domingo, 31 de agosto de 2014

Detrás del bosque 5


   Se sintió un poco decepcionado. El pequeño bosque, tal y como se veía desde afuera, no tenía nada de especial, además, tampoco logró que se olvidara del árbol florero o del cuadro, y menos de este último, pues cuando terminó de recorrer el caminito se quedó estupefacto al borde de una línea roja intensa, pintada tal vez con pintura industrial, que separaba el bosque de una pradera y de una nueva realidad, la misma que estaba retratada en ese maldito cuadro que lo atormentaría por una eternidad. Cuando pasó el choque inicial de observar nuevamente las mismas imágenes que ya había observado en el salón de arte, en un tamaño real y dentro de ellas, y después de que un tornado se paseara por su cabeza y su estómago, sintió un deseo incontrolable de volver a su auto o de despertarse del todo de ese agotador sueño. Pero cuando buscó el caminito, éste ya no estaba, había sido tragado por el pequeño bosque convertido ahora en una jungla espesa y siniestra, la cual él no estaba dispuesto siquiera a pisar, sabía que no saldría con vida de allí. Cuando giró de nuevo, rogando en voz alta para que la pradera no hubiese también desaparecido, al menos era linda y pacífica, se encontró con que ésta seguía en su mismo lugar y con su misma inmensidad, aunque la línea roja ya no estaba, ya no había nada que separar. Volvió a girar y no encontró la jungla, no encontró camino, no encontró bosque, nada. Se encontró a sí mismo en medio de una pradera hermosa, en medio de un cuadro muy bien pintado, en medio de la nada, en otro mundo. Caminó y caminó, no tenía más que hacer, además, todo era tan perfecto que nada malo podría pasar. 

   Después de tanto caminar buscando algo diferente a la pradera, divisó lo que a lo lejos le pareció ser un hombre. Pero no estaba seguro, era una figura inmóvil y borrosa. Empezó a correr como un loco mientras aquella sospechosa figura seguía estando igual de lejos e irreconocible. Por primera vez sintió ganas de llorar, estaba desesperado, harto de esa maldita infinidad verde, cayó de rodillas al suelo y empezó a dar puñetazos a la tierra, cuando ya no pudo más apoyó sus codos y su cabeza en una posición similar a la de un musulmán orando y respiró profundamente, llenando con el aire todo el diafragma y dejando escapar lentamente el aire por la boca como aprendió en sus clases de yoga.

   Cuando levantó la cabeza observó que su alrededor había cambiado, la pradera interminable se había poblado de árboles, montañas, pájaros y otros animales pequeños, había flores por todos lados, también un lago, aunque no visible para Arthur, lleno por igual de cisnes blancos y negros cuyo canto inmortal solamente cesaba cuando ojos humanos les veían. Se puso de pie y sonrío, inhalo fuertemente y por fin supo el olor de la verdadera felicidad. Todo estaba radiante, incluso él. Sentía que flotaba sobre sus sueños de infancia.

   En medio de su felicidad volvió a ver a aquél hombre, aunque ya no se veía tan borroso. Con un nuevo aire de esperanza y optimismo emprendió de nuevo la marcha hacia él, pero esta vez no corría, iba a paso lento, admirando y sintiendo cada centímetro de espacio recorrido. Cada tanto miraba hacia el hombre para cerciorarse de realmente estar avanzado, y así era, cada vez estaba más cerca, aunque este otro no se movía, o al menos Arthur no lo veía moverse ¿sería una escultura? Pensaba en las preguntas que le haría en cuanto estuvieran frente a frente. Al seguir avanzando notó algo extrañó. Algunos pájaros tenían las alas no en su parte posterior sino en el vientre, lo que los hacía volar en forma extraña y grotesca con el pecho hacia al aire. Además, algunos árboles tenían su tronco y sus ramas enterradas en la tierra mientras sus raíces se alzaban hacia el cielo, tal vez demostrándole que no eran árboles floreros. Su felicidad se fue convirtiendo en confusión, en una más profunda que cuando descubrió que tenía en frente suyo una pradera inagotable, y cuando por fin tuvo a escasos centímetros al hombre, ya no borroso ni lejano, tenía tantas preguntas para hacerle que se quedó mudo, a punto de llorar. Y aunque sabía que demoraría en articular alguna palabra, empezó a tranquilizarse, al menos ya no se encontraba solo. El otro hombre, sabiendo por lo que Arthur estaba pasando, le preguntó en tono amigable mientras le ponía una mano sobre el hombro

-¿Por qué tardaste tanto?

