidió el divorcio se lo di sin ninguna objeción. Mi brillante carrera artística quedó congelada. Para aquel entonces era, como usted lo sabe, una de las mejores cantantes de ópera de la época, mi retiro, gracias a Dios, se había dado en lo más alto de mi carrera y eran muchos los que esperaban la fecha de mi retorno, incluso yo guardé fielmente las esperanzas de volver triunfante algún día.

   Señor Inspector, usted no puede imaginar lo duro que fueron aquellos marchitos años para mí, incluso hoy todavía me es incómodo ver niños y llego a temblar de desespero si oigo el llanto de un bebé, inmediatamente salgo corriendo a un lugar donde aquel sonido no perturbe mis oídos ni carcoma mi ya maltrecho corazón. No me acercaría por nada del mundo a un hospital o a una persona que presente síntomas de cualquier enfermedad, aun así, con todos estos traumas, decidí continuar con mi vida. Hace dos años conocí a mi actual esposo, el Señor Radd, famoso director de orquesta quien con mucho esfuerzo y paciencia ha logrado convencerme para que vuelva a los escenarios, quiere montar una o dos óperas,  consciente de que mi voz ya no es la misma de antes, pero considera que el público merece tan siquiera una digna despedida. Debido a sus planes, organizamos la fiesta en la cual ocurrieron los trágicos hechos que usted investiga.  Quiero contarle mi versión de los hechos, si no quise entrevistarme personalmente con usted es porque no me era conveniente, es mucho mejor para mi escribirle lo que pasó ese día.

   A la fiesta fue invitada mucha gente conocida por ambos, y otras no tanto pues, sabe usted, se trata de aquellas personas que son amigos de los amigos y que por regla general debemos considerar bienvenidos. La mujer asesinada era precisamente una de esas personas, era amiga de la asistente de mi esposo, a la cual le insistió mucho en venir, según ella, nos habíamos conocido años atrás y tenía muchas ganas de agradecerme lo amable que yo había sido en esos momentos. Bien, la ayudante de mi esposo me la presentó y aquella mujer empezó a contarme sobre aquella noche en la cual yo le firmé un autógrafo y permití que ella me diera un beso en la mejilla. Fue durante la guerra, se ofrecía un espectáculo en honor a aquellos valientes soldados y yo fui invitada a cantar, fue sencillamente encantador, aquellos hombres estaban eufóricos, realmente todos lo estábamos, la guerra entraba en su fase final y ya nos perfilamos como ganadores. La mujer trabajaba en el servicio de enfermería y, para esa fecha, se recuperaba de un brote de rubéola o sarampión alemán como lo llamábamos aquellos días, ya se encontraba bastante bien como para levantarse de la cama, aunque continuaba aislada pues era una infecciosa. Toda la vida fue gran admiradora mía, así que se levantó de la cama y logró colarse en el teatro gracias a que un pariente suyo era portero de aquel lugar. Todo el tiempo, mientras yo cantaba, ella estuvo escondida tras bastidores, así que cuando salí del escenario me saludo, le firmé un autógrafo y ella, abruptamente, tal vez por la emoción, me dio un beso en la mejilla.

   Todo esto me lo contó en la fiesta de una manera impresionante, estaba totalmente emocionada y recordaba cada detalle, lo que canté y hasta el vestido que tenía puesto aquel día. Lo extraño es que yo también empecé a recordar todo eso, ella no hacía más que hablar y hablar y yo estaba cansada de tanta adulación cuando de repente mire al cuadro, quedé totalmente impactada al ver La Madonna, la imagen de una madre amorosa que lleva en sus brazos un niño feliz. Sus palabras quedaron retumbando en mis oídos: “…luego, usted me firmó un autógrafo y me permitió besarla, entiende, besarla..”. Nunca, antes de eso, pude saber en qué momento de mi embarazo contraje rubéola, la causa de la enfermedad de mi hijo.

   ¿Entiende lo que digo Señor Inspector? Su simple beso fue mi condena. Por haber sido un acto  tan inocente, medí muy bien lo que iba a hacer con ella, no quería que sufriera, borrarla de este mundo fue algo desesperado que hice pensando que tal vez, si ella no estaba, todo hubiese ocurrido bien y yo sería feliz. Por eso no me decidí ni por una puñalada ni un tiro directo en la cabeza, no, simplemente envenené su copa. Mientras el veneno hacia efecto yo fui sumamente amable y cariñosa con ella, quería que muriera contenta, tranquila. 

   Señor Inspector, ésta es mi declaración. Quiero pues que detenga sus investigaciones y me tome a mí como única responsable de este asesinato, no intente correr después de leer ésta carta, no pienso escapar, para cuando esta carta llegue a sus manos yo estaré muerta.

   Suya, Heather

martes, 6 de julio de 2010

Confesiones...Reencuentro en el VJ Day

 
   La llave estaba sobre la mesa, llevaba más de veinticinco años allí, yo llevaba hora y media mirándola fijamente sin poder decidirme sobre qué hacer. Estaba completamente sola en la casa, era la dueña y no recibía visitas desde la muerte de mi esposo. Veintisiete años en la más estricta soledad, no sé quién cuidaba de mí pero la nevera siempre estaba llena y la cocina limpia. Nunca tuve que trabajar, ni siquiera preparar mis alimentos o lavar mi ropa interior, viví de una manera envidiable con mis padres y me casé para seguir llevando esa vida, que aunque no era de excesivos lujos, sí lo era de comodidades.

