martes, 27 de diciembre de 2011

Dime


   Dulcísimo encanto, quiero saber si serás tan amable de acompañarme a un lugar bastante alejado de tu morada, insípidamente adornado, un poco frío, mal iluminado, sin ninguna ventaja aparente. Quiero saber si puedes venir con poco equipaje pues el camino no es sonriente, ya conseguiríamos algo más cuando la marcha se haga rítmica y natural. Dime si tienes algún inconveniente en comer de mi mismo plato, o de algún objeto que se le asemeje en forma y significado, dime si simplificarías junto a mí tal necesaria acción. Dime, amor mío, si intentarás amarme como yo a ti, si te interesa pasar el resto de tus sueños junto a mí y si olvidarás completamente este mundo fútil, vanidoso y estúpido. Dime de una buena vez, por amor a tu máximo dios, cuántas cartas similares a ésta debo escribir para que te dignes en responderme o tan siquiera en asomarte a la ya oxidada ventana.

lunes, 26 de diciembre de 2011

69

   
   Sus graves ojos y su verde voz siempre están presentes en el fétido aire donde flotan mis pensamientos, sus manos rozan mis ácidos pezones con una arritmia legendaria, sus cabellos asemejan delgados y rocosos riachuelos que se desbordan naturalmente. Todo él es un líquido penetrante y ágil que desciende por mi cuerpo y se instala descuidadamente en uno de mis poros, yace allí sin ninguna restricción, muere allí, vive allí. Le hago una sola pregunta que lo evapora al instante, lo vuelve nada, lo vuelve dios y lo esconde tras las calurosas hojas de mis desaliñados libros. Lo busco allá en medio de mis ensueños y me prometo siempre no dejarlo escapar de nuevo, quiero que se pose en todos mis poros al mismo tiempo, ruego por acallar mi curiosidad. Logro juntarle y con una mirada negra me responde, y se responde: soy real. 


martes, 20 de diciembre de 2011

Confesiones...Blanco

 
   Una pared adornada con diferentes cebollas. No tan literales como en esas tiendas de vecindario tan comunes y grotescas sino bellamente, pintadas tal vez por una ama de casa inspirada y, debo admitirlo, talentosa. No lo pregunté, hubiese sido algo más que embarazoso. Al llegar, el padre preguntó por mi desayuno, mentí, como siempre, simplemente no me gustaban las comidas tempranas. A pesar de ser un buen madrugador, algunas partes de mi cuerpo se tomaban su tiempo para arrancar con sus labores. Lo complací aceptándole una taza de café. Me senté a esperar a la hija mientras él me contaba sobre la última complicación de su madre y las locuras del clima por esa época. Al notarme un poco ausente optó por retirarse, anotando antes que me haría llevar el café en cuanto empezara la clase. 

   Aquél extranjero me había contactado dos semanas atrás, llevaba algunos años haciendo negocios en nuestro país y por fin había convencido a su familia para mudarse. Me daba la impresión que lo habíamos seducido por completo, era, sin duda, un perfeccionista, y aunque no creo que odiase a su país, si era muy consciente de su pobreza cultural. Por eso me había contratado, quería que su hija no sólo conociera y comprendiera sino que también amara nuestras costumbres, nuestra finísima cultura como lo expresaba él. A ella no le disgustaban sus planes. 
Ese sería mi segundo encuentro con la niña, en el primero, que se pareció más a una cita, hablamos un poco para conocernos y establecer un plan de trabajo que satisficiese a los tres, también para indagar un poco sobre los conocimientos que ella ya tenía y, por que no decirlo, sobre su relación con el padre. 

   Siempre la traigo a colación como niña aunque realmente tenía 16 años para esa fecha, yo contaba ya con 24. Cuando apareció le regalé una abierta y sincera sonrisa. Tenía una energía que de alguna manera desbordó mis expectativas. Ella sonrió más tímidamente y se dirigió de inmediato al estudio haciéndome una delicada seña para que la siguiera. Nos encontramos sentados y sin pronunciar ninguna palabra, nos mirábamos con curiosidad, no habíamos establecido un acuerdo sobre quién debía empezar primero a hablar, así que, creyendo que de alguna manera no había otra opción, empecé yo, no muy propiamente, eso sí, tan sólo para preguntarle de qué quería hablar o qué quería saber. Las nuestras no serían unas lecciones convencionales, casi que me pagaban por ser su amigo nativo sabelotodo. 

   Nuestra conversación ya tenía un ritmo bastante fluido y casi que en el punto que considero perfecto cuando su empleada apareció con una pulcra e inmaculada taza de café, al parecer se tomaban nuestra cultura en serio, tenían a una auténtica mucama, con uniforme y todos los demás adornos, aunque en realidad la modelo no llevaba su traje con mucho garbo. Aquél traje no iba con ella, imaginé que había puesto un grito en el cielo cuando el jefe le propuso usarlo, pero seguramente fue un grito que sólo escuchó ella. Somos muy complacientes con algunos extranjeros. Preguntó cortésmente si requería algo más. Fue una pregunta casi que rutinaria, estaba en medio de una conversación, no podía necesitar nada más. Su expresión no fue rutinaria, estaba realmente esperando, ansiando una respuesta, yo sólo le di una mirada rápida mientras le agradecía por su amabilidad, pero para ella eso no fue suficiente, se quedó ahí, observándome. Estaba dispuesto a ignorarla y seguir nuestra charla pero la niña, con más modales que yo, le dijo que no necesitábamos nada más por el momento y que no dudaríamos en llamarla si se presentase tal circunstancia. 

