jueves, 28 de enero de 2010

Charles D.D 4


   Ese mismo viernes, después de terminar el encuentro con el investigador, me dirigí a la casa de Kit: una modesta construcción situada en uno de los barrios más elegantes de la ciudad. Años atrás aquellas casas habían sido destinadas para uso exclusivo de los miembros de la ONU y otros organismos internacionales que tanto abundaban en la Alemania occidental, en la ya lejana época del muro. 
Ya ni siquiera tenía que cargar ropa, en su casa tenía suficiente como para refugiarme durante otra guerra. 

   Me estaba esperando con una gran sonrisa, expresión no muy habitual, además, no había razón alguna para estar demasiado feliz de verme. Cuando hablamos por teléfono noté cierto entusiasmo en su voz e incluso dijo que me tenía una sorpresa, pero no pensé que fuese para tanto, su mano derecha sostenía dos tiquetes de tren con destino a Potsdam. Ella sabía que no me gustaban mucho los viajes por tierra, ni la idea de ser turista, así que antes de que yo pudiese comentar algo  en contra del viaje, demasiado planeado y calculado que estábamos a punto de emprender, me aclaró que no pensaba llevarme a visitar el ya bastante visitado Palacio de Sanssouci ni nada por el estilo, simplemente había alquilado una cabaña en cercanías de un lago, quería nadar y tener sexo todo ese fin de semana. Acepté de inmediato.

   Nunca había sido idiota, y en ese momento no alcancé a experimentar lo que se siente ser uno, sabía perfectamente que algo no encajaba bien, ese tipo de planes no eran algo típico en ella. Está perdidamente enamorada y ya ha comenzado a hacer tonterías o necesita que nos alejemos de la ciudad por algún extraño motivo, pensé. No me salió muy caro, económicamente hablando, darme cuenta que la segunda opción era la correcta. Durante ese fin de semana, mientras, efectivamente, teníamos sexo y nadábamos desnudos en un lago casi desierto, el investigador se encontraba vigilando de día y de noche la casa de Kit. No había mucho que perder, era barato.

   Llegamos a Berlín a eso de las 19 del domingo, estábamos bastante cansados y arrepentidos por haber despreciado de manera tan abierta al Dios Sol y haber paseado desnudos bajo él sin aplicarnos una gota de protector, nuestras quemaduras eran un pequeño castigo por todos los pecados que cometimos frente a su ardiente mirada. Kit insistió en que el taxi pasara primero por mi casa, por supuesto era la ruta más conveniente desde la estación, pero una mujer normal no actúa de esa forma, una mujer normal hubiese esperado que yo la acompañara a su casa. Pensé que tal vez pasamos mucho tiempo juntos durante ese fin de semana y ella necesitaba su propio espacio, yo no era la más grata de las compañías, para ella, un quejetas de primera.

   El informe del investigador no fue largo, ni siquiera tuvo que escribirlo, simplemente me dijo: "En cuanto partieron llegó un coche, tres hombres se bajaron, entraron en la casa y no salieron hasta varias horas antes de vuestro retorno". No quedaba duda, Kit me había llevado fuera de la ciudad porque necesitaba la casa para esconder a un hombre, el mismo al que había visitado aquél viernes. Las palabras del investigador no me sorprendieron mucho, me hubiese sorprendido más el saber que no hubiese pasado nada raro. Si Kit estaba prestando su propia casa para esconder a alguien era porque éste significaba mucho para ella, en ese momento llegué a estar bastante celoso e indignado, aún así, lo que me intrigaba era saber el por qué ese hombre estaba escondiéndose. En esos momentos una efímera hipótesis pasó por mi cabeza y se quedó impregnada en ella, haciéndose menos efímera a medida que pasaban los días: Kit había hecho algo en contra del gobierno de los Estados Unidos. Al menos tenemos otra cosa en común, pensé. 


lunes, 18 de enero de 2010

Charles D.D 3


   Kit no sólo no me dijo toda la verdad sobre su pasado sino que también me estaba ocultando algo de su presente, lo sentía en los huesos, así que me dirigí al encargado de seguridad del edificio en el que entonces yo vivía. El lugar era una estructura antigua situada en todo el corazón de la ciudad. Tiempo atrás había pertenecido a alguna dependencia del gobierno y aún en el sótano reposaban cajas repletas de papeles oficiales que algún funcionario descuidado o malintencionado olvidó recoger o destruir. 
Rolph era bastante gentil, así que no me quedó difícil entablar una fraternal camaradería con él. Era el único en todo el edificio que sabía exactamente las razones por las cuales yo estaba en el país, es más, era uno de los pocos que notaba que no era europeo. ¡Y vaya que no es fácil! Mis abuelos maternos eran suecos y yo había heredado muchos de sus rasgos. 