   Nos conocimos durante las celebraciones del VJ Day, día de la rendición total de Japón y fin de la segunda guerra, al menos de la parte sangrienta, era un día de celebración. En ese entonces no me interesaba si Europa o el mundo entero se volvían capitalistas o comunistas, éramos un país neutral y las tendencias eran algo que no nos desvelaba. Sólo me alegraba el hecho de poder volver a viajar por el Mediterráneo y recorrer todo el continente en tren, estaba tan contenta aquél día que hubiera podido haber celebrado con un perro. Cuando decidía sobre a qué perro callejero besaría primero, apareció él. Era igual de peludo que los otros candidatos, pero al menos olía bien, era soltero y tenía la cartera llena. Desde ese día de agosto estuvimos juntos y no nos separamos hasta su muerte.

   No tuvimos hijos. Fue una sabia decisión que tomó el destino por nosotros, tal vez lo hizo siguiendo una petición que ambos le hicimos en una de las playas del Adriático. De no haber sido así, no hubiésemos sido tan felices ni hubiéramos alcanzado a hacer todo lo que hicimos. A veces, cuando pasaban sobre mi cuerpo aquellos desolados días, después de su muerte, se me venía a la cabeza la idea de poder tener a alguien que me consolara y me hiciera compañía, pensaba en que no era tan bueno no tener descendencia, pero cuando razonaba me daba cuenta que un hijo, o varios, hubiesen evitado muchos de los magníficos momentos que yo recordaba con tanta lucidez y alegría. Viví veinticinco años recordando todo lo vivido con él desde el momento en que nuestras miradas se cruzaron, repasaba cada uno de los detalles para volver a hacer todo exactamente igual, esa era mi misión.

   Aquella llave había llegado a mi puerta un año después de la muerte de mi esposo, junto con ella había llegado una carta, aparentemente escrita por él, en la cual me invitaba a abrir cualquier puerta de la casa con ayuda de ella. Fueron muchos meses de meditaciones hasta que me di de cuenta de su verdadero objetivo. Sabía que había una única oportunidad y no quería desaprovecharla por la prisa, así que aguardé por veinticinco años mientras me preparaba. El día que me sentí preparada me vestí de manera elegante y comí tan solo un poco, la emoción me abrumaba, duré hora y media decidiendo que puerta utilizar, finalmente, tomé la llave. 
Al abrir la puerta escuché la algarabía y júbilo de mis antiguos vecinos y conciudadanos, corrí desesperadamente a buscar la calle en la que se encontraban los perros. De pie, en la mitad de la calle, estaba él, dispuesto a empezar todo de nuevo.


martes, 29 de junio de 2010

Confesiones...El Sonido de los Pájaros

   
   Como un alma en pena caminó hasta el centro del parque. Ambos, húmedos y desolados. Sólo era observado por los pájaros que esperaban, como era costumbre, que les lanzara algunas de las migajas que cargaba en una pequeña bolsa. Esa vez no lo hizo. Los pájaros se comían las migajas y, sin decir gracias, se iban de ahí en busca de otra fuente de alimento. Por esa razón no se las dio, no quería que se fueran, no quería estar solo ni un día más. La tarde fue esplendida y daba tristeza no disfrutar cada momento de ella hasta la muerte del sol. En ese parque y en esa banca había vivido las tardes desde hacía 20 años, todas soleadas, sin una sola nube gris que se asomase por el cielo, nunca. Desde hacía 20 años esos pájaros comían de sus migajas y se largaban. ¿Qué pasaría por sus pequeñas cabezas en ese momento? Creyeron que se había vuelto loco.

   En las mañanas no hacía nada. Se sentaba en una sala a ver pasar recuerdos: personas, olores, sonidos y situaciones que habían significado algo para él en un pasado no determinado, pasaban una y otra vez en frente de sus narices. En ciertos momentos entraba a uno de ellos, desde un ángulo opuesto cada vez, pero aquél día que se negó a darle de comer a los pájaros, ninguna de esas imágenes hizo su desfile. Fue la mañana más desolada de su vida. Esperó durante una eternidad a que se asomara un recuerdo, el más miserable, una situación incómoda o un olor desagradable. Nada. Durante ese martirio, sus sentidos no recibieron el más ínfimo estímulo. Tal vez fue esa desolación tan injusta la que le empujó a comportarse de tal manera con sus asiduos visitantes. Pobres pájaros.

   Esa noche tampoco lo acompañó la rutina. No salió corriendo del parque en cuanto se escondió el sol ni esquivó el tumulto de almas que corrían siempre, igual que él, asustadas y en distintas direcciones, y tampoco se encerró en su habitación. Ese día no, ese día se hartó de todo eso. ¿Habitación? Bueno, hay que darle algún nombre a esa cueva pequeña y oscura en la que difícilmente cabía acostado. No ha habido sitio más silencioso. Usualmente, en las noches, mientras estaba allí, recordaba las cosas de la mañana y el sonido que hacían los pájaros en la tarde, pero esos pájaros sólo hacían sonidos mientras comían, de lo contrario se quedaban estáticos, observándolo con sus inmóviles ojos. Sabía que esa noche no tendría nada para recordar, por eso se quedó en el parque. Su primera y última noche en el parque.

   Tuvo que sentir algo de arrepentimiento, al menos antes de comprenderlo todo. Está claro que eso estaba escrito. En estas tierras no pasa nada sin que alguien antes lo anuncie, ese era su premio o su castigo. Nadie, hasta ese entonces, había visto como era una noche en el parque, no porque estuviese prohibido sino porque nadie quería ser el primero. Él tuvo la oportunidad de serlo, y no sólo eso, ha sido el único. Siempre hemos creído que es mejor no enterarse de cierta cosas, la salida más fácil será hacernos los desentendidos, los desinteresados. Al principio, sintió algo muy liberador y refrescante, pero cuando miró de cerca la realidad que los demás habían siempre evadido, quedó estupefacto. Mientras avanzaba la noche, aquél lugar se llenó de horrorosos sonidos, la humedad aumentó y una espesa niebla cubrió todo. En un segundo el cielo se despejó y el sol empezó a mostrarse mientras los pájaros se congregaban en torno a su banca, ya era de tarde. 