   Eran demasiadas cebollas. Le di un pequeño sorbo al café mientras las observaba una vez más y escuchaba lo que la niña me contaba, iba de un viaje que haría próximamente. Lastimosamente la mucama había estropeado la conversación y fui incapaz de volver a llevarla al punto en el que estábamos, así que le pregunté a mi acompañante sobre sus planes cercanos, qué quería conocer y durante cuánto tiempo. Le sugerí algunos sitios y en algún momento debimos cambiar de tema pues subió a su habitación a buscar un libro que quería enseñarme, no recordaba el nombre del autor o fue a mí a quien falló la memoria, el caso es que queríamos confirmar el autor y la editorial. Terminaba ya el café cuando le eché otro vistazo a las cebollas, esa vez vi algo diferente, vi unos ojos. Seguí mirando el cuadro hasta que la imagen se volvió más limpia. 
La mucama estaba mirando fijamente mi espalda, mis movimientos al tomar lo que quedaba de café, mi lenta y tensa respiración. En ese momento comprendí que no era la primera vez que esos ojos se clavaban en mí. 


lunes, 19 de diciembre de 2011

Miedo


   Temo que puedas ser lo que siempre he buscado, temo no estar preparado para algo tan lejano a un espejismo, temo más que seas la continuación de la compleja agonía que me hace desesperar y me arrastra hasta los coloridos fragmentos del vacío. Temo sólo durante un pequeño instante, cuando no estás a mi lado. Temo bellamente, muero en la tranquilidad de mis indecisiones y fantasmas, lloro en el pesado silencio de tu pasión, temo en notas altas y un poco desafinado, tiemblo por el frío de mi estupidez, temo estar odiándote como odio a todo lo que cae delicadamente sobre mi espalda.


miércoles, 14 de diciembre de 2011

J

   
   Llegué a pocos pasos de la luna y gasté mucho más de una fortuna tratando de encontrarte. Aparecías siempre en mis sueños en una imagen bastante clara y nítida, tanto que no parecías una añoranza del subconsciente sino un recuerdo simple y burdo que pudo haber sido generado al pasar por una tienda de simplicidades o al haber viajado en autobús, aparecías en un plano bastante cercano, casi podía tocar tus labios con mi nariz, estabas siempre inhumanamente callado aunque tu rostro era bastante expresivo. Me decidí entonces a buscarte, partí un día cualquiera sin más, no tenía nada que dejar atrás, nadie me extrañaría, ni siquiera tenía deudas, partí, esencialmente con mis sueños. Una ventaja a mi favor era que aparecías algunas veces triste o con frío, tu cabello se movía, estabas cansado, alegre o excitado, tu expresivo rostro variaba constantemente, me dio pues por creer que en mis sueños se reflejaban tus verdaderas emociones, empecé a buscarte en las playas, en los bares de quinta y en las zonas frías de los supermercados. Vagué durante muchísimo tiempo, el mundo cambió bastante mientras te buscaba, se levantaban muros, se quemaban ferrocarriles llenos de comida, la gente se escondía o decidía morirse, en algunos lugares era bastante caótico y confuso, me asustaba que esto hiciera más difícil el encontrarte. 

   Un buen día, bastante lejos ya de donde había iniciado mi cacería, te soñé en un plano distinto. Estabas en una habitación bien alumbrada, sin más decoración que dos mesas y una pequeña butaca de madera, una de las mesas estaba al frente de la butaca y la otra a un costado, en esta última tenías un  millar de cartas, sus sobres variaban en tamaño, color y textura. Después de un acercamiento hacia lo que me parecía una estática figura, noté que estabas concentrado leyendo una de las cartas, más que eso, creo que la terminabas y volvías a empezar o simplemente meditabas con ella en las manos. En esos momentos me surgió una importante duda, ¿Dónde acomodabas las cartas que ya leías? En la mesa hubiese sido imposible, así que concluí, espero que no erróneamente, que la carta que leías tenía que ser forzosamente la primera o la última, concluí también que esa carta tenía que ser mía pues haces partes de mis sueños, no podría pertenecer a nadie más. 

   Tuve otro acercamiento y pude ver tu nombre escrito en los otros sobres, eso no ha ayudado mucho mi querido J. Al menos sé que bastará con mandar una carta en una sola dirección, el gran inconveniente es que me fijé demasiado en la carta y en tu rostro mientras la releías, ignoré completamente el sobre que yacía sobre la vacía mesa, no sé en qué sobre sepultar mi carta, no sé como harás entonces para reconocerla dentro de esa infinidad, por eso no la he enviado aún. He decidido entonces esperar a volver a verte en mis sueños, debe haber alguna pista, de pronto vuelvo a soñarte en la misma situación y recibiré la información que necesito, te siento ya tan cerca J. mio. Llevo dos semanas sin dormir por la emoción, ya sueño mientras camino o tomo una copa de vino, escribo soñando y sueño escribiendo, no apareces. A veces una ráfaga de miedo me atraviesa la espalda, dudas y dudas, bajo la cabeza, suspiro y pienso que seguramente te escribí la carta de tal forma, ya sea en un lenguaje que no puedes entender, con símbolos extraños a tus ojos o de una manera tan hermosa que todavía estás en esa habitación releyéndola.


martes, 13 de diciembre de 2011

Dale


   Te volveré a ver, hablaremos de nuevo y yo sentiré esa estúpida sensación de querer vomitar violentamente palabras cursis pero sinceras. Tomaremos un café, hablaremos de la academia, de nuestras familias y sueños, evitaremos hablar del pasado o de sexo, eso siempre te incomoda. Seguramente lloraré un poco, de alegría o nostalgia, no importa, pensarás que nuestra cita fue un error pero caerás en cuenta que sigo siendo el mismo chico débil que te abandonó. No me dejarás pagar tu café, alegarás tener mucho afán y dirás que sientes enormemente tener que irte o, para nuestra desgracia, te quedarás conmigo para siempre, consciente de que lo mejor hubiese sido no volver a verme.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Insomnio


   Te observo mientras duermes. Me quedo allí sin hacer ningún movimiento o ruido, observándote, cuidándote, quisiera poder estar en ese lugar y en tus sueños al mismo tiempo, aunque sería peligroso pues podrías despertar. Miro tu pecho, escucho tu respiración, debo tener la certeza de que aún vives. A veces pienso que uno de estos días se me olvidará comprobarlo y me quedaré observándote tan perdidamente que sólo el olor putrefacto de tu cuerpo en descomposición me hará huir. Quisiera despertarte para que me abraces pero sólo me amas mientras duermes.


jueves, 8 de diciembre de 2011

Recuerdo


   Su huesuda y fría mano tocó mi rodilla desnuda, no sólo la tocó, la acarició suavemente, sin nada de fuerza, era casi una súplica. Yo me sorprendí un poco, muy poco en realidad, ya estaba bastante alerta. Observé sus dedos, su mano, los movimientos que hacía, ya no sobre mi rodilla sino también sobre mi muslo, estaba embelesado, sabía que tenía que hacer algo pues de lo contrario su mano llegaría hasta mi cuello. Así que la tomé con determinación, era tan frágil, podía quebrarla con un leve apretón. En vez de eso, la acaricié, casi como en respuesta a su súplica. Se la acaricié eternamente, dejé que su mano llegara libre hasta mi cuello, y no sólo hasta allí. Eso hice, eso hice muchas veces, no me arrepiento, en aquél pueblo sólo yo quería a los muertos.


