domingo, 17 de enero de 2010

Charles D.D 2



   Nos conocimos en la biblioteca. Ella estaba demasiado entretenida mirándome la cara como para enterarse que yo, muy cuidadosamente y gracias a los ventanales, le miraba las piernas, era evidentemente dos veces mayor. Para esa época, a pesar de ser un adicto al sexo, por diversión, compasión o venganza, nunca había tenido la oportunidad de hacerlo por amor, y no por gusto sino por falta de oportunidad. Después de unos minutos rompí mi disimulada concentración para recoger mis libros, me acerqué a su mesa y la besé.

   Era realmente hermosa. Su cabello era bastante corto y de un rubio intenso, aunque no tanto como el brillo de sus ojos hostigadores y austeros, capaces de descubrir cada uno de tus pensamientos por un simple gesto. Las conversaciones con ella llegaban a veces a ser intimidantes, siempre sabía cuando le estaba mintiendo o le fingía, además, podía detectar mi preocupación con sólo ver una pequeña arruga imperceptible que me salía de vez en cuando en la frente. Me descifraba en un segundo, sólo me sentía tranquilo conversándole cuando acabábamos de tener sexo, en esos momentos su cabeza se apoyaba en mi pecho y mi cara quedaba fuera del alcance de ese radar incesante que tenía por ojos.

   Su nombre era Kitina Stanbolmnov, de cariño le decía Kit, tenía una larga lista de títulos académicos cuyos nombres eran tan raros y complicados como su apellido. Básicamente era una medico experta en terapias para la rehabilitación del movimiento facial. Además, sabía todo sobre el manejo de resonadores faciales, lo que le facilitaba poder trabajar no solo con personas enfermas sino también con jóvenes, aspirantes a cantantes o a actores, en un conservatorio que visitaba constantemente. Sus títulos le servían de mucho pero realmente había nacido con la capacidad de leer el rostro, y con esto descubrir tus miedos y secretos. Yo tenía métodos menos ortodoxos para hacer eso.

   Era rusa de corazón ardiente, de eso no tengo ninguna duda, en la cama era absolu-tamente maravillosa. Yo alardeaba con muchos compañeros alemanes de lo mucho que sabía de sexo por ser de occidente pero, con ella, quedaba totalmente rezagado, la cama era uno de los lugares donde quedaba demostrado que tenía 18 años más que yo. No quiero excitarlos con nuestros fantásticos encuentros sexuales, quiero guiarlos hacia el fondo del asunto, o sea, el por qué tuve que seguirla y cómo terminé en un problema tan grande, dándole la estúpida razón a centenares nobles ciudadanos americanos que simplemente me catalogaban como un peligro para el orden de cualquier sociedad medianamente civilizada.

   Todo lo malo comenzó cuando me contó los motivos de su exilio en Alemania. Sus padres, obviamente, habían sido comunistas, colaboradores del régimen soviético, o al menos de una parte de éste, y, antes de la caída del muro, aparecieron muchos enemigos, unos públicos y otros no tanto, que se convirtieron en una amenaza para la integridad de la familia. Sus padres fueron asesinados y ella fue trasladada rápidamente a un internado de la Alemania Oriental por iniciativa de algunos amigos cercanos de su padre, lo raro, y que en ese entonces no me cabía en la cabeza, era como después de la unificación alemana ella hubiese terminado trabajando para el gobierno americano, llegando a convertirse en una de sus protegidos.

   Su trabajo consistía en hacer interrogatorio a ciudadanos que eran considerados enemigos del nuevo orden establecido, o sea, seguían sin apoyar al triunfante capitalismo, eran sospechosos de querer boicotear la exitosa unificación, etc. Nunca dejó de arrepentirse de lo que le tocaba hacer en ese entonces, actuaba más que todo como un polígrafo, algo monótono y aburrido, pero después de que gracias a uno de sus informes, uno de esos sospechosos fuera abaleado al frente de su casa, las cosas cambiaron radicalmente para ella. Al poco tiempo de ese incidente, renunció y decidió empezar sus estudios de medicina. Era joven y desorientada, lo que la llevó a cometer graves errores antes de  finalizar su trabajo con mis compatriotas, los cuales salieron a flote mientras yo la investigaba, dejándome realmente anonadado.


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