   Para él sólo había pasado un segundo desde el atardecer, un segundo devastador en el que descubrió que aquellos pájaros eran los sueños que nunca alcanzó a cumplir, y que él, en efecto, era un alma en pena.


lunes, 7 de junio de 2010

Charles D.D 7


   En medio de toda esa calamidad llegué a sentirme aliviado, Kit no estaba saliendo con ningún otro hombre, me estaba escondiendo un secreto pero me era totalmente fiel, me amaba, tal vez no tanto como llegó a amar al hombre por el cual había sacrificado su tranquilidad, pero me amaba. Todo eso pensaba mientras nos besábamos desesperadamente y nos prometíamos nunca dejar que nos separaran, sólo la muerte. Desde ese día no he vuelto a enamorarme, desde ese día no le encuentro hermosura alguna al cielo o buen aroma a las flores, sólo estos escritos y mis recuerdos pueden brindarme un poco de tranquilidad.


   Mientras hacíamos lo posible por alargar esos minutos para poder seguir besándonos y soñando con un futuro juntos, recordé que tenía un celular en mi ropa interior, esos idiotas no me habían registrado. No sabíamos qué hacer, esos desgraciados estaban fuera del cuarto a la expectativa, esperando al hombre que tanto habían buscado y que Kit había ayudado a escapar, esperando a alguien que nunca llegaría, pues no sabía nada de lo que nos pasaba y, además, ya se encontraba para esos momentos en algún lugar de Rusia. Me levanté y me sitúe junto la puerta, llamé con el celular al investigador, con una oreja pegada a la puerta para poder estar al pendiente de los matones, le dije que la situación era complicada, que buscara refuerzos y nos rescatara. En esos momentos no me importaban los riesgos que se derivaran de un enfrentamiento entre esos hombres y la gente que pudiese encontrar nuestro cómplice, estaba con Kit y eso era lo importante, en el peor de los casos nos matarían, moriríamos juntos, no había nada de malo en eso, pero estar privado de mi libertad era algo que no soportaba. Recordaba a mis padres, un escalofrió me recorría todo el cuerpo.

   Cuando acabé de hablar, escuché los pasos de uno de los hombres, retrocedí y me hice al lado de Kit. En cuanto éste giró la perilla de la puerta, Kit me arrebató el teléfono de las manos, me había quedado paralizado y no había tenido tiempo de esconderlo, me sujetó fuertemente el brazo mientras el hombre aquél le avisaba a los otros que ya me había despertado. No tardaron en aparecer para interrogarme, Kit alegó ganas de ir al baño y uno de ellos la acompañó mientras los otros me torturaban psicológicamente, por decirlo de cierta manera. Me explicaron una y otra vez lo que harían con nuestros cuerpos si no aparecía el hombre que estaban buscando, la verdad es que no tuve miedo por eso, no sé por qué tenía tanta confianza en lo que pudiese hacer el investigador.

   Ya casi no podía evitar el vómito. Mientras uno de los hombres que me interrogaba se ponía cada vez más furioso por mi pasividad al contestar, escuchamos un nítido disparo, quedé sordo, los dos hombres salieron de la habitación, yo salí tras ellos. Obstruían la entrada al baño, estaban discutiendo, no podía ver lo que pasaba dentro. Sus caras expresaban preocupación, Kit estaba en el baño, un disparo, ninguno de ellos herido, nadie había llegado a rescatarnos ¡Que desespero! Logré pasar entre ellos y vi a Kit tirada en el piso, una horrible mueca estaba dibujada en su rostro, una de sus manos aprisionaba mi celular, estaba rodeada por un charco de sangre que le brotaba del pecho. No aguanté más y vomité.

   Miré hacia atrás y vi a los hombres apuntando con sus pistolas a la puerta principal, yo todavía no lograba escuchar. Tres disparos me devolvieron la audición, no sé de donde habían salido o a quien iban dirigidos, sólo sabía que el investigador estaba al otro lado de la puerta principal, cerré la del baño y quedé perdido en otro mundo, cada disparo era una frase de cariño de Kit. Te amo, me dijo en repetidas ocasiones mientras yo abrazaba su cuerpo inerte. Duré mil años abrazándola y llorando, sus ojos ya no volverían a amarme. Kit estaba muerta, yo también.

   Pocos recuerdos tengo de lo que pasó después. No sé cómo salí de Alemania, ni mucho menos recuerdo las razones por las cuales estuve en la cárcel, ni siquiera sé por qué no he muerto físicamente. Cuando Kit murió, morí con ella, morí emocionalmente, ni siquiera puedo decir que todavía la quiero, sólo recuerdo que la amé con toda mí alma. No sé por qué no he tenido fuerzas para matarme físicamente también, tal vez porque no había contado ésta historia, pero ya lo he hecho, ya he contado mi historia, lo que recuerdo de ella. A veces creo que mi mente la ha distorsionado con el pasar de los años, pero ni así he logrado que tenga un final feliz, seguiré contándola entonces, y el día que tenga un final feliz, moriré.


viernes, 2 de abril de 2010

Charles D.D 6


   Ahí estaba, cara a cara con el secuestro, otra vez. Diez años atrás mis padres habían sido secuestrados en Brasil por un grupo de delincuentes mientras realizaban un viaje con una ONG, a la que aportaban considerables sumas de dinero para ayudar a pequeños empresarios y lograr que tuvieran una relación directa con el mercado global. Los bandidos pidieron una ridícula suma de dinero, muy poca, por su liberación, realmente no sabían a quien tenían en sus manos. Para cuando se dieron cuenta ya tenían al gobierno presionando internacionalmente la liberación. Ya no les importaba entonces el dinero, sólo querían deshacerse de mis padres para evitar ser juzgados por cortes norteamericanas, era tarde, tenían a todo el ejército brasileño y a los agregados militares estadounidenses tras su pista. Al final pudieron deshacerse de mis padres, aunque no del dedo acusador del Tío Sam.