   Conversar con él resultaba relajador, era como hablar con alguno de mis compañeros universitarios, me refiero a los alemanes, podía contarle de mis encuentros sexuales con Kit e incluso pedirle consejos, puedo decir que es el único amigo que me queda en Europa. Pero aquella vez, cuando le pregunté si conocía a un detective privado, llegué incluso a desconocerlo. Su nariz se ensanchó y sus ojos se abrieron como grandes platos, en sólo un segundo vi una oscura historia a través de ellos. No dudó en sacar de su billetera una tarjeta un poco improvisada con un par de números telefónicos,  al dármela, su expresión volvió a ser la de siempre y sus ojos dejaron de proyectar esas horrendas escenas que en algún momento habían presenciado. Nunca me preguntó para qué quería un investigador, seguramente ya sabía todo.

   Al día siguiente concerté una cita con el investigador, me sorprendió muchísimo lo joven que era, incluso llegué a preguntarme como podía estar metido en algo así, pero inmediatamente recordé quién era yo y qué estaba haciendo, así que preferí ahorrarme reflexiones. Le dije sin perder tiempo lo que quería que hiciera: seguir a Kit a todas partes, anotar la dirección de los lugares que frecuentaba y tener un registro fotográfico de situaciones que él estimara poco comunes, por no decir sospechosas. Dado que nos la pasábamos juntos durante el fin de semana y la mayoría de las noches en semana, le di orden de vigilarla solamente durante cinco días y en un horario estricto de 8 a 17. Lastimosamente su trabajo no terminó después de eso, fue solamente el principio de una larga y penosa tragedia.

   Pensarán que en esa época yo era un bueno para nada, pues no hago más que contarles un montón de cosas que no van, o no deberían ir, en el diario vivir de un estudiante universitario. Pues Se equivocan, me iba demasiado bien en los estudios, dedicaba ocho horas al día a mis deberes y era uno de los primeros en la clase, sin duda, uno de los más responsables y creativos. Mis ensayos y escritos siempre contaban con la aprobación del profesor y de casi todos mis compañeros, esto debido a que realmente sentía, y siento, pasión por la literatura, y desde muy niño me ha gustado escribir. Nunca nadie me obligó a estudiar, no tenía ni padres ni padrinos que me obligaran, además, el dinero que tenía era suficiente para complacer todas mis necesidades y caprichos, así que no tenía que preocuparme por nada más. Definitivamente, era cualquier cosa menos un mal estudiante.

   El informe que me dio el investigador señalaba que durante los días de observación, Kit abandonó su casa a eso de las 7:25 y se dirigió directamente a la clínica. El lunes y el miércoles salió de la clínica a las 13:30 para ir la biblioteca donde nos habíamos conocido, donde se dedicó a escribir y leer sin distracción en su computadora portátil. El martes y el jueves abandonó la clínica a las 10:15, yendo hacia el conservatorio, saliendo de allí a las 13:30 para ir a la biblioteca. Por último, el viernes, salió de la clínica a eso de las 12, se dirigió al supermercado y luego a unas pocas cuadras de mi edificio, entrando a una casa. El investigador, a pesar de que su contrato terminaba a las 5 de la tarde de ese día, decidió quedarse a las afueras sólo para anotar la hora exacta de su salida: 19:56. Hay que aclarar que no me cobró horas extras.



domingo, 17 de enero de 2010

Charles D.D 2



   Nos conocimos en la biblioteca. Ella estaba demasiado entretenida mirándome la cara como para enterarse que yo, muy cuidadosamente y gracias a los ventanales, le miraba las piernas, era evidentemente dos veces mayor. Para esa época, a pesar de ser un adicto al sexo, por diversión, compasión o venganza, nunca había tenido la oportunidad de hacerlo por amor, y no por gusto sino por falta de oportunidad. Después de unos minutos rompí mi disimulada concentración para recoger mis libros, me acerqué a su mesa y la besé.