Detrás del bosque 4


   Arthur se sintió cansado, sentía que la jornada había sido larga y pesada. La experiencia con aquél cuadro lo había agotado mucho, necesitaba tumbarse un rato. Pensó entonces que al bajar por su carro le pediría a aquél simpático anciano que le indicara donde podría encontrar un lugar cercano para pasar la noche y emprender su viaje de regreso la mañana siguiente. Tenía eso y nada más en la cabeza: descansar. Pero cuando se le pasó el susto y miró a su alrededor se sintió invadido por una fuerza desconocida, o al menos olvidada por él desde hacía mucho. Su cansancio desapareció. No se sentía tan enérgico desde que sus padres lo llevaron por primera vez a la playa. Se olvidó así de aquél anciano, de su auto y de la mansión que estaba a su espalda para contemplar los colores y los pájaros que saltaban de rama en rama en un árbol desproporcionado que estaba a un lado del caminito por el cual había subido. 

   Todo ese paisaje se encontraba allí cuando él llegó, pero sus obligaciones no le habían permitido verlo. De hecho, le parecía que aquella colina se extendía más allá de lo imaginable y que todo se veía mucho más majestuoso. Caminó hacia el inmenso árbol donde jugaban los pájaros y sintió algo muy extraño. Tuvo la sensación de que aquél árbol no tenía raíces. Aunque ninguna de ellas era visible, no era eso lo que le despertaba preocupación, sabía que no tenían que ser visibles necesariamente, había algo más, algo que lo convencía de que el árbol estaba puesto sobre la tierra como se pone un florero sobre la mesa de un gran comedor. Al tener un pensamiento tan raro volvió a pensar en aquél cuadro, ¿qué hacía ese cuadro ahí? -se preguntaba-. No era un cuadro valioso. En medio de sus pensamientos sintió que alguien lo observaba desde el interior de la mansión, así que rotó su cuerpo, dándole la espalda al árbol florero mientras un viento gélido, parecido al que lo había envuelto minutos atrás, le recorría la espalda. Nadie lo veía, nadie podría verlo.

   Al mirar hacia la mansión notó que detrás de ésta también se apreciaba una vista espectacular, había un pequeño bosque, aunque éste no estaba compuesto de árboles floreros ni desproporcionados sino que era un pequeño bosque como cualquiera de esa zona. Lo extraño era el camino que iba de un costado de la propiedad hasta allá pues, le parecía a él, el camino venía haciendo un largo recorrido detrás del bosque, lo atravesaba y terminaba violentamente sobre la mansión. Arthur creyó en ese entonces que ésta estaba puesta a propósito en ese sitio para interrumpir aquél camino. Un poco desesperado por esos pensamientos y sin medir bien sus movimientos, como si un imán gigante lo llamara hacia detrás de esos árboles, para él comunes y corrientes, empezó a recorrer el camino interrumpido y se adentró en aquél bosque esperando que las pesadas ramas del olvido pudieran amortiguar las imágenes y pensamientos que en ese momento lo atormentaban.

Detrás del bosque 3


   Recorrió, fotografió y tomó notas sobre las habitaciones, los cuartos de baño, los estudios, la cocina, la cava, el comedor, el salón de baile, el salón de té, la biblioteca y así todos los recovecos que ante sus ojos se desnudaban. Por último visitó el salón de arte. Fue una elección a propósito. Antes de entrar había hecho una pausa para comer los sánduches y beber un poco de agua, también revisó sus notas y pasó las fotografías que había tomado al computador. Sabía que necesitaba las memorias vacías antes de entrar al salón de arte. Cogió energía entonces para entrar a evaluar una colección que posiblemente valdría más que la mansión y que las cosas que se encontraban en las otras habitaciones. Tenía que estar concentrado y disponer alma y cuerpo para no solo admirar tales obras sino también calcular su valor. 