jueves, 24 de noviembre de 2011

Rabia

   
   La rabia invade mi cansado cuerpo. Me duele admitir que hoy, al menos por hoy, te quiero, y me duele más el no haberlo previsto. Me ofende la desobediencia de mi ser pues no quiero quererte, pero lo hago, al menos hoy. Puedo admitir que desde hace un tiempo me sirvas de inspiración, guíes mis pensamientos, mis palabras, mis heridas manos, pero admitir que te quiero, al menos por hoy, es bastante difícil. No quiero quererte, no hoy, pero lo hago. Mi cuerpo y mi mente regresarán, volverán a escucharme claramente, me obedecerán y sabrán que no hay que quererte, que no pueden quererte, que no puedo quererte. No queremos quererte, así te estemos queriendo, nos basta quedarnos con tu palpable sonrisa, tu mirada siempre tan llena de perplejidad y tu efímera tristeza. 

viernes, 18 de noviembre de 2011

La última de mis cartas.


   A veces pienso en tu muerte, no porque lo desee sino porque me gusta imaginar el gran sufrimiento que sentiré. Salvo yo, nadie sobre este mundo tiene tanta certeza sobre el momento exacto de su muerte. Se dará, sin duda, en cuanto se de la tuya, en cuestión de segundos, por lo que no tendré tiempo para sufrir tu ausencia en esta vida. Sufriré mientras te busco en la nada, mientras pago mi condena y espero infinitamente a que tú también emprendas mi búsqueda. No sería difícil, tan solo tendrías que mirar a uno de los lados de donde yace tu cuerpo mortal. Yo te buscaría desde allí pero no podría avanzar solo, no está permitido para quienes mueren por amor. 

   Todo eso imagino, todo eso pienso, paro no quiero que se quede en mi cabeza, me niego completamente. Quiero vivir eso, quiero saber cuánto tendré que esperar para que me encuentres o para que se me permita avanzar. Quiero vivirlo, pero no puedo matarte ni desear que mueras, así que lo haré, moriré, no sé si funcionará. Moriré con la esperanza de que tú lo hagas después, te quedes junto a mi cuerpo en las puertas de la otra vida, esperes eternamente a que yo llegue por ti y seamos felices. Lo haré, lo hago ya. Si me encuentras primero querrá decir que no moriste por amor o que mi orgullo dejó que pasaras mucho tiempo en el limbo, lo cual es peor, o, en el mejor de los casos, que estás muerto en este preciso momento.


viernes, 4 de noviembre de 2011

Resignación


   Unos pocos minutos y un teléfono bastaron para que nuestras almas cansadas se abandonaran. Los silencios y las preguntas sin responder tuvieron más fuerza que las pocas frases que torpemente articulamos. No hubo parque, banca de madera ni un pequeño pájaro que fuera testigo de aquél anhelado final, no hubo compasión. Te extraño, realmente siempre te he extrañado, incluso cuando estabas a mi lado. Pero para extrañarte he debido tenerte al menos una vez, al menos durante una hora. ¡Vaya que te tuve! Aquella noche cuando me entregaste tu corazón de piedra, esperanzado a que yo pudiera ablandarlo, esa noche, durante ese instante, te tuve. Te quiero pero soy infelizmente racional, lo que me hace no volver a ti. Viviré eternamente con una vaga sensación, pensando que debí haberme quedado sufriendo un rato más a tu lado.


jueves, 3 de noviembre de 2011

Ingenuidad


   No dudo que a veces pase por bicho raro, demasiado esto o aquello para ser normal, o peor aún, muy poco de esto o de lo otro. Poca memoria, muchos traumas, muchas sonrisas, poca felicidad. La verdad es que poco me importa, estoy de acuerdo con lo que piensan, es más, estoy de acuerdo con que tú también lo pienses, sería estúpido si no lo hicieras, sería muy ingenuo de tu parte creer que soy normal, demasiado inocente el creer que haya alguien cuerdo que te ame.


domingo, 30 de octubre de 2011

Lluvia


   Amo la lluvia porque es una excusa para estar más cerca de ti. Amo la lluvia por que retrasa tu partida, nos obliga a juntar nuestros cuerpos y a hablarnos directamente al oído. Más que amar a la lluvia, amo los momentos en los que estoy contigo, amo tu sonrisa, la inocencia de tu alma y tus manos. La lluvia no es mi única excusa, lo admito, podría serlo tranquilamente el vuelo de una mariposa o la caída de un pedazo de cielo. Creerás que exagero, te equivocas. Creerás que miento, te equivocas, puedo amar todas esas cosas sin amarte a ti.


lunes, 17 de octubre de 2011

Monólogo 2


   (Al Padre Logan)


   Maté al Sr. Villete. Villete, el abogado. Fui esta noche a su casa, quería robar su dinero. Usé una túnica para evitar la sospecha, pero él me sorprendió. Iba a llamar a la policía......

   (A Alma)

   Iba a llamar a la policía, traté de detenerlo. No quería matarlo. Alma, no soy un asesino. Fue un accidente, fue por el dinero. ¿Cómo puedo verte trabajar tan duro? Miento despierto, noche tras noche. Pensé que todo lo que necesitábamos eran dos mil dólares. Alma, con dos mil dólares podemos iniciar una nueva vida. ¡Villete era rico! Pero ahora no puedo ocultarlo, eso me dijo el Padre Logan, tengo que devolverlo. Se lo prometí, pero es tan difícil Alma. Es peligroso, me atraparían, me colgarían. No puedo hacerlo. No puedo hacerlo.


I confess, Hitchcock.

Monólogo 1


   (A Gelsomina)

   Gelsomina, ¿Recuerdas a Zampano, el que se llevó a Rosa? ¡Pobre Hija mía! ¡Nunca veré siquiera donde la enterraron! Está muerta, pobrecita, muerta. Era tan bella, tan buena, podía hacer de todo...