   Era realmente hermosa. Su cabello era bastante corto y de un rubio intenso, aunque no tanto como el brillo de sus ojos hostigadores y austeros, capaces de descubrir cada uno de tus pensamientos por un simple gesto. Las conversaciones con ella llegaban a veces a ser intimidantes, siempre sabía cuando le estaba mintiendo o le fingía, además, podía detectar mi preocupación con sólo ver una pequeña arruga imperceptible que me salía de vez en cuando en la frente. Me descifraba en un segundo, sólo me sentía tranquilo conversándole cuando acabábamos de tener sexo, en esos momentos su cabeza se apoyaba en mi pecho y mi cara quedaba fuera del alcance de ese radar incesante que tenía por ojos.

   Su nombre era Kitina Stanbolmnov, de cariño le decía Kit, tenía una larga lista de títulos académicos cuyos nombres eran tan raros y complicados como su apellido. Básicamente era una medico experta en terapias para la rehabilitación del movimiento facial. Además, sabía todo sobre el manejo de resonadores faciales, lo que le facilitaba poder trabajar no solo con personas enfermas sino también con jóvenes, aspirantes a cantantes o a actores, en un conservatorio que visitaba constantemente. Sus títulos le servían de mucho pero realmente había nacido con la capacidad de leer el rostro, y con esto descubrir tus miedos y secretos. Yo tenía métodos menos ortodoxos para hacer eso.

   Era rusa de corazón ardiente, de eso no tengo ninguna duda, en la cama era absolu-tamente maravillosa. Yo alardeaba con muchos compañeros alemanes de lo mucho que sabía de sexo por ser de occidente pero, con ella, quedaba totalmente rezagado, la cama era uno de los lugares donde quedaba demostrado que tenía 18 años más que yo. No quiero excitarlos con nuestros fantásticos encuentros sexuales, quiero guiarlos hacia el fondo del asunto, o sea, el por qué tuve que seguirla y cómo terminé en un problema tan grande, dándole la estúpida razón a centenares nobles ciudadanos americanos que simplemente me catalogaban como un peligro para el orden de cualquier sociedad medianamente civilizada.

   Todo lo malo comenzó cuando me contó los motivos de su exilio en Alemania. Sus padres, obviamente, habían sido comunistas, colaboradores del régimen soviético, o al menos de una parte de éste, y, antes de la caída del muro, aparecieron muchos enemigos, unos públicos y otros no tanto, que se convirtieron en una amenaza para la integridad de la familia. Sus padres fueron asesinados y ella fue trasladada rápidamente a un internado de la Alemania Oriental por iniciativa de algunos amigos cercanos de su padre, lo raro, y que en ese entonces no me cabía en la cabeza, era como después de la unificación alemana ella hubiese terminado trabajando para el gobierno americano, llegando a convertirse en una de sus protegidos.

   Su trabajo consistía en hacer interrogatorio a ciudadanos que eran considerados enemigos del nuevo orden establecido, o sea, seguían sin apoyar al triunfante capitalismo, eran sospechosos de querer boicotear la exitosa unificación, etc. Nunca dejó de arrepentirse de lo que le tocaba hacer en ese entonces, actuaba más que todo como un polígrafo, algo monótono y aburrido, pero después de que gracias a uno de sus informes, uno de esos sospechosos fuera abaleado al frente de su casa, las cosas cambiaron radicalmente para ella. Al poco tiempo de ese incidente, renunció y decidió empezar sus estudios de medicina. Era joven y desorientada, lo que la llevó a cometer graves errores antes de  finalizar su trabajo con mis compatriotas, los cuales salieron a flote mientras yo la investigaba, dejándome realmente anonadado.


sábado, 16 de enero de 2010

Charles D.D


   Como parecía imposible que me confesara toda la verdad sobre su pasado decidí entonces seguirla. Aunque tenía pocas semanas en Berlín y estaba allí principalmente por asuntos académicos, pretendía cursar un año de intercambio en la Facultad de Letras de una importante universidad alemana y aprovechar la estadía para investigar sobre los mitos eslavos, ya tenía suficiente información a la fecha de donde poder conseguir armas, pasaportes falsos o uno que otro matón a sueldo. Estaba solo en un mundo bastante lejano al mío, no tenía a quien recurrir ni en quien confiar, por eso me interesaba saber con quién estaba manteniendo relaciones sexuales.