   Pinturas, pequeñas esculturas y reliquias. Todo era maravilloso. Monet, Kandinsky, Manet, Matisse, Coubert, entre otros. Unos originales, otros copias muy buenas, pero en conjunto hermosos. Había incluso una colección de marcos. Había una zona dedicada a pintores y escultores locales que habían sido patrocinados por los Liebher. El salón era mucho más grande que el apartamento de Arthur y nada de lo que había allí estaba cubierto por sábana alguna o protegido. No era necesario, esa gigante habitación se mantenía suspendida en su propio tiempo. A Arthur le parecía un escándalo que los herederos hubiesen dejado durante tanto tiempo esa fortuna abandonada en la mitad de la nada. Más le sorprendía que nadie hubiese intentado saquear la mansión.

   Después de su apreciación inicial desde la puerta del salón, Arthur miró su reloj y se percató que no le alcanzaría el tiempo para analizar en detalle cada pieza, así que decidió que volvería temprano al otro día y se dedicaría específicamente a eso. Pero no se iría sin mirar así fuese por encima algunas pinturas. Empezó a caminar lentamente como temiendo despertar a alguien mientras decidía que cuadro ver primero. No tuvo que pensar, la decisión se dio por si sola. Había un cuadro tan sencillo y tan desapercibido que tuvo que acercarse a descubrir cuál era su magia. Era un paisaje, no estaba firmado por nadie, y en la inscripción que había debajo del marco solamente se leía un “Detrás del bosque”. Lo miró, lo miró detalladamente durante minutos a la espera de ver lo que hacía a esa pintura especial. No encontró nada, así que retiró indignado la vista, asumiendo que alguien había cometido algún error o que los Liebher eran tan humildes que habían colgado allí el cuadro pintado por algún anciano o ama de casa, con algo de técnica, que se los había regalado en agradecimiento por algún favor obtenido. Cuando volvió a ver hacia el cuadro casi muere del susto. Se encontraba varios metros detrás de éste y en el lugar donde debería estar él se encontraba un hombre admirando el cuadro. Después de esa impresión, la cual lo había inmovilizado, cayó en cuenta que aquél otro hombre era él. Cerró los ojos y sacudió la cabeza intentando sacarse aquella imagen. Cuando los abrió, estaba de nuevo cerca al cuadro, solo. Respiró aliviado. Miro de nuevo aquél insípido paisaje y encontró una diferencia. Ya no solo era una pradera inmensa con un árbol sobresaliente a lo lejos sino que había un hombre en medio de ésta. Él estaba en medio de ésta. Abrió la boca sorprendido y no logró articular palabra cuando un viento gélido proveniente del cuadro lo arrastró hacia aquella pradera, en el lugar donde se había visto segundos antes. Estando allí, en medio de esa nada, se dio vuelta y se vio así mismo, en un cuarto lleno de cuadros observando hacia él y hacia esa pradera. Los dos Arthur, el del cuadro y el del salón de arte emitieron un gritó unísono que retumbó en todos lados. Aquél grito despertó a Arthur de su ensueño. Abandonó asustado el salón, recogió sus cosas, salió de la mansión y respiró hondamente hasta calmarse. 



