Ese mismo viernes, después de terminar el encuentro con el investigador, me dirigí a la casa de Kit: una modesta construcción situada en uno de los barrios más elegantes de la ciudad. Años atrás aquellas casas habían sido destinadas para uso exclusivo de los miembros de la ONU y otros organismos internacionales que tanto abundaban en la Alemania occidental, en la ya lejana época del muro.
Ya ni siquiera tenía que cargar ropa, en su casa tenía suficiente como para refugiarme durante otra guerra.
Me estaba esperando con una gran sonrisa, expresión no muy habitual, además,
no había razón alguna para estar demasiado feliz de verme. Cuando hablamos por
teléfono noté cierto entusiasmo en su voz e incluso dijo que me tenía una
sorpresa, pero no pensé que fuese para tanto, su mano derecha sostenía dos
tiquetes de tren con destino a Potsdam. Ella sabía que no me gustaban mucho
los viajes por tierra, ni la idea de ser turista, así que antes de que yo pudiese
comentar algo en contra del
viaje, demasiado planeado y calculado que estábamos a punto de emprender, me
aclaró que no pensaba llevarme a visitar el ya bastante visitado Palacio de
Sanssouci ni nada por el estilo, simplemente había alquilado una cabaña en
cercanías de un lago, quería nadar y tener sexo todo ese fin de semana. Acepté
de inmediato.
Nunca había sido idiota, y en ese momento no alcancé a experimentar lo
que se siente ser uno, sabía perfectamente que algo no encajaba bien, ese tipo
de planes no eran algo típico en ella. Está perdidamente enamorada y ya ha
comenzado a hacer tonterías o necesita que nos alejemos de la ciudad por algún
extraño motivo, pensé. No me salió muy caro, económicamente hablando, darme
cuenta que la segunda opción era la correcta. Durante ese fin de semana, mientras,
efectivamente, teníamos sexo y nadábamos desnudos en un lago casi desierto, el
investigador se encontraba vigilando de día y de noche la casa de Kit. No había
mucho que perder, era barato.
Llegamos a Berlín a eso de las 19 del domingo, estábamos bastante
cansados y arrepentidos por haber despreciado de manera tan abierta al Dios
Sol y haber paseado desnudos bajo él sin aplicarnos una gota de protector,
nuestras quemaduras eran un pequeño castigo por todos los pecados que cometimos
frente a su ardiente mirada. Kit insistió en que el taxi pasara primero por mi
casa, por supuesto era la ruta más conveniente desde la estación, pero una
mujer normal no actúa de esa forma, una mujer normal hubiese esperado que yo la
acompañara a su casa. Pensé que tal vez pasamos mucho tiempo juntos durante ese
fin de semana y ella necesitaba su propio espacio, yo no era la más grata de las
compañías, para ella, un quejetas de primera.
El informe del investigador no fue largo,
ni siquiera tuvo que escribirlo, simplemente me dijo: "En cuanto partieron
llegó un coche, tres hombres se bajaron, entraron en la casa y no salieron
hasta varias horas antes de vuestro retorno". No quedaba duda, Kit me
había llevado fuera de la ciudad porque necesitaba la casa para esconder a un
hombre, el mismo al que había visitado aquél viernes. Las palabras del
investigador no me sorprendieron mucho, me hubiese sorprendido más el saber que
no hubiese pasado nada raro. Si Kit estaba prestando su propia casa para
esconder a alguien era porque éste significaba mucho para ella, en ese momento
llegué a estar bastante celoso e indignado, aún así, lo que me intrigaba era
saber el por qué ese hombre estaba escondiéndose. En esos momentos una
efímera hipótesis pasó por mi cabeza y se quedó impregnada en ella, haciéndose
menos efímera a medida que pasaban los días: Kit había hecho algo en contra
del gobierno de los Estados Unidos. Al menos tenemos otra cosa en común, pensé.