   Tenía solamente 20 años y, a pesar de mi corta edad, ya contaba con un buen expediente de infracciones a la leyes estadounidenses que iban de obstrucción a la justicia a sedición, es más, semanas antes de dejar América tuve que pagar cincuenta horas de trabajo comunitario y una cara fianza por haber guardado información, según ellos importante, en un juicio por contrabando y tráfico de armas. El juez, obviamente, no se tragó mi versión de los hechos, a pesar de mostrarle varios moretones que me quedaban de una golpiza hecha por unos desgraciados que me sorprendieron espiándoles.  Según mi abogado, si no aceptaba esos términos me abrirían un expediente por complicidad y yo, francamente, no quería seguir engrosando mi prontuario.

   Me gustaba pasear por rincones oscuros para espiar a todo tipo de delincuentes, de dónde sacaba algunas de las historias que publicaba en un importante diario virtual del cual era uno de sus mejores columnistas. A la gente le fascina ese tipo de historias, se creen más inteligentes que los protagonistas y se burlan del montón de errores que estos cometen al realizar sus delitos. Nadie nunca imaginó que esas historias tuviesen algún componente real, y desde que se enteraron de su total veracidad y mi inigualable osadía, los llamados de los juzgados, los cuales ignoré en varias ocasiones, no se hicieron esperar. Esas historias, junto a las ácidas críticas que hacía públicamente con otros columnistas sobre la manera en que el gobierno, aliado con países y empresarios de dudosa ética, intervenía indiscriminadamente en los asuntos de ciertos países, me habían acarreado más de un problema, no por mis comentarios sino por lo raro que es para muchos ver a un niño rico preocupado por este tipo de cosas. Hasta de comunista, tampoco es muy difícil ganarse este calificativo en mi país,  me tildaron.

   Debido a todos estos problemas la gente de la alta sociedad, a la cual no muy orgullosamente pertenecía, se me había retirado sin recurrir ni siquiera a la hipocresía. A pesar de mi herencia y de la larga trayectoria que tenía mi familia en la aristocracia del Estado de New York, se me prohibió la entrada al Club. ¡Qué raro!, pensé, los más importantes socios eran los principales estafadores del país, banqueros, pero a mí me tiraban a la hoguera por uno que otro delito. Todo joven a esa edad ha tenido problemas con la justicia: drogas, borracheras, armas e incluso exhibicionismo. ¿Acaso hay gran diferencia entre emborracharse mientras conduces y negarse a declarar en un juzgado? Fueron momentos difíciles que me convencieron, finalmente, a abandonar el país después de la condena, no para exiliarme sino para tratar de poner las cosas en orden.


jueves, 14 de enero de 2010

Stevan


   Ella me aceptó tal y como era. Me aceptó incluso después de confesarle todas las cosas malas que hacía noche tras noche guiado por el más bajo de los deseos. No me había atrevido a decirle nada por miedo a ser rechazado, tal y como yo mismo me rechazaba, no quería ser castigado, ya tenía suficiente con mi conciencia ,la cual me torturaba todas las noches impidiéndome dormir y tener pensamientos pacíficos.

   Lloró sobre mi hombro aunque a mí no se me saliera ni una lágrima. Las suyas eran más frías que las que yo derramaba al llegar a casa después de una noche de placer descontrolado, después de verme solo e insatisfecho. No lloré porque sentí que era hora de pasarle ese amargo peso a alguien con el alma mil veces más pura que la mía, alguien que me amaba.

   Me obligó a que le contara como noche tras noche escogía a un hombre soltero de la ciudad, iba hasta sus casas y los sorprendía de tal manera que en segundos quedaban más débiles que un recién nacido. Le conté como noche tras noche calmaba mis deseos y llegaba a casa arrepentido y con ganas de más.

   Después de unos meses incumplió su promesa de comprenderme: inició a pedirme más tiempo para ella, intentaba obligarme a que me quedara todas las noches en casa, exigiéndome auto control y serenidad.

   No pude hacerlo, nunca podré hacerlo. No después de haber probado el más maravilloso de los néctares que nutren la tierra, no después de haber visto noche tras noche la cara de aquellos hombres pidiendo piedad y viéndome como un ser repugnante, asqueroso, malvado, pero siempre superior. Así que termine matándola al igual que a todos ellos. ¿Qué puedes hacer cuando matar te causa gran satisfacción, te lleva a un clímax de placer y a un orgasmo desmesurado de emociones?.

