domingo, 9 de enero de 2011

Ich bin kein Jude 6


   Era increíble la magia de vivir todo aquello, la guerra no había pasado por nuestras casas, se mantenían intactas. En la de mis padres todo estaba igual, al huir sólo llevaron ropa y algunas fotografías, todo lo demás estaba a nuestro alcance, esperándonos pacientemente. Nuestra casa no había sido saqueada y, diez años después de que mis padres la abandonaran, el polvo no se había molestado en caer sobre nuestro piso. Rudolph y yo estuvimos amándonos en una y otra hasta que finalmente nos decidimos por vivir en la casa de mis padres, era una forma de rendirles homenaje y decirles que, tal y como había pasado con los muebles, yo seguía allí, nunca había salido y no tenía pensado hacerlo. 

   Nuestro amor fue más lindo después de la guerra. Éramos una sola persona que tenía la dicha de tener dos jóvenes y hermosos cuerpos. Rudolph trabajaba como supervisor en una fábrica americana y yo no hacía nada, no tenía por qué, ya había hecho mi parte. Vivía cómodamente con el dinero que Rolph me enviaba desde América, sus negocios marchaban bien y yo le hacía compañía cada dos o tres meses. Su pasión y amor hacia mí no cambiaron con los años. Hace pocos meses murió dejándome todo cuanto tenía, tanto material como espiritualmente. Es bastante conmovedor cuando al evaluar la vida de una persona que acaba de morir te das cuenta que vivió para amarte. Llegué a sentirme muy mal por no haberle amado de la misma forma que él a mí. Lo amé, sin duda, a mi manera, y en su memoria escribo éste relato, no por querer que todos sepan lo que viví sino para recordarme, a pesar de todo, lo dichoso, agradecido y enamorado que estoy ahora, y lo feliz que fui con él.

   Todo es muy simple, cada vez que Rudolph tiene tiempo salimos a recorrer la ciudad, no cómo hacen los otros que no dejaban de ver el pasado en los edificios, los puentes y la cara de los ancianos, nosotros solamente vemos el reflejo de nuestro gran amor, después llegamos a casa, comemos cualquier cosa y nos amamos intensamente hasta la madrugada. Rudolph es apasionado, brusco y tierno, todo al mismo tiempo, podemos pasar horas enteras besándonos, queriendo recuperar todo el tiempo que nos quitaron. Por cierto tiempo traté de convencerlo para que renunciara a su trabajo, viviéramos de mi dinero y nos dedicáramos a viajar por el mundo, me refiero a occidente, pero me fue imposible, él no quiere disfrutar de ese dinero, sigue siendo un moralista. Aún así somos los hombres más felices de este lado de Berlín.

   Hoy, nuestra ciudad se encuentra dividida por una gran barrera de odio, tal como todo el planeta. Todos huyen de todos. Sólo un pequeño grupo de sabios huyen de ellos mismos, tal y como debe ser. Vivimos en un mundo a punto de explotar. Por todas partes se vocifera lo inminente de otra gran guerra, muchos creen que la definitiva, quien gane controlará el mundo por siempre, o al menos lo que quede de éste. Con Rudolph ya tenemos un plan: en cuanto empiece la nueva guerra nos suicidaremos o huiremos a la luna, no estamos dispuestos a separarnos de nuevo o recibir de los cielos un regalo atómico, y mucho menos a ver como la ciudad presencia otra embestida del Ejército Rojo. Pase lo que pase vamos a estar juntos.
   Algunas veces camino al rededor del muro, lo miro fijamente y le cuento muchas historias del día a día de la ciudad, de los lugares por donde no pasa. Es nuestro huésped. A veces quisiera estar al otro lado, recorrer esa parte de la ciudad y contarle historias de allá. El muro es distinto a los espejos que me atormentan, los espejos me dicen culpable mientras que el muro no habla, sólo escucha pacientemente, obedece. En ciertos aspectos me identifico con él pues hace parte de un mundo de odios, inocentemente ha hecho daño y causado heridas en su intento de supervivencia, además, hace de la sumisión y la obediencia un estilo de vida. Gracias al odio, está separado de su amor, la Tierra. Pero él espera, y yo también, que dentro de poco sea derribado, para que así pueda reencontrarse con su amor y ser feliz, tal como yo lo soy. 


viernes, 7 de enero de 2011

Ich bin kein Jude 5


   Un golpe y un fuerte abrazo fue lo que recibí de Rolph. Fue demasiado rápido, así que lo único que sentí fue un abrazo intenso y amoroso. Esa noche me hizo prometer que nunca lo abandonaría y no volvería a salir sin compañía, si mis padres querían verme tendrían que ir hasta nuestra casa, y por nada del mundo volvería a ver a Rudolph, o él mismo se encargaría de llevarlo hasta Auschwitz. Yo sólo asentí al escuchar esas nuevas reglas. Lo mejor hubiese sido tratar de querer a Rolph cada día más, llegar incluso a enamorarme de él y vivir sin ningún tipo de complicaciones. Lastimosamente el corazón no es tan complaciente, lo único que logré fue seguir amando intensamente a Rudolph, aunque no pudiera saber de él.
   