   No iba a exponerme a perder a Kit. A pesar de todos los secretos y de las explicaciones que debía darme, la amaba. Me dirigí a la dirección que indicaron los secuestradores sin decirle a nadie, sin llevar ni un arma ni nada que me permitiera hacer otra estupidez, llegué al Hotel Theresa a eso de las 2 de la tarde. Recordé que no comía nada desde el día anterior y me reproché el mucho tiempo que perdí intentando comunicarme con Kit. El taxista se  había sorprendido cuando le dije que me llevara a ese lugar, durante todo el camino insistió en que el Theresa ya había sido demolido, se equivocó, pero no mucho. El Theresa era una pocilga en ruinas, su fachada estaba embellecida por desechos de palomas, en su portería no estaba nadie, el silencio era ensordecedor y desesperante, el ascensor estaba al fondo del pasillo, increíblemente, en funcionamiento. El pensar que todo el edificio estuviese desocupado me puso los pelos de punta, así que decidí llamar al investigador, era la única persona que me podía ayudar en algo así. En dos minutos le conté toda mi situación, él trató de calmarme y me prometió que estaría en los alrededores del Theresa en cuanto colgaramos, que vigilaría las salidas y estaría al pendiente. Se lo agradecí muchísimo.

   Después de colgar el teléfono pulsé, en el ascensor, el botón marcado con el número once. Mientras ascendía, mis ganas de vomitar aumentaban. La puerta se abrió y de inmediato eché un vistazo, era evidente que el piso once estaba totalmente deshabitado: el techo estaba cayéndose, algunos apartamentos no tenían puertas y el polvo era la constante en cada milímetro de aquel pasillo. Llegué a la puerta del 04 y toqué dos veces, la puerta se abrió lentamente mientras yo metía el celular en mi ropa interior, entré y me encontré con ocho sorprendidos ojos, incluyendo los de Kit. Traté de correr hacia ella pero uno de los tres hombres que estaban allí me detuvo fuertemente y me apuntó con su pistola, mientras los otros al unísono me preguntaban qué demonios hacía allí. Esto ya lo he vivido, pensé, era la segunda ocasión que me apuntaban con una pistola y me hacían esa pregunta, difícil de contestar además, aquellos hombre estaban más sorprendido que la propia Kit, quien aún seguía inmóvil mirándome fija-mente. Me di cuenta que no había respondido la pregunta y procedí a hacerlo, después de eso cerraron la puerta y me dieron un golpe en la nuca que me dejó inconsciente.

   Cuando me desperté estaba encerrado en un cuarto con Kit, que me susurraba algo al oído, no sé cuánto tiempo llevaba haciéndolo, alcancé a escucharle: "...me enamoré de él perdidamente, era bastante joven y desorientada, lo único que me interesaba era ayudarle, por eso engañé a todos, por eso nunca lo delaté y me convertí en su cómplice y protectora. Él no sólo iba por ahí reclutando jóvenes para su causa, sino que también iba a las cárceles a apoyar a los reclusos, a decirles que las cosas iban a cambiar y a subirles el ánimo. Creía en un futuro diferente, era un soñador, pero no era nada cuidadoso, empezaron a seguirlo al igual que a muchos de sus compañeros, casi todos fueron encarcelados, incluyéndolo. Misteriosamente, fueron muriendo en la cárcel, él uno de los primeros, los exterminaron,  y los que no pudieron ser atrapados se escondieron, pero desde hace algunos años han empezado a huir de Alemania, aún les siguen la pista, yo les he ayudado. Por eso estos hombres me raptaron".


Charles D.D 5


   No sabía cómo enfrentarme a ella. Lo peor es que no podía pedir consejo o contarle mi situación a nadie, quería demasiado a Kit y no podía ir por ahí divulgando sus secretos, poniéndole en peligro. Lo correcto era hablar con ella, pedirle explicaciones y ser comprensivo, así que decidí hacer eso. La llamé al celular y no obtuve respuesta, en su casa no contestó y hasta me tomé el atrevimiento de llamar a su trabajo, fue extraño, mientras esperaba respuesta pensé en lo mucho que me estaba encariñando con ella y en lo indispensable que me resultaba su compañía, incluso llegué a pensar en no volver a América, no tenía nada allí. Lo que me dijeron al otro lado de la línea me impacientó.


   Kit no solo había faltado al trabajo sino que no se había comunicado, ellos, al igual que yo, no habían dado con su paradero. Dejé entonces la aburrida e ineficiente diplomacia de realizar llamadas y decidí, todavía no sé si a buena hora, recurrir a métodos más directos y efectivos. Era imposible que después de haber estado investigando a Kit por tantos días no tuviese un duplicado de sus llaves, no fue difícil, tiene un sueño muy pesado. Tomé las llaves en mis manos y las observé durante un instante, estaba muerto de pánico y noté que las manos me temblaban, no perdí más tiempo y fui hacia su casa. En el camino me hice algunas preguntas: ¿Se había ido con aquellos hombres? Al igual que yo, ¿otra persona había descubierto lo que hacía? Llegué a la puerta y, sin respirar, metí la mano en el bolsillo izquierdo, las malditas llaves no estaban. Antes de seguir maldiciendo metí la mano en el otro bolsillo y las encontré.