Vuelos Soñados, Sueños Volados


   No quería ser normal, no quería parecerse a ninguno de los lineales y repetitivos niños que jugaban todos los días con él, ni a los lineales y repetitivos adultos que pasaban todos los días al frente de su casa; quería volar. Así que se preguntó quién podría enseñarle. Se sintió decepcionado al darse cuenta que nadie tenía el alma tan pura y limpia como para hacerlo, al menos no de la forma en que él pretendía. Todos volaban de maneras distintas, algunos lo hacían para ir de un lugar a otro, otros para olvidar sus realidades, y los demás simplemente para evitar lo molesto y aburrido que es tener los pies sobre la tierra.

   Al despreciar totalmente la raza humana y su orgullo putrefacto por la maldad, decidió empezar de nuevo. Esa vez no iba a permitir que su cerebro diera una sola seña para continuar la búsqueda, sólo se guiaría por los latidos de su corazón, estos le marcarían el paso rítmico y certero hacia las más altas nubes, aquellas que están tan arriba que es imposible alcanzarlas con la mirada. Su corazón y su curiosidad lo llevaron al lugar perfecto: un campo habitado de pájaros tan hermosos y diversos que sólo podían caber en su imaginación.

   Dispuesto a realizar su sueño, inició rápidamente las observaciones, las suposiciones y las imitaciones. Después de algún tiempo corría como los pájaros, cantaba como los pájaros, amaba como los pájaros pero no podía volar como ellos, tal vez porque no era un pájaro, pero él jamás se dio esa respuesta. La noche en que emprendió el vuelo se encontraba dormido al lado de uno de los grandes manzanos del lugar, el viento y el sonido de las aves lo despertaron y lo invitaron a mirar el sitio donde segundos atrás se encontraba, un punto que se volvió más pequeño a medida que ascendía entre las nubes. Voló por días enteros sin descansar y sin emitir la más mínima señal de cansancio, en su corazón sólo había tranquilidad, la misma tranquilidad con la que le disparó un furtivo cazador al confundirlo con cualquier otra cosa que pudiera ser asesinada indiscriminadamente.

   Su pierna sangraba a borbotones; mientras descendía notó que estaba herido y su alma ya se había dispuesto a abandonar su pequeño cuerpo en cuanto éste tocara el piso. La camiseta se rasgó con una rama cuando atravesó el manzano en el que había estado durmiendo tiempo atrás. Al caer produjo un sonido tan hermoso que su alma quedó diluida en éste mismo. Se levantó abruptamente de la cama, estaba empapado de sudor y su corazón latía tan fuertemente que hacía que sus piernas flaquearan, logró tranquilizarse cuando comprobó que todo había sido un sueño, un espléndido y cándido sueño. Se fue alejando de la habitación dejando detrás un camino de plumas y sangre que lo habrían de seguir por siempre.

Recuerdos


   B

   Cuando el martillo partió en dos la cabeza de la sirvienta entré en shock. Era sorprendente la cantidad de sangre que brotaba. Era un río interminable, un río vivo que corría hacia las escaleras. Ni siquiera pude gritar, seguía amordazada y amarrada a mi cama. A mi propia cama, por mi propia hermana. 

   Después de que golpeara a la sirvienta, pensé que acabaría conmigo también pero, en vez de eso, inició a gritar como una loca, como alguien que se muere de miedo. Le alcancé a escuchar algo sobre la policía, la playa, nuestro padre. Me liberó, tomó mi silla de ruedas y salió cantando esa estúpida canción que la había hecho famosa de niña. Hubo mucho ruido hasta cuando el carro partió a toda velocidad, alejándose para siempre de la casa.

   Me tiré de la cama. Revisé a la sirvienta pero ya estaba muerta. No tenía ni una gota de sangre en su abultado cuerpo. Aproveché y tomé la vieja pistola que reposaba en un cajón de mi mesa de noche. Tenía que salir de allí, en algún momento mi hermana regresaría y yo no sabría qué hacer. No me quedaban dudas que quería mi dinero y se estaba valiendo de un cómplice para robarlo. No me fue nada fácil bajar esos veinte escalones, tuve que arrastrarme como el más miserable de los gusanos. Desde hacía mucho tiempo esa maldita me había prohibido hablar por teléfono, recibir visitas o cartas, así que no sabía por dónde empezar a buscar ayuda, no tenía a donde ir.
Busqué la puerta trasera. Ésta daba a la casa de mi escandalosa vecina, Miss Bates, quien se denominaba mi fan número uno cuando hacía ya muchos años que no tocaba un estudio de grabación. Cuando estaba arrastrándome hacia mi objetivo alguien entró como un huracán por la puerta delantera. Pensé que era el más vil de los demonios que venía a rescatar mi alma pero, no fue así, era algo muchísimo peor, un hombre. Se me acercó haciendo mil preguntas a la vez, ¿Dónde está la empleada? ¿Se encuentra usted bien? Imaginé que preguntaría en dónde estaba el dinero, tenía que ser sin duda el asqueroso cómplice de mi hermana. Me adelante y le apunté firmemente con la pistola, no estaba dispuesta a tolerar otro abuso.


