Kit no sólo no me dijo toda la verdad sobre su pasado sino que también me estaba ocultando algo de su presente, lo sentía en los huesos, así que me dirigí al encargado de seguridad del edificio en el que entonces yo vivía. El lugar era una estructura antigua situada en todo el corazón de la ciudad. Tiempo atrás había pertenecido a alguna dependencia del gobierno y aún en el sótano reposaban cajas repletas de papeles oficiales que algún funcionario descuidado o malintencionado olvidó recoger o destruir.
Rolph era bastante gentil, así que no me quedó difícil entablar una fraternal camaradería con él. Era el único en todo el edificio que sabía exactamente las razones por las cuales yo estaba en el país, es más, era uno de los pocos que notaba que no era europeo. ¡Y vaya que no es fácil! Mis abuelos maternos eran suecos y yo había heredado muchos de sus rasgos.
Conversar con él resultaba relajador, era como hablar con alguno de mis
compañeros universitarios, me refiero a los alemanes, podía contarle de mis
encuentros sexuales con Kit e incluso pedirle consejos, puedo decir que es el único
amigo que me queda en Europa. Pero aquella vez, cuando le pregunté si
conocía a un detective privado, llegué incluso a desconocerlo. Su nariz se
ensanchó y sus ojos se abrieron como grandes platos, en sólo un segundo vi una
oscura historia a través de ellos. No dudó en sacar de su billetera una tarjeta
un poco improvisada con un par de números telefónicos, al dármela, su expresión volvió a ser la de
siempre y sus ojos dejaron de proyectar esas horrendas escenas que
en algún momento habían presenciado. Nunca me preguntó para
qué quería un investigador, seguramente ya sabía todo.
Al día siguiente concerté una cita con el investigador, me sorprendió
muchísimo lo joven que era, incluso llegué a preguntarme como podía estar
metido en algo así, pero inmediatamente recordé quién era yo y qué estaba
haciendo, así que preferí ahorrarme reflexiones. Le dije sin perder tiempo lo
que quería que hiciera: seguir a Kit a todas partes, anotar la dirección de los
lugares que frecuentaba y tener un registro fotográfico de situaciones que él
estimara poco comunes, por no decir sospechosas. Dado que nos la pasábamos
juntos durante el fin de semana y la mayoría de las noches en semana, le di
orden de vigilarla solamente durante cinco días y en un horario estricto de 8 a
17. Lastimosamente su trabajo no terminó después de eso, fue solamente el
principio de una larga y penosa tragedia.
Pensarán que en esa época yo era un bueno para nada, pues no hago más que
contarles un montón de cosas que no van, o no deberían ir, en el diario vivir
de un estudiante universitario. Pues Se equivocan, me iba demasiado bien en los
estudios, dedicaba ocho horas al día a mis deberes y era uno de los primeros en
la clase, sin duda, uno de los más responsables y creativos. Mis ensayos y
escritos siempre contaban con la aprobación del profesor y de casi todos mis
compañeros, esto debido a que realmente sentía, y siento, pasión por
la literatura, y desde muy niño me ha gustado escribir. Nunca nadie me obligó a
estudiar, no tenía ni padres ni padrinos que me obligaran, además, el dinero
que tenía era suficiente para complacer todas mis necesidades y caprichos, así
que no tenía que preocuparme por nada más. Definitivamente, era cualquier cosa
menos un mal estudiante.
El informe que me dio el investigador señalaba
que durante los días de observación, Kit abandonó su casa a eso de las 7:25 y
se dirigió directamente a la clínica. El lunes y el miércoles salió de la clínica
a las 13:30 para ir la biblioteca donde nos habíamos conocido, donde se dedicó
a escribir y leer sin distracción en su computadora portátil. El martes y el jueves
abandonó la clínica a las 10:15, yendo hacia el conservatorio, saliendo de allí
a las 13:30 para ir a la biblioteca. Por último, el viernes, salió de la
clínica a eso de las 12, se dirigió al supermercado y luego a unas pocas
cuadras de mi edificio, entrando a una casa. El investigador, a pesar de que
su contrato terminaba a las 5 de la tarde de ese día, decidió quedarse a las
afueras sólo para anotar la hora exacta de su salida: 19:56. Hay que aclarar
que no me cobró horas extras.
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