jueves, 14 de enero de 2010

Stevan


   Ella me aceptó tal y como era. Me aceptó incluso después de confesarle todas las cosas malas que hacía noche tras noche guiado por el más bajo de los deseos. No me había atrevido a decirle nada por miedo a ser rechazado, tal y como yo mismo me rechazaba, no quería ser castigado, ya tenía suficiente con mi conciencia ,la cual me torturaba todas las noches impidiéndome dormir y tener pensamientos pacíficos.

   Lloró sobre mi hombro aunque a mí no se me saliera ni una lágrima. Las suyas eran más frías que las que yo derramaba al llegar a casa después de una noche de placer descontrolado, después de verme solo e insatisfecho. No lloré porque sentí que era hora de pasarle ese amargo peso a alguien con el alma mil veces más pura que la mía, alguien que me amaba.

   Me obligó a que le contara como noche tras noche escogía a un hombre soltero de la ciudad, iba hasta sus casas y los sorprendía de tal manera que en segundos quedaban más débiles que un recién nacido. Le conté como noche tras noche calmaba mis deseos y llegaba a casa arrepentido y con ganas de más.

   Después de unos meses incumplió su promesa de comprenderme: inició a pedirme más tiempo para ella, intentaba obligarme a que me quedara todas las noches en casa, exigiéndome auto control y serenidad.

   No pude hacerlo, nunca podré hacerlo. No después de haber probado el más maravilloso de los néctares que nutren la tierra, no después de haber visto noche tras noche la cara de aquellos hombres pidiendo piedad y viéndome como un ser repugnante, asqueroso, malvado, pero siempre superior. Así que termine matándola al igual que a todos ellos. ¿Qué puedes hacer cuando matar te causa gran satisfacción, te lleva a un clímax de placer y a un orgasmo desmesurado de emociones?.

No hay comentarios:

Publicar un comentario