Detrás del bosque 2


   Cuando empezaba a salir de la ciudad pensó en lo abandonado que tenía la administración pública esa zona. Le pareció que ese lugar podría desarrollarse muy bien en unos cuantos años, pero él necesitaba vender la mansión en ese preciso momento y, además, venderla sobre el valor que los dueños pensaban que valía. Pensó que lo más seguro es que la propiedad estuviese desvalorizándose y que tendiera a hacerlo más hasta que la administración se interesase en tal zona. Así pues, tachó de un zarpazo la mitad de su lista de posibles compradores. Tenía que encontrar un comprador no muy listo, que no le interesase los valores del mercado sino el valor histórico y cultural de la mansión. Alguien que estuviera dispuesto a comprarla con la mayoría de los muebles, cuadros y esculturas, lo cual la haría parecer muy atractiva. Sería mucho dinero, pero él sabía de sobra que había gente dispuesta a pagarlo si se le prometía un estatus dentro de la sociedad burguesa de la ciudad. La mansión Liebher por sí sola no podría otorgarle eso a nadie, pero él conocía gente que si podría. Gente que le debía algunos favores. 

   Al llegar a la base de la colina cayó en la cuenta que ésta estaba un poco más lejos de lo que había supuesto. Se demoró en total dos horas desde su apartamento. Al lado de la carretera se desprendía un pequeño camino destapado que se abría paso entre plantas que amenazaban con engullírselo. Se notaba que hacía mucho no pasaba un carro por allí. En el punto donde empezaba la pendiente encontró una modesta casa que, sin duda, en su momento había servido para que viviera allí algún trabajador que cuidaba lo que parecía ser la entrada principal. No había rastros de portón o de cerca. Al parecer, los Liebher nunca quisieron dar la impresión de temer por su seguridad en ese lugar. De aquella casa, que suponía abandonada, salió un anciano que a pesar de sus años se las arreglaba para vivir solo allí. Arthur le contó quién era y lo que haría, y el anciano a su vez le dijo que había trabajado para los Liebher, quienes le habían dejado en herencia esa casa y una pensión vitalicia. El anciano al parecer tenía familia en la ciudad, los cuales lo visitaban cada tanto y se habían ofrecido a conseguirles un apartamento cerca de ellos, pero él se había negado pues sentía que pertenecía a ese lugar más que a cualquier otro. Además, no era muy amante de la ciudad con todo su ruido y prisas. Sin duda, era un viejo muy simpático y amable. Se ofreció a mostrarle a Arthur la mansión de sus amos pero éste lo persuadió de no hacerlo. Le gustaba hacer ese tipo de trabajos solo y en silencio. Prometió en todo caso tomarse un café con él en cuanto terminara arriba y, si no le molestaba, le haría unas preguntas referentes a las reformas que se habían llevado en la mansión mientras él trabaja para los Liebher.El anciano se mostró complacido en responder cualquier pregunta y se ofreció a cuidarle el carro a Arthur, ya que a partir de ahí el camino estaba tan invadido por plantas y por flores que, más por insinuación del viejo que por voluntad suya, daba pena pasarles unas llantas por encima. Así pues, Arthur subió hacia la cima caminando.

   Cuando llegó a lo alto de la colina y vio la mansión quedó totalmente impresionado. Había visto los planos y algunas fotos en internet, las cuales se preocupaban más en mostrar los ilustres personajes que posaban junto a los Liebher que a la propiedad en sí. Tomó algunas fotografías y no podía enfocar nada más que no fuera esa imponente construcción que se plantaba delante de él. No le prestó atención al gran árbol que estaba a su lado o al bosquecito que se iniciaba cerca. Después de haber capturado la fachada desde todos los ángulos posibles, se decidió a entrar.No recordaba los años que aquella mansión llevaba abandonada pero a él le pareció que habían pasado dos siglos desde el último baile o cena conmemorativa que se celebró en el comedor o en el salón principal. El interior estaba a oscuras con sábanas por todas partes cubriendo los objetos valiosos y los muebles. Encendió algunas luces, abrió las cortinas y se dedicó entonces a analizar palmo a palmo la propiedad.