   Entré sin mucho ruido y no pregunté estúpidamente si había alguien. No tenia arma ni nada parecido para defenderme así que, al mejor estilo americano, tomé mi celular y digité el número de la policía, a cualquier movimiento raro llamaría. Di un rápido paseo por la cocina, el salón comedor y la sala de estar, no encontré nada, subí al dormitorio, la puerta estaba abierta de par en par y la cama desarreglada, sobre ella reposaba la toalla y la bata de dormir de Kit. Ella no acostumbraba ser desordenada, jamás dejaría nada sobre la cama. Estaba a punto de vomitar por la desesperación y no encontraba qué diablos hacer ¿Llamar a la policía? ¿Llamar a la policía? o ¿Llamar a la policía? No sé por qué nunca le hacemos caso a esa primera idea que se nos viene siempre a la cabeza, el mundo sería un lugar más sencillo. No llamé a la policía. Me dediqué a buscar pistas, y las encontré. Debajo de la bata y la toalla encontré una nota que más o menos decía:
Tenemos a tu querida protectora, el precio de devolución eres tú. Cuidado, esta oferta caduca.

   Mi aturdimiento era incontrolable para ese entonces, ¿Quién me buscaba? ¿Qué querían de mí? Tienen que saber que en esa época mi ego gozaba de buen estado físico y pensaba que, de una u otra forma, todo giraba en torno mío, por eso me comporté como un idiota y no fui capaz de darme cuenta que esa nota no iba dirigida hacia mí. Seguí leyendo y ni siquiera eso me ayudó:

Búscanos en el Hotel Theresa, piso 11, apt 4. Sabemos que no vas a venir con la policía, ¿Cómo podrías? Si quieres un poquito tu ya maltrecha vida sabrás que lo mejor es que vengas solo y con las manos arriba.
Evítanos molestias.


jueves, 28 de enero de 2010

Charles D.D 4


   Ese mismo viernes, después de terminar el encuentro con el investigador, me dirigí a la casa de Kit: una modesta construcción situada en uno de los barrios más elegantes de la ciudad. Años atrás aquellas casas habían sido destinadas para uso exclusivo de los miembros de la ONU y otros organismos internacionales que tanto abundaban en la Alemania occidental, en la ya lejana época del muro. 
Ya ni siquiera tenía que cargar ropa, en su casa tenía suficiente como para refugiarme durante otra guerra. 

   Me estaba esperando con una gran sonrisa, expresión no muy habitual, además, no había razón alguna para estar demasiado feliz de verme. Cuando hablamos por teléfono noté cierto entusiasmo en su voz e incluso dijo que me tenía una sorpresa, pero no pensé que fuese para tanto, su mano derecha sostenía dos tiquetes de tren con destino a Potsdam. Ella sabía que no me gustaban mucho los viajes por tierra, ni la idea de ser turista, así que antes de que yo pudiese comentar algo  en contra del viaje, demasiado planeado y calculado que estábamos a punto de emprender, me aclaró que no pensaba llevarme a visitar el ya bastante visitado Palacio de Sanssouci ni nada por el estilo, simplemente había alquilado una cabaña en cercanías de un lago, quería nadar y tener sexo todo ese fin de semana. Acepté de inmediato.

   Nunca había sido idiota, y en ese momento no alcancé a experimentar lo que se siente ser uno, sabía perfectamente que algo no encajaba bien, ese tipo de planes no eran algo típico en ella. Está perdidamente enamorada y ya ha comenzado a hacer tonterías o necesita que nos alejemos de la ciudad por algún extraño motivo, pensé. No me salió muy caro, económicamente hablando, darme cuenta que la segunda opción era la correcta. Durante ese fin de semana, mientras, efectivamente, teníamos sexo y nadábamos desnudos en un lago casi desierto, el investigador se encontraba vigilando de día y de noche la casa de Kit. No había mucho que perder, era barato.

   Llegamos a Berlín a eso de las 19 del domingo, estábamos bastante cansados y arrepentidos por haber despreciado de manera tan abierta al Dios Sol y haber paseado desnudos bajo él sin aplicarnos una gota de protector, nuestras quemaduras eran un pequeño castigo por todos los pecados que cometimos frente a su ardiente mirada. Kit insistió en que el taxi pasara primero por mi casa, por supuesto era la ruta más conveniente desde la estación, pero una mujer normal no actúa de esa forma, una mujer normal hubiese esperado que yo la acompañara a su casa. Pensé que tal vez pasamos mucho tiempo juntos durante ese fin de semana y ella necesitaba su propio espacio, yo no era la más grata de las compañías, para ella, un quejetas de primera.