(A Zampano)

   ¿Ves Zampano cuánto se le parece mi hija Gelsomina? Somos tan pobres. Te lo dije, no es como Rosa, pero es una buena chica, pobrecita. Obedece en todo lo que uno le dice, sólo que salió un poco extraña. Pero si come a diario tal vez se recuperará...

(A Gelsomina)

   ¿Quieres ir con Zampano a sustituir a Rosa, Gelsomina mía? Te enseñará un negocio y vas a ganar algo de dinero. Y no me caería mal una boca menos que alimentar. Vamos Gelsomina, Zampano es un buen hombre, te tratará bien. Vas a viajar por el mundo, a bailar y cantar. ¡Y mira lo que me dio! ¡10000 liras! ¡Las tengo aquí! Podremos arreglar el techo, y estos pobres van a poder comer. ¿Por qué nos abandonó tu padre, Gelsomina mía?. Ya estás grande, pero nunca has trabajado. No es tu culpa, hija mía. No eres como las otras chicas. ¿No vas a ayudar a tu madre, Gelsomina mía? Él te enseñará.


La Strada, Fellini. 


viernes, 14 de octubre de 2011

Piña

   
   Perderme en tu cuerpo con un abrazo y tocar un poco tu alma de vagabundo es lo que quiero. Explorar tu desnudez tramo a tramo hasta poder memorizar la ubicación exacta de tus lunares. Besarnos tiernamente, olvidando nuestro rededor como excusa para disfrutar una felicidad momentánea que parece más un soborno al amor. Vestir mi cuerpo con tus manos mientras susurras poesía en otro lenguaje, con el tono de siempre. Quererte un poco más, tenerte en mis pensamientos, en mis sueños, jugar con tu cabello salvaje y ser consciente de la inutilidad de mis actos pues, en dos segundos, aquella felicidad momentánea, ese soborno al amor, culminará.


miércoles, 20 de julio de 2011

Jueves


   Llegó un momento en el que pensé que sería imposible convencer a mamá de hacer lo que yo decía, estaba a punto de rendirme y Lena no ayudaba mucho, me decía que era lógico que una madre tomara esa actitud, que para la gente podría ser fácil abandonar a sus abuelos o padres en un asilo, dejar de visitar a un tío que lleva más de un año en coma, incluso echar a la suerte a sus amigos o primos que cometieron un delito y están tras las rejas, pero nadie abandonaba a su joven, sano y libre hijo. Que no se trataba de si mi madre se esclaviza o no en mí cuidado, de si dejaba ir a Roberto e interrumpía su felicidad, sino que ella estaba preparada para morir primero. 

   Finalmente mamá abandonó el pueblo. Bien dice Lena que las madres están preparadas para morir primero, pero también están preparadas para ver a sus hijos crecer, tomar sus propias decisiones y valerse por ellos mismos, así como nosotros estamos preparados para cambiar esa figura materna, en el caso masculino, por una compañera quién será la encargada de apoyarnos, cuidarnos cuando estemos enfermos y, por supuesto, regañarnos cuando nos quedemos hasta tarde con los amigos. Mamá asumió que tengo una vida en común con Lena y que nos la arreglamos bien, debe confiar en nosotros y nosotros debemos ser capaces de sobrellevar todo esto sin ningún tipo de ayuda, como lo que no somos, marido y mujer. Hicimos muchas cosas antes de que partieran. Lo primero fue, naturalmente, visitar las casas del pueblo diciéndole a todos que me iba a quedar a vivir aquí una temporada y que pudieran contar conmigo para lo que necesitaran. Es un pueblo no muy grande así que ya todos saben que no será sólo por una temporada.

   Después de que mamá y Roberto se marcharan aprovechamos para divertirnos mucho, tuvimos una luna de miel. No era la primera, estando en la universidad aprovechábamos algunas épocas libres de exámenes para pasar todo el fin de semana juntos, incluso después de que Lena se casara, lo diferente esta vez es que estábamos completamente solos, no había ningún Gunnar presente y no teníamos necesidad de volver a la realidad. Ahora, ella es mi realidad y yo la de ella. Nunca había disfrutado tanto el sexo, aprovechamos cada momento pues somos conscientes que, por mucho que nos tengamos, nada se repetirá. La enfermedad anda bastante rápido para mi gusto, está bien que decidí no resistirme pero aún así siento que los golpes son mucho más fuertes y afilados de lo que esperaba, ya es difícil seguirle los pasos.

   Al menos todavía puedo escribir, aunque con bastante esfuerzo. Para hoy todavía soy capaz de hacer algunos garabatos, que asumo como palabras, que después leeré a Lena, quién está haciendo una copia con su letra, un poco más legible que la mía, razón por la cual puedes entender algo. Opté por escribir algo bastante resumido pues no puedo hacer planes a mediano plazo, no con una sombra siguiéndome día y noche. Sacarle punta a un lápiz es algo que ya no puedo hacer, así que Lena antes de irse me deja varios lápices afilados, tratar de no romper las puntas antes de que ella regrese es otro reto. Será ella quién escriba directamente la última parte, algo que me pone un poco nervioso pues, aunque no tengo problema con que lea todo, el tenerle ahí esperando que se me ocurra la palabra precisa o decirle que olvide todo y vuelva a empezar, me incomodará.

   Sé que ya no le es tan fácil comunicarse conmigo, algo leve, pero la velocidad con la que avanzará todo es lo que me preocupa. No hay problema con que se me olviden ciertas cosas en determinado momento, recordándolas cuando ya no las necesito, el nombre de un objeto o de la amiga de mamá que vino esta tarde, o que a veces pierda el hilo de la conversación y tenga que preguntarle sobre qué hablábamos, pero el imaginar que dentro de uno o dos meses ni siquiera podremos tener una conversación razonable es algo que terminará por hundirla. No le escribo principalmente a un extraño de la ciudad que se animó a leer esto, le escribo al extraño que seré dentro de una semana, me escribo para poder recordarme cada día quién soy y que solía querer, para recordar que durante estos días he tomado decisiones que debo respetar. No creo que esta pérdida gradual de consciencia se deba a la enfermedad, como tampoco creo que en algunos casos se deba a la edad, la culpa, sin duda, es del silencio.


lunes, 18 de julio de 2011

Miércoles


   Fue un viaje tranquilo adornado con paisajes bellísimos. Normalmente venía a visitar a mi madre dos o tres veces al año, siempre solo, aprovechando el viaje para leer o escuchar música, nunca antes de ese día había admirado esos paisajes. Lena los disfrutaba también pues no despegaba los ojos de la ventana. Puede que fuera una excusa para pensar sobre qué pasaría cuando el autobús se detuviera, no había problema si era así pues tendría los mismos paisajes al menos una vez más. Cuando el autobús se detuviera yo empezaría una última vida, ella empezaría una difícil etapa en la suya. Hoy, evaluando un poco las cosas, creo que todo marcha bien, no puedo decir que somos plenamente felices, pero hemos aprendido mucho sobre la muerte, la soledad y el silencio. 