Detrás del bosque


   Arthur tenía veintiséis años en aquél entonces. Era arquitecto y durante sus estudios universitarios había tomado muchos cursos de arte. Así pues, era la persona adecuada para ir a visitar la antigua propiedad de la familia Liebher, aquellos nobles ciudadanos alemanes que se habían asentado en nuestra ciudad huyendo de las garras de Hitler y que por medio de sus donaciones y obras de caridad durante muchos años, ayudaron a limpiar la imagen que todos teníamos de sus compatriotas. Después de felices años viviendo en esa hermosa mansión situada en una colina a las afueras de la ciudad, después de envejecer allí y de ver a sus primeros nietos desfilar por los pasillos y múltiples habitaciones adornadas con muebles europeos y reliquias de los imperios caídos, decidieron que, restituida ya la tranquilidad en su patria, regresarían a morir allí. 

   Ninguno de sus hijos se interesó en vivir en la mansión, aunque si vivían en la ciudad, y decidieron venderla en cuanto sus padres murieron y los testamentos fueron leídos. No solo querían venderla sino que también estaban interesados en buscar buenos precios para todas las cosas que se encontraban dentro de ésta, que incluso podrían valer más que la propiedad en sí. Por esto, Arthur era la persona indicada. Se encargaría de las restauraciones necesarias, evaluaría el estado de las reliquias y trataría de encontrar unos compradores justos entre su lista de contactos.

   Los hijos de los Liebher no estaban para nada interesados en acompañar a Arthur a hacer una visita inicial, le confiaron las llaves y le dijeron que bien podría empezar cuando quisiera, botar lo que considerara de poco uso y sentirse con autonomía suficiente para tomar decisiones. Ellos se encargarían de firmar papeles, girar cheques o cualquier otra cosa de ese tipo. Confiaban ciegamente en la persona que lo había recomendado, y por ende, confiaban en él.

   Arthur salió hacia la mansión de la colina un sábado soleado de Septiembre. Llevaba en su carro una cámara fotográfica profesional, un computador portátil, los planos de la construcción, un juego de llaves, una libreta de apuntes, un cuaderno de dibujo, sánduches y agua. No pretendía pasar todo el día allá pero sabía que no sería algo de un par de horas. De ser necesario iría de nuevo al otro día. Le gustaba trabajar con buena luz.

   Escogió una ruta que no pasara por el centro de la ciudad, puso un CD compilatorio de jazz y arrancó sin prisa su descapotable. Conducía alegremente con unos lentes oscuros. Cuando se detuvo en un semáforo y detalló su aspecto en la ventana de alguna tienda se dio de cuenta que asemejaba al gigoló de alguna película norteamericana. Se carcajeó mientras el semáforo cambiaba de color y los autos detrás de él le pitaban para que se espabilara. Sin duda, estaba convencido que ese sería un buen día. Después de realizar la visita pasaría por su restaurante favorito y llamaría a algunos amigos por si se animaban a tomarse algunas copas. No era muy optimista pues éstos, a diferencia de él, no eran solteros, y por tanto, normalmente pasaban sus sábados en alguna salida aburrida con las amigas de su novia, cenando con la familia de ésta o en un cine atestado de melosería viendo la última comedia floja romanticona de la temporada. Él sabía que era así pues había estado tres años en una relación y a punto de casarse. Pero en ese momento era soltero, y bebería con ellos o sin ellos.


lunes, 18 de agosto de 2014

Otra vez (Parte I)


   Detrás de ti estaba yo. Observándote y pensando que no podía perder la oportunidad de hablarte. Desde el momento que te vi pasar a mi lado en la cafetería sentí una fuerza sobrenatural que halaba mi pecho hacia tu espalda y mis labios hacia tu cuello. Llevaba mucho tiempo trabajando allí y nunca te había visto, no éramos muchos, no era difícil conocer a todos. Así que asumí que eras nuevo o estabas de visita, y creí, como recordamos días después entre risas, que resolver esa duda era la mejor excusa para hablarte. Pero cuando te tuve en frente y mis labios empezaron a articular las palabras que el cerebro le había ordenado, quedé tan sorprendido como tú. 

-Hola Fabián -te dije sin saber de donde diablos había sacado mi cerebro ese nombre.
-Hola -contestaste con una sonrisa cortés- ¿Nos conocemos?