   El informe del investigador no fue largo, ni siquiera tuvo que escribirlo, simplemente me dijo: "En cuanto partieron llegó un coche, tres hombres se bajaron, entraron en la casa y no salieron hasta varias horas antes de vuestro retorno". No quedaba duda, Kit me había llevado fuera de la ciudad porque necesitaba la casa para esconder a un hombre, el mismo al que había visitado aquél viernes. Las palabras del investigador no me sorprendieron mucho, me hubiese sorprendido más el saber que no hubiese pasado nada raro. Si Kit estaba prestando su propia casa para esconder a alguien era porque éste significaba mucho para ella, en ese momento llegué a estar bastante celoso e indignado, aún así, lo que me intrigaba era saber el por qué ese hombre estaba escondiéndose. En esos momentos una efímera hipótesis pasó por mi cabeza y se quedó impregnada en ella, haciéndose menos efímera a medida que pasaban los días: Kit había hecho algo en contra del gobierno de los Estados Unidos. Al menos tenemos otra cosa en común, pensé. 


lunes, 18 de enero de 2010

Charles D.D 3


   Kit no sólo no me dijo toda la verdad sobre su pasado sino que también me estaba ocultando algo de su presente, lo sentía en los huesos, así que me dirigí al encargado de seguridad del edificio en el que entonces yo vivía. El lugar era una estructura antigua situada en todo el corazón de la ciudad. Tiempo atrás había pertenecido a alguna dependencia del gobierno y aún en el sótano reposaban cajas repletas de papeles oficiales que algún funcionario descuidado o malintencionado olvidó recoger o destruir. 
Rolph era bastante gentil, así que no me quedó difícil entablar una fraternal camaradería con él. Era el único en todo el edificio que sabía exactamente las razones por las cuales yo estaba en el país, es más, era uno de los pocos que notaba que no era europeo. ¡Y vaya que no es fácil! Mis abuelos maternos eran suecos y yo había heredado muchos de sus rasgos. 


   Conversar con él resultaba relajador, era como hablar con alguno de mis compañeros universitarios, me refiero a los alemanes, podía contarle de mis encuentros sexuales con Kit e incluso pedirle consejos, puedo decir que es el único amigo que me queda en Europa. Pero aquella vez, cuando le pregunté si conocía a un detective privado, llegué incluso a desconocerlo. Su nariz se ensanchó y sus ojos se abrieron como grandes platos, en sólo un segundo vi una oscura historia a través de ellos. No dudó en sacar de su billetera una tarjeta un poco improvisada con un par de números telefónicos,  al dármela, su expresión volvió a ser la de siempre y sus ojos dejaron de proyectar esas horrendas escenas que en algún momento habían presenciado. Nunca me preguntó para qué quería un investigador, seguramente ya sabía todo.

   Al día siguiente concerté una cita con el investigador, me sorprendió muchísimo lo joven que era, incluso llegué a preguntarme como podía estar metido en algo así, pero inmediatamente recordé quién era yo y qué estaba haciendo, así que preferí ahorrarme reflexiones. Le dije sin perder tiempo lo que quería que hiciera: seguir a Kit a todas partes, anotar la dirección de los lugares que frecuentaba y tener un registro fotográfico de situaciones que él estimara poco comunes, por no decir sospechosas. Dado que nos la pasábamos juntos durante el fin de semana y la mayoría de las noches en semana, le di orden de vigilarla solamente durante cinco días y en un horario estricto de 8 a 17. Lastimosamente su trabajo no terminó después de eso, fue solamente el principio de una larga y penosa tragedia.

   Pensarán que en esa época yo era un bueno para nada, pues no hago más que contarles un montón de cosas que no van, o no deberían ir, en el diario vivir de un estudiante universitario. Pues Se equivocan, me iba demasiado bien en los estudios, dedicaba ocho horas al día a mis deberes y era uno de los primeros en la clase, sin duda, uno de los más responsables y creativos. Mis ensayos y escritos siempre contaban con la aprobación del profesor y de casi todos mis compañeros, esto debido a que realmente sentía, y siento, pasión por la literatura, y desde muy niño me ha gustado escribir. Nunca nadie me obligó a estudiar, no tenía ni padres ni padrinos que me obligaran, además, el dinero que tenía era suficiente para complacer todas mis necesidades y caprichos, así que no tenía que preocuparme por nada más. Definitivamente, era cualquier cosa menos un mal estudiante.

   El informe que me dio el investigador señalaba que durante los días de observación, Kit abandonó su casa a eso de las 7:25 y se dirigió directamente a la clínica. El lunes y el miércoles salió de la clínica a las 13:30 para ir la biblioteca donde nos habíamos conocido, donde se dedicó a escribir y leer sin distracción en su computadora portátil. El martes y el jueves abandonó la clínica a las 10:15, yendo hacia el conservatorio, saliendo de allí a las 13:30 para ir a la biblioteca. Por último, el viernes, salió de la clínica a eso de las 12, se dirigió al supermercado y luego a unas pocas cuadras de mi edificio, entrando a una casa. El investigador, a pesar de que su contrato terminaba a las 5 de la tarde de ese día, decidió quedarse a las afueras sólo para anotar la hora exacta de su salida: 19:56. Hay que aclarar que no me cobró horas extras.



domingo, 17 de enero de 2010

Charles D.D 2



   Nos conocimos en la biblioteca. Ella estaba demasiado entretenida mirándome la cara como para enterarse que yo, muy cuidadosamente y gracias a los ventanales, le miraba las piernas, era evidentemente dos veces mayor. Para esa época, a pesar de ser un adicto al sexo, por diversión, compasión o venganza, nunca había tenido la oportunidad de hacerlo por amor, y no por gusto sino por falta de oportunidad. Después de unos minutos rompí mi disimulada concentración para recoger mis libros, me acerqué a su mesa y la besé.