   Mamá y Roberto nos estaban esperando en la estación del pueblo. Sabía que estaban muy enamorados, sobretodo él, pero cuando imaginaba ese amor no pensaba que fuera tan hermoso. No recuerdo haberla visto tan feliz como aquél día. Mi padre murió cuando yo estaba muy pequeño y ella muy enamorada de él, mamá se dedicó entonces a criarme y a volcar sobre mí algo de ese inmenso amor que sentía por él. Siempre supo que no podía llenar ese vacío conmigo, pero mientras vivimos juntos nunca se involucró con ningún hombre. A veces me sentía fatal por haber demorado tanto en crecer, por no haber abandonado el pueblo a los diez años para que ella pudiera rehacer su vida, pero ahora, después de todo lo que ha pasado, creo que los dos fuimos bastante justos.

   Cuando le conté sobre mi viaje le explique solamente que necesitaba un tiempo para descansar. Ella sabía que había estado consultando al Dr. Andergast pero yo le resté importancia al asunto, tampoco hubo tiempo de decirle que Lena me acompañaría. La relación entre ellas siempre la he calificado de cordial, mamá desde el principio supo todo sobre nuestro perfecto triángulo amoroso y, a pesar de no ser tan liberal, lo aceptó pues siempre ha puesto por encima de cualquier cosa todo lo que Lena ha hecho por mí, es más, después de nuestra llegada empezó a quererla como a una hija. Lo que yo no imaginaba es que ella también tuviese grandes anuncios por hacer. Al bajar del autobús sentí todo el peso de mi enfermedad, pude verme desde un punto muy lejano y no me gustó para nada, estaba delgado, pálido y cansado, guardaba las esperanzas de que mamá no me viera con ese aspecto, no fue así, nunca se puede engañar del todo a una madre. Ella supo disimular su asombro y prometió esforzarse para que pudiera reponerme mientras estuviésemos en casa.

   La cena de aquella primera noche fue bastante especial. Roberto intentó seguir al pie de la letra las recetas de mi abuela, nada mal, al principio me confundieron un poco pero cuando llegó el postre comprendí que no había sido mamá quién había cocinado. Es el hombre ideal. Tiene un trabajo bastante estable y bien remunerado, es buen parecido, divertido, amable, caballeroso y lo más importe, ama a mamá. La verdad es que me agradó sin hacer ningún esfuerzo. Después de la cena pasamos a la sala a tomar un poco de vino, Roberto tomó la palabra y expresó lo contento que estaba de conocerme y de saber que pasaría algunos días con nosotros, también nos contó algo que mamá ya sabía, que lo habían trasladado a otro país y tenía pensado llevársela, no sin antes pedir mi bendición para casarse con ella. Llevaban más de un año de relación y ella no había aceptado vivir con él hasta que yo les diera el visto bueno.

   Lena y yo quedamos mudos el tiempo suficiente para incomodarles. Nada me hacía más feliz que ver como mamá había decidido borrar el recuerdo de papá y seguir adelante, como abandonaba el pueblo y se encaminaba a conocer algo de mundo con una persona fantástica, nada mejor que sentirme adulto por primera frente a ella. Lo primero que sentí fue envidia y pena por no ser yo quién estuviera en esa situación, anunciándole mi matrimonio con Lena y confirmándole que pronto sería abuela, después me sentí terrible al pensar que mi enfermedad pudiera ser un inconveniente para ellos. Lena supo cómo romper el incómodo hielo diciendo que todo le parecía estupendo, incluso intento ser graciosa diciéndole a mamá que cuidaría muy bien de su chiquillo. Roberto rió un poco pero mamá tenía la mirada baja, entendía mi silencio como un desacuerdo y empezaba a dudar sobre su decisión, así que me puse de pie, la tomé de las manos y le hice prometer que partiría con Roberto y sería feliz sin importar lo que dejara atrás, sin importar lo que pasara conmigo.


sábado, 16 de julio de 2011

Martes


   Hacía mucho calor el día que el Dr. Andergast se animó a explicarme todo. Yo no sabía, ni sé, el significado de todas las palabras técnicas que usó, pero pude entender por su rostro la magnitud de mi problema. Hacía demasiado calor para pensar claramente lo que tenía que hacer: seguir un tratamiento costoso, en cuanto tiempo y dinero, que no aseguraba nada pero que al menos me daba un poco de esperanza o dejar que la fuerza de la naturaleza actuará sin ningún tipo de oposición. Cuando el calor bajó pude decidirme por la segunda opción sin dudas importantes. No se lo consulté a nadie, poco me importaba en esos momentos lo que llegaran a pensar mamá, Lena o incluso mis amigos, yo sería el directo implicado, sobre mi caería el peso de aquella decisión. No fue problema convencerlos, les hablé con el mismo tecnicismo del Dr. Andergast, les mostré las mismas cifras y los mismos porcentajes de efectividad del tratamiento.

   No fue fácil empezar a concluir todo lo que había empezado en la ciudad. Demoré algo de tiempo en convencer a uno de mis amigos para que se hiciera cargo de Ren y Rin, mis dos perros. Él tenía la idea de conservar sólo uno pero yo no quería separarlos, son hermanos, habían estado siempre juntos y a mi lado, quería que el daño fuese menor. Vendí las cosas del apartamento y con eso pude pagar algunas deudas, regalé la ropa que ya no me sería útil, cancelé todas mis tarjetas y suscripciones. Parte sencilla todo eso, lo difícil sería hablar con mis amigos. Éramos un grupo muy unido, nos queremos extrañamente, ninguno podía imaginarse lejos de los demás ni de la ciudad. En nuestra última noche juntos nos reunimos en el apartamento de Halvar, normalmente todas aquellas reuniones caseras eran en mi apartamento por ser el más central, pero ya lo había entregado, así que para evitar que todo fuese más extraño les hablé después de haber bebido y cantado como de costumbre. 