   Tus ojos mostraban una curiosidad muy tierna. Como si esperaras que fuéramos unos antiguos conocidos de la infancia o primos que habíamos dejado de vernos por esas cosas del destino. Tus ojos estaban dispuestos al reencuentro. Ya con tu café en las manos, esperaste que sirvieran el mío y como si no te importara el tiempo ni las obligaciones que tal vez tendrías me invitaste a sentarnos en la mesa más expuesta al sol. Yo accedí, como accedería a todas tus propuestas a partir de ese momento. 

-Ahora sí, dime, ¿de dónde nos conocemos? Francamente no recuerdo.
-Yo tampoco. -reímos espontáneamente- Se me vino ese nombre a la cabeza y parece que acerté ¿no?.
-Sí, en efecto, así me llamo. ¿Y cuál es tu nombre?
-Te tocará adivinarlo, para ser justos. -reímos de nuevo, pero no te contesté ni volviste a preguntar. 
-¿Eres nuevo? ¿No te había visto por estos lados? -proseguí. 
-No. No trabajo acá. Pero mi compañera de apartamento sí, y pues, boté mis llaves así que vine a que ella me prestara las suyas. Me dijo que la esperara acá. 
-Entiendo. Pensé que iba a tener el placer de verte más a menudo. 

   Al decir eso me regalaste una sonrisa que todavía guardo en la parte más accesible de mi memoria y que miro cada vez que no te tengo a mi lado. Pero en ese momento, al decirte eso, sentí como mi cara hervía de pena y tuve que bajar la mirada, concentrarme en mi café para evitar que vieras mis ojos avergonzados. Tú, con la generosidad que siempre te ha caracterizado, saliste a mi rescate. 

-Puedes verme más a menudo -mi bochorno iba en aumento, pero saqué fuerzas de aquella sonrisa de hacía dos segundos y respondí.
-¿Ah sí? ¿Qué tan a menudo?
-Cada día. Cada día -repetiste sin despegar tu mirada de mis ojos. 

   Mi pena se convirtió en rabia al pensar que te estabas burlando de mí con esa respuesta. Pero me regalaste otra vez aquella sonrisa mientras agarrabas mis manos. 

-Todos los días. Cada vez que despiertes. 

   Y después de decir eso, después de imaginarte cada mañana despertando al lado mío, dijiste lentamente mi nombre mientras un rayo de preocupación descongelaba tu sonrisa, apartaba tus manos de las mías y llevaba tu mirada sin remedio hacia tu café.


domingo, 3 de agosto de 2014

Hombre enamorado reclinado


   No sé, ni quiero saber, cuánto durará esto. Sólo sé que nunca me había sentido tan bien, hermoso. No creí que era posible encontrar a alguien tan perfecto. Pensaba que tendría que conformarme como hace la gente, con lo que me tocara, e intentaría adaptarme y ser feliz con eso. Pero, ya lo ves, es posible. Es posible levantarme todas las mañanas y sentirme la persona más afortunada del universo pues tengo en mi pensamiento a alguien como tú.

   No importa por ahora lo que nos depare el futuro. O tal vez si importe pero no puedo vislumbrarlo pues estoy cegado en este presente. Estoy cegado con tu luz mágica que me impide mirar algo diferente a tus ojos, tu alma. Tu luz recorre mi cara y baja hasta mi pecho. Yace ahí, late ahí, junto a mi corazón y mis alegrías. Tu luz amorosa cubre mi cuerpo y lo transporta hacia un lugar donde no entra tristeza.

   ¿Sabes a qué sabe la felicidad? Sabe a ti. Es líquida, es sólida, está en todo tu cuerpo y en todas las formas. Eres mi fuente de felicidad. Tu amor es mi felicidad, y tus ojos, y tus labios, y tu sonrisa diáfana y hermosa, y tu olor, tu cuello, tu vientre, tus piernas, tus manos, tus dedos, tu alma, tú. ¿Te merezco? No sé, pero me aprovecharé de ese equívoco amoroso del universo. Tú te mereces todo. Todo.