   Era realmente hermosa. Su cabello era bastante corto y de un rubio intenso, aunque no tanto como el brillo de sus ojos hostigadores y austeros, capaces de descubrir cada uno de tus pensamientos por un simple gesto. Las conversaciones con ella llegaban a veces a ser intimidantes, siempre sabía cuando le estaba mintiendo o le fingía, además, podía detectar mi preocupación con sólo ver una pequeña arruga imperceptible que me salía de vez en cuando en la frente. Me descifraba en un segundo, sólo me sentía tranquilo conversándole cuando acabábamos de tener sexo, en esos momentos su cabeza se apoyaba en mi pecho y mi cara quedaba fuera del alcance de ese radar incesante que tenía por ojos.

   Su nombre era Kitina Stanbolmnov, de cariño le decía Kit, tenía una larga lista de títulos académicos cuyos nombres eran tan raros y complicados como su apellido. Básicamente era una medico experta en terapias para la rehabilitación del movimiento facial. Además, sabía todo sobre el manejo de resonadores faciales, lo que le facilitaba poder trabajar no solo con personas enfermas sino también con jóvenes, aspirantes a cantantes o a actores, en un conservatorio que visitaba constantemente. Sus títulos le servían de mucho pero realmente había nacido con la capacidad de leer el rostro, y con esto descubrir tus miedos y secretos. Yo tenía métodos menos ortodoxos para hacer eso.

   Era rusa de corazón ardiente, de eso no tengo ninguna duda, en la cama era absolu-tamente maravillosa. Yo alardeaba con muchos compañeros alemanes de lo mucho que sabía de sexo por ser de occidente pero, con ella, quedaba totalmente rezagado, la cama era uno de los lugares donde quedaba demostrado que tenía 18 años más que yo. No quiero excitarlos con nuestros fantásticos encuentros sexuales, quiero guiarlos hacia el fondo del asunto, o sea, el por qué tuve que seguirla y cómo terminé en un problema tan grande, dándole la estúpida razón a centenares nobles ciudadanos americanos que simplemente me catalogaban como un peligro para el orden de cualquier sociedad medianamente civilizada.

   Todo lo malo comenzó cuando me contó los motivos de su exilio en Alemania. Sus padres, obviamente, habían sido comunistas, colaboradores del régimen soviético, o al menos de una parte de éste, y, antes de la caída del muro, aparecieron muchos enemigos, unos públicos y otros no tanto, que se convirtieron en una amenaza para la integridad de la familia. Sus padres fueron asesinados y ella fue trasladada rápidamente a un internado de la Alemania Oriental por iniciativa de algunos amigos cercanos de su padre, lo raro, y que en ese entonces no me cabía en la cabeza, era como después de la unificación alemana ella hubiese terminado trabajando para el gobierno americano, llegando a convertirse en una de sus protegidos.

   Su trabajo consistía en hacer interrogatorio a ciudadanos que eran considerados enemigos del nuevo orden establecido, o sea, seguían sin apoyar al triunfante capitalismo, eran sospechosos de querer boicotear la exitosa unificación, etc. Nunca dejó de arrepentirse de lo que le tocaba hacer en ese entonces, actuaba más que todo como un polígrafo, algo monótono y aburrido, pero después de que gracias a uno de sus informes, uno de esos sospechosos fuera abaleado al frente de su casa, las cosas cambiaron radicalmente para ella. Al poco tiempo de ese incidente, renunció y decidió empezar sus estudios de medicina. Era joven y desorientada, lo que la llevó a cometer graves errores antes de  finalizar su trabajo con mis compatriotas, los cuales salieron a flote mientras yo la investigaba, dejándome realmente anonadado.


sábado, 16 de enero de 2010

Charles D.D


   Como parecía imposible que me confesara toda la verdad sobre su pasado decidí entonces seguirla. Aunque tenía pocas semanas en Berlín y estaba allí principalmente por asuntos académicos, pretendía cursar un año de intercambio en la Facultad de Letras de una importante universidad alemana y aprovechar la estadía para investigar sobre los mitos eslavos, ya tenía suficiente información a la fecha de donde poder conseguir armas, pasaportes falsos o uno que otro matón a sueldo. Estaba solo en un mundo bastante lejano al mío, no tenía a quien recurrir ni en quien confiar, por eso me interesaba saber con quién estaba manteniendo relaciones sexuales.


   Tenía solamente 20 años y, a pesar de mi corta edad, ya contaba con un buen expediente de infracciones a la leyes estadounidenses que iban de obstrucción a la justicia a sedición, es más, semanas antes de dejar América tuve que pagar cincuenta horas de trabajo comunitario y una cara fianza por haber guardado información, según ellos importante, en un juicio por contrabando y tráfico de armas. El juez, obviamente, no se tragó mi versión de los hechos, a pesar de mostrarle varios moretones que me quedaban de una golpiza hecha por unos desgraciados que me sorprendieron espiándoles.  Según mi abogado, si no aceptaba esos términos me abrirían un expediente por complicidad y yo, francamente, no quería seguir engrosando mi prontuario.

   Me gustaba pasear por rincones oscuros para espiar a todo tipo de delincuentes, de dónde sacaba algunas de las historias que publicaba en un importante diario virtual del cual era uno de sus mejores columnistas. A la gente le fascina ese tipo de historias, se creen más inteligentes que los protagonistas y se burlan del montón de errores que estos cometen al realizar sus delitos. Nadie nunca imaginó que esas historias tuviesen algún componente real, y desde que se enteraron de su total veracidad y mi inigualable osadía, los llamados de los juzgados, los cuales ignoré en varias ocasiones, no se hicieron esperar. Esas historias, junto a las ácidas críticas que hacía públicamente con otros columnistas sobre la manera en que el gobierno, aliado con países y empresarios de dudosa ética, intervenía indiscriminadamente en los asuntos de ciertos países, me habían acarreado más de un problema, no por mis comentarios sino por lo raro que es para muchos ver a un niño rico preocupado por este tipo de cosas. Hasta de comunista, tampoco es muy difícil ganarse este calificativo en mi país,  me tildaron.