   Minutos después de haberles contado todo, el silencio estaba ahogándome. Nadie quería romperlo, ni siquiera yo que era a quién más incomodaba, no podía escuchar ni sus respiraciones. Cerré los ojos y traté de irme acostumbrando a lo que sería mi vida después de esa noche, silencio y más silencio. Lena fue la primera en hablar, en regañar, para ser más preciso, estaba muy enfadada por haberla mantenido al margen de todo, por no haber confiado lo suficiente en ella como para confesarle lo grave de mi problema. Parloteó hasta quedar sin energías, luego, repitió calladamente que no podía dejarla, que moriría sin mí, me abrazó y no volvió a hablar hasta que me acompañó a un pequeño hotel cerca de la estación de autobuses. Mis amigos se tornaron viejos y cansados, noté por primera vez el paso de los años sobre nosotros, ya estábamos lejos de ser unos jóvenes, incluso algunos ya se acercaban a los treinta. Compramos otras dos botellas, volví a cantar algunas canciones que significaban mucho para nosotros y recordamos intensamente todas los momentos futuros que no íbamos a poder compartir. 

   Camino al hotel traté de sacarle alguna palabra a Lena, pero me fue imposible, estaba bastante meditativa y elevada mientras yo moría de curiosidad por saber que pensamientos danzaban en su cabeza. Sus palabras fueron bastante fuertes, al principio un golpe devastador, no veía por ningún lado a aquella mujer fresca y centrada de la cual me había enamorado años atrás, después se fueron convirtiendo en una especie de cuento infantil sin moraleja clara, para luego, simplemente, retornar a la frescura habitual, esa que me despertaba los días en que su esposo estaba fuera de la ciudad o demasiado ocupado para notar su existencia. No volvería a verla como aquella noche, no se volverían a quebrar sus nervios de acero. No pude oponerme a nada de lo que me dijo, me impuso su decisión tal y como yo les había impuesto a todos la mía, juró acompañarme hasta el último momento y cuidar de mí sin importar que ella se muriera en el intento. Al otro día partimos hacia acá, tomó de su casa tan sólo una pequeña maleta y dejó en la mesa una nota mucho más pequeña para Gunnar. 

   La conocí un poco después de empezar la universidad. Siempre ha sido bastante sociable y suele conocer personas en todas partes, en cada fiesta solía llegar con tres o cuatros nuevos amigos, fue ella la que poco a poco dio forma a nuestro estupendo grupo. Inteligente y decidida, alejada totalmente de las chicas de este pueblo, un poco anticuadas y futuristas. Puede lograr todo cuanto quiera, no sólo me convirtió en lo que soy ahora sino que hizo que me enamorara de su creación, además, logró que me enamorara de la ciudad al mismo ritmo que me enamoraba de ella, mis dos grandes amores. Gunnar y yo, los suyos. En esa última noche pensé que, de alguna manera, yo había ganado, Gunnar logró llevarla al altar pero seré yo quien realmente esté con ella hasta que la muerte nos separe.


viernes, 15 de julio de 2011

Lunes


   Todo es encantadoramente fresco: los autos, la gente caminando de prisa, las luces y los grandes anuncios, el amor que se representa en cada semáforo. Nací en el campo pero ahora todas estas cosas son naturales para mí, no los arboles ni las rocas ni los riachuelos que tanto había visto en mi adolescencia. El caos que presenciaba en el día a día de la ciudad es mi naturaleza. En algún momento cambié los arboles por rascacielos, las rocas por una multitud andante y desesperada, y todos aquellos hermosos riachuelos por amor y libertad. Las melodías de mi alma brotaban con cada despertar y se iban transformando mágicamente en el transcurso del día, las movía el ruido, el denso aire y los escandalosos colores que ya hacen parte de mi cuerpo.

   Nada en aquella linda ciudad me inspira muerte. Quiero guardarla para siempre en mi mente como un lugar vivo y feliz, por eso no pude seguir allí. No todos tienen la oportunidad de elegir donde morir, yo pude y, gracias a eso, todavía me siento tocado por el cielo. Creo que la ciudad me lo agradecerá algún día, tal y como mis amigos, supongo, lo han hecho, pues no hay nada peor que cargar con un estorbo en un lugar que debe ser dinámico. No puedes hacer que tu lento andar detenga la rítmica marcha de unas bien abrigadas y estresadas almas, tampoco limitar los planes de las personas que te quieren, no sin sentirte mal. Para mis amigos soy un lindo recuerdo que prefirió desaparecer lentamente en un lugar más acorde para su condición. 

   Fue rápida la forma como me integré a la ciudad, pareciera que me hubiese estado esperando para empezar todas las aventuras de las cuales fui un orgulloso protagonista. El proceso me lo guardo para mis días de lecho cuando esta enfermedad se haya apoderado un poco más de mi cuerpo y no tenga más que hacer sino vivir de mis recuerdos. Cuando tuve que abandonar mi alma allá empezaba una aventura como cantante, después de haber terminado la universidad, tenía una divertidísima pandilla de amigos, una amante, dos perros y una casera que me adora, no podía lograr más en tan poco tiempo. Nunca pensé que tuviera que detener mis procesos, ni siquiera acelerarlos, pero ahora estoy de nuevo en el pueblo y sé que no me queda mucho, así que he podido planificar un poco lo que quiero hacer mientras huyo, esta vez no de la ciudad o del pueblo, de todo.

   Los atardeceres acá son bonitos, lástima que a esa hora siempre esté haciendo un poco más de calor, sin dejar de ser bastante estremecedores. En la noche llega aquella tranquilidad que tanto me enloquece, no puedo escuchar nada más que los ruidos que hacen algunos animales afuera y, en algunos casos, dentro de nuestra propia casa. Solía escribir en las noches, pues nunca he sido de los que se van temprano a la cama, pero todo lo que escribía carecía de valor, no me gustaba para nada. Quiero escribir sobre mí y nadie más, pero en las noches mis relatos me reservaban sólo un puesto de actor de reparto, buscándole protagonismo a mi madre, a Lena o a cualquier conocido que tuviese mi mente cerca. Bien, en estos momentos es de día y hasta ahora me gusta lo de arriba. Soy consciente que no todo debe gustarme, escribiré sobre mí, sobre ciertas cosas que han pasado y pasarán en mi vida.