   J


   ¡No tuve opción!


   Esa estúpida sirvienta me amenazó con llamar a la Policía y yo no podía permitir eso. Además, todo lo que decía era mentira, ¿Cómo podía yo amarrar a mi hermana a la cama? Era una sensación de indignación igual a cuando me acusaron del accidente que la dejó inválida. No podía regresar a ese horrible lugar lleno de barrotes, mujeres de la calle y estúpidos vestidos de verde. Estaba muy asustada, ¿Dónde podía ir? No demoré mucho en comprender que deberíamos ir a la playa. Siempre fui feliz en la playa, podría cantar, bailar, y todas las personas se acercarían a verme.

   Desamarré a mi hermana y le ayude a subir a la silla de ruedas. Casi nos caemos cuando tropecé con el martillo, el cual tomé y lancé debajo de la cama. No sabía qué hacer con el cuerpo de la sirvienta, así que lo deje ahí, a lo mejor se esfumaría con el tiempo. Bajamos con dificultad las escaleras, mi hermana estaba tan liviana que podría decir que sólo cargaba la silla. Nos dirigimos hacia el carro, aquel viejo y negro carro que se mantenía intacto después de veinte años, blanco, fino, culpable.

   No fue tan difícil subirla, era excesivamente liviana. Monté la silla de ruedas en la parte trasera y me acomodé al volante, arrancamos hacia la playa, conversando como no lo hacíamos desde hacía ya una eternidad.


Tom

   Ocurrían cosas muy extrañas en esa casa.


   Nos acostumbramos a llamar casa a esa mansión, pues en realidad eso era, una mansión, la más vieja y triste mansión de toda la ciudad. Tan vieja y tan triste como las hermanas que la habitaban. Sabía todo lo que ocurría allí gracias a la empleada. La pobre vivía muy preocupada por el comportamiento de la hermana menor, quien se encargaba de mala gana y a regañadientes de la otra. Esta última era quien pagaba todo y pretendía mandar a su hermana a un centro psiquiátrico. No sé si fue la invalidez o la condición de estrella venida a menos, o ambas, lo que siempre me impidió ver a Miss Blanche, la mayor. Nadie en el vecindario la había visto en años, y a juzgar por la apariencia de su hermana, Miss Jane, suponíamos que debía parecer un espanto. En sus películas aparecía hermosa, grande, prepotente, y todos preferimos guardar esa imagen. 

   Les comento todos estos detalles porque antes de darme cuenta ya estaba metido de lleno en una locura, estaba dispuesto a ayudar a la empleada, quien llevaba siete días sin ver a su ama y sin poder entrar a la casa pues Miss Jane se lo había prohibido. Así que me contó sus planes: entraría a la casa y se aseguraría de que su ama estuviera bien. Era claro que no confiaba ni en Miss Jane ni en su extraño amigo, los cuales siempre se emborrachaban a plena luz del día. Esa tarde Miss Jane había salido, era el momento que habíamos estado esperando. Mi cómplice entró a la casa mientras yo me quedé vigilando, pero en cuestión de segundos Miss Jane regresó. Todo ocurrió demasiado rápido y no pude hacer nada. 

   Cuando Miss Jane entró a la casa me acerqué a la puerta, si escuchaba algo extraño entraría a socorrer a la empleada. Escuché a alguien bajar por las escaleras así que corrí y me escondí entre los arbustos, era Miss Jane, salió con la silla de ruedas, se montó al carro y partió a toda velocidad. Entré a la casa y, cuando logré esquivar el río de sangre que bajaba por las escaleras, me encontré con lo que parecía ser un alma en pena apuntándome con una pistola. No me decía nada, solo apuntaba. Le expliqué quién era y qué quería, le dije que estaba dispuesto a ayudarla pero no parecía creerme. Sólo cuando se dio cuenta que yo seguía allí dispuesto a ayudarla a pesar de que me había disparado en una pierna, bajó el arma y me escuchó.