   Después de varios meses de una vida vergonzante, la desesperación se apoderó de mí. Mis padres, a quienes no había vuelto a ver, huyeron a Inglaterra en cuanto tuvieron oportunidad. Los aliados cada vez estaban más cerca y no sabía absolutamente nada de Rudolph. Algunos dirigentes nazis habían empezado a huir desde la resurrección rusa en Stalingrado, otros habían sido más optimistas, pero después del desembarco en Normandía, sabíamos que todo había acabado. Incluso con todo esto a mi favor no fue fácil convencer a Rolph. Era mucho más importante y poderoso que cuando se montó a un autobús a salvarme la vida, así que estaba mucho más comprometido con la causa hitleriana, pero ni el idealista más radical puede mantenerse firme delante del amor. Huimos hacia Brazil, en América. Mientras Estados Unidos ayudaba a los europeos, los americanos nos ayudaban a nosotros, es increíble la cantidad de nazis que lograron escapar de la furia aliada.

   Vivimos varios años en Brazil. Las cosas no fueron tan sencillas como yo pensaba, cada vez que me llamaban por el nombre que tuve que adoptar recordaba a mis padres y a Rudolph, no sé cómo pude resistir todo eso. Rolph hacía lo posible por regalarme momentos felices y trataba de convencerme de que empezáramos una nueva vida. ¿Cómo puedes vivir cuando tu corazón está tan lejos? ¿Cómo puedes vivir cuando no sabes en dónde está tu corazón? Simplemente no podía siquiera intentarlo, por lo que una noche después de mucho meditarlo me aventuré.

-Rolph -le dije mientras acariciaba su cabeza, la cual yacía sobre si mi pecho desnudo.
-Dime -tomó mi mano libre y beso suavemente su palma.
-He hecho de todo por ti. Me has dado todo lo humanamente posible, me has dado amor y yo, no sé, creo que también te amo, pero no soy feliz. Necesito mi país, necesito mi pasado. No sé nada de mis padres ni de Rudolph -mi voz empezó a bajar de tono, era casi un quejido.
-Entiendo todo, puedes irte a buscarlos en cuanto quieras, me has hecho feliz como nada en este mundo, creo que tienes derecho a serlo tú también. Yo no puedo acompañarte por más que quiera, no por ahora -hizo una larga y prudente pausa- ¿Volveré a verte?
-Seguramente. No estoy muy convencido de encontrar cosas buenas al otro lado. No sé si pueda contar con el perdón y cariño de mis padres o con que Rudolph esté vivo. En estos momentos eres lo único que tengo.

   Cinco días después de eso ya me encontraba en Londres. No me quedaron ganas de volver allí. Los espejos de aquella ciudad tenían algo particular, eran demasiado realistas. En Brazil no tenía problemas con ellos, veía lo que quería ver, sin más. En Londres, y luego en toda Europa, la cosa era distinta, los espejos me mostraban demacrado, cansado y con un rostro horrorizado, no por todo lo que vi o lo que viví, sino por lo que dejé de ver o sentir. Se me hacía estúpido todo aquello, así que empecé a evitarlos a toda costa, no merecía tal castigo simplemente por haberla pasado de maravilla mientras el mundo se destruía. Me fue imposible encontrar a mis padres, no había rastro de ellos, llegué a pensar que se habían cambiado los nombres para evitar tener algún parentesco conmigo, sin saber que yo había hecho lo mismo para protegerme en América. Nuestra familia había dejado de existir.

   Con Rudolph todo fue distinto, él simplemente había borrado todos aquellos horrores que tuvo que vivir. Había deseado con tanta fuerza la llegada de los aliados que quedó petrificado al ver los abusos cometidos por los rusos. Sus violaciones iban en todos los sentidos, fueron muchas las mujeres que no pudieron soportar tal cosa y terminaron suicidándose. Aquellos ciudadanos alemanes de bien fueron quienes pagaron los pecados de los que huimos. Tuvieron que soportar humillaciones y ser testigos presentes de la repartición desmedida del mundo entre rusos y americanos. Encontré a Rudolph sin mucho esfuerzo, estaba en la casa de sus padres, tan solo como siempre. Cuando llegué no se sorprendió, me invitó a pasar y dijo que estaba esperándome. Le creí.