Como parecía imposible que me confesara toda la verdad sobre su pasado decidí entonces seguirla. Aunque tenía pocas semanas en Berlín y estaba allí principalmente por asuntos académicos, pretendía cursar un año de intercambio en la Facultad de Letras de una importante universidad alemana y aprovechar la estadía para investigar sobre los mitos eslavos, ya tenía suficiente información a la fecha de donde poder conseguir armas, pasaportes falsos o uno que otro matón a sueldo. Estaba solo en un mundo bastante lejano al mío, no tenía a quien recurrir ni en quien confiar, por eso me interesaba saber con quién estaba manteniendo relaciones sexuales.
Tenía solamente 20 años y, a pesar de mi corta edad, ya contaba con un buen
expediente de infracciones a la leyes estadounidenses que iban de obstrucción
a la justicia a sedición, es más, semanas antes de dejar América tuve que pagar
cincuenta horas de trabajo comunitario y una cara fianza por haber guardado
información, según ellos importante, en un juicio por contrabando y tráfico de
armas. El juez, obviamente, no se tragó mi versión de los hechos, a pesar de
mostrarle varios moretones que me quedaban de una golpiza hecha por unos
desgraciados que me sorprendieron espiándoles. Según mi abogado, si no aceptaba esos términos
me abrirían un expediente por complicidad y yo, francamente, no quería seguir
engrosando mi prontuario.
Me gustaba pasear por rincones oscuros para espiar a todo tipo de delincuentes,
de dónde sacaba algunas de las historias que publicaba en un importante diario
virtual del cual era uno de sus mejores columnistas. A la gente le fascina ese
tipo de historias, se creen más inteligentes que los protagonistas y se burlan
del montón de errores que estos cometen al realizar sus delitos. Nadie nunca
imaginó que esas historias tuviesen algún componente real, y desde que se
enteraron de su total veracidad y mi inigualable osadía, los llamados de los
juzgados, los cuales ignoré en varias ocasiones, no se hicieron esperar. Esas
historias, junto a las ácidas críticas que hacía públicamente con otros columnistas
sobre la manera en que el gobierno, aliado con países y empresarios de dudosa
ética, intervenía indiscriminadamente en los asuntos de ciertos países, me habían
acarreado más de un problema, no por mis comentarios sino por lo raro que es
para muchos ver a un niño rico preocupado por este tipo de cosas. Hasta de comunista,
tampoco es muy difícil ganarse este calificativo en mi país, me tildaron.
Debido a todos estos problemas la gente
de la alta sociedad, a la cual no muy orgullosamente pertenecía, se me había
retirado sin recurrir ni siquiera a la hipocresía. A pesar de mi herencia y de
la larga trayectoria que tenía mi familia en la aristocracia del Estado de New
York, se me prohibió la entrada al Club. ¡Qué raro!, pensé, los más importantes
socios eran los principales estafadores del país, banqueros, pero a mí me tiraban
a la hoguera por uno que otro delito. Todo joven a esa edad ha tenido problemas
con la justicia: drogas, borracheras, armas e incluso exhibicionismo. ¿Acaso
hay gran diferencia entre emborracharse mientras conduces y negarse a declarar
en un juzgado? Fueron momentos difíciles que me convencieron, finalmente, a abandonar
el país después de la condena, no para exiliarme sino para tratar de poner las
cosas en orden.
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