   Debido a todos estos problemas la gente de la alta sociedad, a la cual no muy orgullosamente pertenecía, se me había retirado sin recurrir ni siquiera a la hipocresía. A pesar de mi herencia y de la larga trayectoria que tenía mi familia en la aristocracia del Estado de New York, se me prohibió la entrada al Club. ¡Qué raro!, pensé, los más importantes socios eran los principales estafadores del país, banqueros, pero a mí me tiraban a la hoguera por uno que otro delito. Todo joven a esa edad ha tenido problemas con la justicia: drogas, borracheras, armas e incluso exhibicionismo. ¿Acaso hay gran diferencia entre emborracharse mientras conduces y negarse a declarar en un juzgado? Fueron momentos difíciles que me convencieron, finalmente, a abandonar el país después de la condena, no para exiliarme sino para tratar de poner las cosas en orden.


jueves, 14 de enero de 2010

Stevan


   Ella me aceptó tal y como era. Me aceptó incluso después de confesarle todas las cosas malas que hacía noche tras noche guiado por el más bajo de los deseos. No me había atrevido a decirle nada por miedo a ser rechazado, tal y como yo mismo me rechazaba, no quería ser castigado, ya tenía suficiente con mi conciencia ,la cual me torturaba todas las noches impidiéndome dormir y tener pensamientos pacíficos.

   Lloró sobre mi hombro aunque a mí no se me saliera ni una lágrima. Las suyas eran más frías que las que yo derramaba al llegar a casa después de una noche de placer descontrolado, después de verme solo e insatisfecho. No lloré porque sentí que era hora de pasarle ese amargo peso a alguien con el alma mil veces más pura que la mía, alguien que me amaba.

   Me obligó a que le contara como noche tras noche escogía a un hombre soltero de la ciudad, iba hasta sus casas y los sorprendía de tal manera que en segundos quedaban más débiles que un recién nacido. Le conté como noche tras noche calmaba mis deseos y llegaba a casa arrepentido y con ganas de más.

   Después de unos meses incumplió su promesa de comprenderme: inició a pedirme más tiempo para ella, intentaba obligarme a que me quedara todas las noches en casa, exigiéndome auto control y serenidad.

   No pude hacerlo, nunca podré hacerlo. No después de haber probado el más maravilloso de los néctares que nutren la tierra, no después de haber visto noche tras noche la cara de aquellos hombres pidiendo piedad y viéndome como un ser repugnante, asqueroso, malvado, pero siempre superior. Así que termine matándola al igual que a todos ellos. ¿Qué puedes hacer cuando matar te causa gran satisfacción, te lleva a un clímax de placer y a un orgasmo desmesurado de emociones?.

Vuelos Soñados, Sueños Volados


   No quería ser normal, no quería parecerse a ninguno de los lineales y repetitivos niños que jugaban todos los días con él, ni a los lineales y repetitivos adultos que pasaban todos los días al frente de su casa; quería volar. Así que se preguntó quién podría enseñarle. Se sintió decepcionado al darse cuenta que nadie tenía el alma tan pura y limpia como para hacerlo, al menos no de la forma en que él pretendía. Todos volaban de maneras distintas, algunos lo hacían para ir de un lugar a otro, otros para olvidar sus realidades, y los demás simplemente para evitar lo molesto y aburrido que es tener los pies sobre la tierra.

   Al despreciar totalmente la raza humana y su orgullo putrefacto por la maldad, decidió empezar de nuevo. Esa vez no iba a permitir que su cerebro diera una sola seña para continuar la búsqueda, sólo se guiaría por los latidos de su corazón, estos le marcarían el paso rítmico y certero hacia las más altas nubes, aquellas que están tan arriba que es imposible alcanzarlas con la mirada. Su corazón y su curiosidad lo llevaron al lugar perfecto: un campo habitado de pájaros tan hermosos y diversos que sólo podían caber en su imaginación.

   Dispuesto a realizar su sueño, inició rápidamente las observaciones, las suposiciones y las imitaciones. Después de algún tiempo corría como los pájaros, cantaba como los pájaros, amaba como los pájaros pero no podía volar como ellos, tal vez porque no era un pájaro, pero él jamás se dio esa respuesta. La noche en que emprendió el vuelo se encontraba dormido al lado de uno de los grandes manzanos del lugar, el viento y el sonido de las aves lo despertaron y lo invitaron a mirar el sitio donde segundos atrás se encontraba, un punto que se volvió más pequeño a medida que ascendía entre las nubes. Voló por días enteros sin descansar y sin emitir la más mínima señal de cansancio, en su corazón sólo había tranquilidad, la misma tranquilidad con la que le disparó un furtivo cazador al confundirlo con cualquier otra cosa que pudiera ser asesinada indiscriminadamente.

   Su pierna sangraba a borbotones; mientras descendía notó que estaba herido y su alma ya se había dispuesto a abandonar su pequeño cuerpo en cuanto éste tocara el piso. La camiseta se rasgó con una rama cuando atravesó el manzano en el que había estado durmiendo tiempo atrás. Al caer produjo un sonido tan hermoso que su alma quedó diluida en éste mismo. Se levantó abruptamente de la cama, estaba empapado de sudor y su corazón latía tan fuertemente que hacía que sus piernas flaquearan, logró tranquilizarse cuando comprobó que todo había sido un sueño, un espléndido y cándido sueño. Se fue alejando de la habitación dejando detrás un camino de plumas y sangre que lo habrían de seguir por siempre.