   En las mañanas le ayudo a Lena con algunas cosas casa, leo un poco y salgo al jardín a recibir el sol. Las mañanas son bastante largas en este pueblo, a veces mientras recibo el sol siento un poco de pena por Lena, ella no tenía que abandonar la ciudad, no tenía que hacer tal sacrificio por mí. Aunque, cada vez que este sol me toca doy gracias al cielo por haber permitido que ella cometiera esa locura y esté ahora a mi lado. Los dos nos hemos sacrificado por amor, sin duda, no por la misma clase de amor pues su sacrificio tiene una fecha exacta de culminación, el mío no. Las tardes son un poco menos movidas: suelo recibir una o dos visitas de algunas de las amigas de mi madre y escribo hasta que Lena vuelve de ayudar en el local de una agradable anciana, trabajo que aceptó más por no morir de aburrimiento que por dinero. Al regresar, me da un tierno beso, comemos algo y hablamos toda la noche. Me hace sentir que realmente es feliz.


domingo, 20 de marzo de 2011

Compasión

   
   No hubo lágrimas.
   Llevaban casi dos años con la misma encantadora rutina: decidían verse en un lugar solitario de la ciudad, esperaban con emoción ese hermoso día, el chico mayor mucho más emocionado que el otro, y llegaban a la hora señalada, siempre. Llegaban por direcciones opuestas e irrumpían en el lugar acordado al mismo tiempo.

   A partir del primer año sus miradas no volvieron a encontrarse, esa era una de las reglas que se había impuesto para poder seguir con los encuentros. El mayor esperaba que se tratase de un juego, de una prueba, pero no fue así. Al principio intentó romperla sin importar lo que pasara, pero la mirada de su acompañante siempre estaba ausente, perdida en la nada. Después de varias semanas desistió y aceptó eso, tal y como había aceptado otras cosas desde el día que se conocieron.

   Su último encuentro, inicialmente, fue igual a los del último año. Se sentaron en una banqueta, muy pegados el uno del otro, con la mirada al frente, fija en puntos distintos, en mundos distintos. Esa noche era la última, tal como lo habían acordado. No podían seguir con una relación que les parecía, y no sólo a ellos, anormal. No sólo pertenecían a mundos diferentes sino que lo que sentía cada uno por el otro había perdido proporción y similitud. Ese amor-amor del primer año se había convertido en amor irracional-compasión. Un amor irracional que sólo pueden sentir los ingenuos, los que desdibujan los hechos y las situaciones de un mundo que no le basta con ser cruel sino que se muestra cruel todo el tiempo, y aquella hermosa compasión, que no era como las otras falsas compasiones, era original, fresca y determinante. Ésa que sólo se siente hacia quien sufre sin merecerlo y por amor.

   Esa noche habían escogido, de nuevo, estar completamente solos. Es cierto que escogían sitios solitarios para verse, pero después de muchos encuentros era difícil encontrar un alma distinta a la de ellos, eran incapaces de verlas. Tampoco hubiesen sido tema de su conversación, como nada diferente a ellos mismos. Ninguna persona supo que tanto hablaban, ni siquiera puedo estar seguro si intercambiaron palabras en los últimos encuentros. Sin palabras, sin miradas, sin ningún tipo de contacto.

   Todos estos años he estado preguntándome sobre la razón, sobre el algo que seguía llevándolos a esos lugares. Tenía que haber un motor de motivación, una fuerza muy potente que surgía de sus almas, tomaba vida propia en sus cuerpos y se materializaba semana tras semana. Debía ser también una materialización difusa y débil, al menos para uno de ellos, y esa fuerza, que durante el primer año era arrolladora, debía quemar aún cada poro de sus pieles y cubrir todo el lugar, todos los lugares.

   Aquella noche sin lágrimas, los dos jóvenes no estaban tan solos como siempre. Había un pequeño testigo, una pequeña alma contemplando una extraña escena. Aquella noche en la que las estrellas no se asomaron por ningún rincón de la tierra, un pequeño pájaro fue testigo de una auténtica prueba de amor, de un real sacrificio. Aquella última noche, ese pájaro observaría por horas a un joven solitario y triste, con la mirada perdida, absorto en sus pensamientos, llorando desconsoladamente, rogándole a un fantasma, a un amor imposible, a un puesto vacío, a alguien de otro mundo, que lo llevara con él, que volvieran a estar juntos. Aquella noche, un pequeño pájaro pudo observar como un alma eligió vagar eternamente y como otra abandonaba su cuerpo a media noche, en medio de la nada, para siempre. 


domingo, 9 de enero de 2011

Ich bin kein Jude 6


   Era increíble la magia de vivir todo aquello, la guerra no había pasado por nuestras casas, se mantenían intactas. En la de mis padres todo estaba igual, al huir sólo llevaron ropa y algunas fotografías, todo lo demás estaba a nuestro alcance, esperándonos pacientemente. Nuestra casa no había sido saqueada y, diez años después de que mis padres la abandonaran, el polvo no se había molestado en caer sobre nuestro piso. Rudolph y yo estuvimos amándonos en una y otra hasta que finalmente nos decidimos por vivir en la casa de mis padres, era una forma de rendirles homenaje y decirles que, tal y como había pasado con los muebles, yo seguía allí, nunca había salido y no tenía pensado hacerlo. 

   Nuestro amor fue más lindo después de la guerra. Éramos una sola persona que tenía la dicha de tener dos jóvenes y hermosos cuerpos. Rudolph trabajaba como supervisor en una fábrica americana y yo no hacía nada, no tenía por qué, ya había hecho mi parte. Vivía cómodamente con el dinero que Rolph me enviaba desde América, sus negocios marchaban bien y yo le hacía compañía cada dos o tres meses. Su pasión y amor hacia mí no cambiaron con los años. Hace pocos meses murió dejándome todo cuanto tenía, tanto material como espiritualmente. Es bastante conmovedor cuando al evaluar la vida de una persona que acaba de morir te das cuenta que vivió para amarte. Llegué a sentirme muy mal por no haberle amado de la misma forma que él a mí. Lo amé, sin duda, a mi manera, y en su memoria escribo éste relato, no por querer que todos sepan lo que viví sino para recordarme, a pesar de todo, lo dichoso, agradecido y enamorado que estoy ahora, y lo feliz que fui con él.

