Nos conocimos en la biblioteca. Ella estaba
demasiado entretenida mirándome la cara como para enterarse que yo, muy
cuidadosamente y gracias a los ventanales, le miraba las piernas, era
evidentemente dos veces mayor. Para esa época, a pesar de ser un adicto al sexo,
por diversión, compasión o venganza, nunca había tenido la oportunidad de hacerlo
por amor, y no por gusto sino por falta de oportunidad. Después de unos minutos
rompí mi disimulada concentración para recoger mis libros, me acerqué a su mesa
y la besé.
Era realmente hermosa. Su cabello era bastante corto y de un rubio
intenso, aunque no tanto como el brillo de sus ojos hostigadores y austeros, capaces
de descubrir cada uno de tus pensamientos por un simple gesto. Las
conversaciones con ella llegaban a veces a ser intimidantes, siempre sabía cuando
le estaba mintiendo o le fingía, además, podía detectar mi preocupación con
sólo ver una pequeña arruga imperceptible que me salía de vez en cuando en la
frente. Me descifraba en un segundo, sólo me sentía tranquilo conversándole
cuando acabábamos de tener sexo, en esos momentos su cabeza se apoyaba en mi
pecho y mi cara quedaba fuera del alcance de ese radar incesante que tenía por
ojos.
Su nombre era Kitina Stanbolmnov, de cariño le decía Kit, tenía una larga
lista de títulos académicos cuyos nombres eran tan raros y complicados como su
apellido. Básicamente era una medico experta en terapias para la rehabilitación
del movimiento facial. Además, sabía todo sobre el manejo de resonadores faciales,
lo que le facilitaba poder trabajar no solo con personas enfermas sino también
con jóvenes, aspirantes a cantantes o a actores, en un conservatorio que
visitaba constantemente. Sus títulos le servían de mucho
pero realmente había nacido con la capacidad de leer el rostro, y con
esto descubrir tus miedos y secretos. Yo tenía métodos menos ortodoxos para
hacer eso.
Era rusa de corazón ardiente, de eso no tengo ninguna duda, en la cama
era absolu-tamente maravillosa. Yo alardeaba con muchos compañeros alemanes de
lo mucho que sabía de sexo por ser de occidente pero, con ella, quedaba
totalmente rezagado, la cama era uno de los lugares donde quedaba demostrado
que tenía 18 años más que yo. No quiero excitarlos con nuestros fantásticos
encuentros sexuales, quiero guiarlos hacia el fondo del asunto, o sea, el por
qué tuve que seguirla y cómo terminé en un problema tan
grande, dándole la estúpida razón a centenares nobles ciudadanos americanos
que simplemente me catalogaban como un peligro para el orden de cualquier sociedad
medianamente civilizada.
Todo lo malo comenzó cuando me contó los motivos de su exilio en
Alemania. Sus padres, obviamente, habían sido comunistas, colaboradores del
régimen soviético, o al menos de una parte de éste, y, antes de la caída del
muro, aparecieron muchos enemigos, unos públicos y otros no tanto, que se
convirtieron en una amenaza para la integridad de la familia. Sus padres
fueron asesinados y ella fue trasladada rápidamente a un internado de la
Alemania Oriental por iniciativa de algunos amigos cercanos de su padre, lo
raro, y que en ese entonces no me cabía en la cabeza, era como después de la
unificación alemana ella hubiese terminado trabajando para el gobierno
americano, llegando a convertirse en una de sus protegidos.
Su trabajo consistía en hacer
interrogatorio a ciudadanos que eran considerados enemigos del nuevo orden
establecido, o sea, seguían sin apoyar al triunfante capitalismo, eran sospechosos
de querer boicotear la exitosa unificación, etc. Nunca dejó de arrepentirse de
lo que le tocaba hacer en ese entonces, actuaba más que todo como un polígrafo,
algo monótono y aburrido, pero después de que gracias a uno de sus informes, uno
de esos sospechosos fuera abaleado al frente de su casa, las cosas cambiaron
radicalmente para ella. Al poco tiempo de ese incidente, renunció y decidió
empezar sus estudios de medicina. Era joven y desorientada, lo que la llevó a
cometer graves errores antes de finalizar su trabajo con mis compatriotas,
los cuales salieron a flote mientras yo la investigaba, dejándome realmente
anonadado.
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