Nadie
puede imaginar lo emocionado que estaba Rudolph en la estación de buses. Tenía
una sonrisa muy particular, la misma que se dibujaba en su rostro cada vez que
emprendía un nuevo proyecto, aunque ésta tenía algo más, algunas pizcas de
amor. Yo estaba muy asustado por toda esa locura, pero ya no había vuelta
atrás. La cosa sería sencilla, viajaríamos hacia un pueblo un poco alejado de
la zona donde estarían esperándonos mis padres, Rudolph había prometido hablar
con ellos. Luego, unos amigos nos ayudarían a cruzar las fronteras del Tercer
Reich. Cuando llegué a la estación no tenía idea de hacia dónde escaparíamos,
tampoco era algo que me importara. Desde el comienzo de la guerra yo sólo
obedecía, y no pretendía que las cosas empezaran a cambiar ese día, así que nos
subimos al bus y no hice ninguna pregunta referente al viaje, sólo quería
hablar de nosotros, o sea, mirarnos durante todo el trayecto sin pronunciar
palabra.
Cuando ya estábamos lejos de Postdam, Rudolph se animó a hablar
y me dijo que las cosas no iban a salir tal y como lo habíamos planeado, mis
padres no habían aceptado encontrarse con nosotros. Había hecho todo lo posible
por convencerlos pero había sido imposible.
-Perdóname -me dijo.
-No te preocupes, ellos están en todo su derecho. No merezco
nisiquiera una última despedida.
-No digas eso -dijo mientras secaba mis lagrimas.
-Les duele que yo sea...
-No lo serás un día más.
A partir de ese momento decidí dejar todo atrás, viviría sólo para
Rudolph, sin importar nada más. Si mis padres no querían perdonarme por
intentar sobrevivir, no podía hacer nada, no iba a negar haber disfrutado todo
eso, que le había cogido algo de cariño a Rolph y que incluso me había
resignado a ver a Hitler reinando sobre Europa.
Después de varias horas de viaje llegamos al pueblo donde nos estaban
esperando los amigos de Rudolph. Me sorprendió mucho el poco control en las
carreteras que atravesábamos, sin duda era la parte más tranquila de
nuestro territorio. Todo estaba muy bien excepto yo, mientras transcurrían las
horas mis temores se iban incrementando, estaba convencido de que Rolph
empezaría a notar mi ausencia e inmediatamente iría a la casa de mis padres,
éstos no le darían razón de mí y él buscaría la forma de sacarles la verdad,
de cualquier manera, luego sería muy sencillo dar conmigo. Mi cabeza daba
vueltas y mi corazón se estremecía, me sentí idiota por haber pensado que las
cosas serían tan sencillas.
Cuando nos bajamos del bus nos encontramos frente a frente con los hombres
de Rolph. El rostro de Rudolph era neutro, sabía que ese era el fin, no
podíamos hacer nada más, no tenía un Plan B. Yo, sin más que hacer, los saludé
con naturalidad.
-¡Qué sorpresa! ¿Los ha mandado Rudolph?
-Sí- contestó uno de ellos.
-¿Qué quiere? Le dejé un recado con Hildegarde diciendo que volvía
dentro de 2 o 3 días -mentí.
-No hay problema. Él sólo quiere que lo acompañemos mientras está
usted fuera de la ciudad. Él no quiere que usted corra ningún riesgo.
-Bien, nosotros vamos a estar hospedados en éste lugar -les
dije mientras les extendía un pequeño papel en donde estaba anotada la
dirección. Rudolph estaba confundido.
-Nos vemos luego entonces. Y no se preocupe por nada, nosotros le avisaremos al señor Fuhrmann (Rolph).
-Nos vemos luego entonces. Y no se preocupe por nada, nosotros le avisaremos al señor Fuhrmann (Rolph).
-Señor Shultz -dijo el más joven de los tres a Rudolph,
inclinando la cabeza en cuanto pasó por su lado. Rudolph le contestó el saludo
y nos quedamos mudos mientras ellos se alejaban.
Podía sentir la vergüenza y la impotencia de Rudolph, estaba
atónito, una persona tan burda y estúpida como Rolph le había dañado su
gran proyecto. No había nada que hacer además de disfrutar los días de
vacaciones que teníamos. Le di dos palmadas en la espalda para animarlo a
seguir el camino a la pequeña casa, teníamos que cancelar el plan. Ya
no estaba dispuesto a intentar nada más para escapar.
Los dos hombres que pretendían ayudarnos entendieron todo y se ofrecieron
para otra ocasión, les hice saber que no habría otra ocasión. Cuando se
marcharon me sentía lleno de energías.
-¿No volverás a intentarlo?- me preguntó Rudolph con
tristeza en los ojos.
-No. Los aliados están cerca, muy pronto acabará todo.
-Eso puede acarrear muchas cosas. Ellos vienen tras los
dirigentes nazis, y tú andas con ellos.
-¡Dilo! Soy uno de sus...
-No quiero discutir.
-Yo tampoco -le dije mientras lo abrazaba-.Quiero
estar contigo.
-Hans, eso es algo que no puedo hacer. Perdón -se
aferraba a mí cuerpo.
-No sé lo que pasará, esos hombres pueden estar esperando la
orden de matarnos.
-Al menos moriremos juntos -sus labios
recorrían pacientemente mi cuello.
-Te amo.
-Lo sé. De la forma más rara que
existe.