   Todo es muy simple, cada vez que Rudolph tiene tiempo salimos a recorrer la ciudad, no cómo hacen los otros que no dejaban de ver el pasado en los edificios, los puentes y la cara de los ancianos, nosotros solamente vemos el reflejo de nuestro gran amor, después llegamos a casa, comemos cualquier cosa y nos amamos intensamente hasta la madrugada. Rudolph es apasionado, brusco y tierno, todo al mismo tiempo, podemos pasar horas enteras besándonos, queriendo recuperar todo el tiempo que nos quitaron. Por cierto tiempo traté de convencerlo para que renunciara a su trabajo, viviéramos de mi dinero y nos dedicáramos a viajar por el mundo, me refiero a occidente, pero me fue imposible, él no quiere disfrutar de ese dinero, sigue siendo un moralista. Aún así somos los hombres más felices de este lado de Berlín.

   Hoy, nuestra ciudad se encuentra dividida por una gran barrera de odio, tal como todo el planeta. Todos huyen de todos. Sólo un pequeño grupo de sabios huyen de ellos mismos, tal y como debe ser. Vivimos en un mundo a punto de explotar. Por todas partes se vocifera lo inminente de otra gran guerra, muchos creen que la definitiva, quien gane controlará el mundo por siempre, o al menos lo que quede de éste. Con Rudolph ya tenemos un plan: en cuanto empiece la nueva guerra nos suicidaremos o huiremos a la luna, no estamos dispuestos a separarnos de nuevo o recibir de los cielos un regalo atómico, y mucho menos a ver como la ciudad presencia otra embestida del Ejército Rojo. Pase lo que pase vamos a estar juntos.
   Algunas veces camino al rededor del muro, lo miro fijamente y le cuento muchas historias del día a día de la ciudad, de los lugares por donde no pasa. Es nuestro huésped. A veces quisiera estar al otro lado, recorrer esa parte de la ciudad y contarle historias de allá. El muro es distinto a los espejos que me atormentan, los espejos me dicen culpable mientras que el muro no habla, sólo escucha pacientemente, obedece. En ciertos aspectos me identifico con él pues hace parte de un mundo de odios, inocentemente ha hecho daño y causado heridas en su intento de supervivencia, además, hace de la sumisión y la obediencia un estilo de vida. Gracias al odio, está separado de su amor, la Tierra. Pero él espera, y yo también, que dentro de poco sea derribado, para que así pueda reencontrarse con su amor y ser feliz, tal como yo lo soy. 


viernes, 7 de enero de 2011

Ich bin kein Jude 5


   Un golpe y un fuerte abrazo fue lo que recibí de Rolph. Fue demasiado rápido, así que lo único que sentí fue un abrazo intenso y amoroso. Esa noche me hizo prometer que nunca lo abandonaría y no volvería a salir sin compañía, si mis padres querían verme tendrían que ir hasta nuestra casa, y por nada del mundo volvería a ver a Rudolph, o él mismo se encargaría de llevarlo hasta Auschwitz. Yo sólo asentí al escuchar esas nuevas reglas. Lo mejor hubiese sido tratar de querer a Rolph cada día más, llegar incluso a enamorarme de él y vivir sin ningún tipo de complicaciones. Lastimosamente el corazón no es tan complaciente, lo único que logré fue seguir amando intensamente a Rudolph, aunque no pudiera saber de él.
   
   Después de varios meses de una vida vergonzante, la desesperación se apoderó de mí. Mis padres, a quienes no había vuelto a ver, huyeron a Inglaterra en cuanto tuvieron oportunidad. Los aliados cada vez estaban más cerca y no sabía absolutamente nada de Rudolph. Algunos dirigentes nazis habían empezado a huir desde la resurrección rusa en Stalingrado, otros habían sido más optimistas, pero después del desembarco en Normandía, sabíamos que todo había acabado. Incluso con todo esto a mi favor no fue fácil convencer a Rolph. Era mucho más importante y poderoso que cuando se montó a un autobús a salvarme la vida, así que estaba mucho más comprometido con la causa hitleriana, pero ni el idealista más radical puede mantenerse firme delante del amor. Huimos hacia Brazil, en América. Mientras Estados Unidos ayudaba a los europeos, los americanos nos ayudaban a nosotros, es increíble la cantidad de nazis que lograron escapar de la furia aliada.

   Vivimos varios años en Brazil. Las cosas no fueron tan sencillas como yo pensaba, cada vez que me llamaban por el nombre que tuve que adoptar recordaba a mis padres y a Rudolph, no sé cómo pude resistir todo eso. Rolph hacía lo posible por regalarme momentos felices y trataba de convencerme de que empezáramos una nueva vida. ¿Cómo puedes vivir cuando tu corazón está tan lejos? ¿Cómo puedes vivir cuando no sabes en dónde está tu corazón? Simplemente no podía siquiera intentarlo, por lo que una noche después de mucho meditarlo me aventuré.

-Rolph -le dije mientras acariciaba su cabeza, la cual yacía sobre si mi pecho desnudo.
-Dime -tomó mi mano libre y beso suavemente su palma.
-He hecho de todo por ti. Me has dado todo lo humanamente posible, me has dado amor y yo, no sé, creo que también te amo, pero no soy feliz. Necesito mi país, necesito mi pasado. No sé nada de mis padres ni de Rudolph -mi voz empezó a bajar de tono, era casi un quejido.
-Entiendo todo, puedes irte a buscarlos en cuanto quieras, me has hecho feliz como nada en este mundo, creo que tienes derecho a serlo tú también. Yo no puedo acompañarte por más que quiera, no por ahora -hizo una larga y prudente pausa- ¿Volveré a verte?
-Seguramente. No estoy muy convencido de encontrar cosas buenas al otro lado. No sé si pueda contar con el perdón y cariño de mis padres o con que Rudolph esté vivo. En estos momentos eres lo único que tengo.

   Cinco días después de eso ya me encontraba en Londres. No me quedaron ganas de volver allí. Los espejos de aquella ciudad tenían algo particular, eran demasiado realistas. En Brazil no tenía problemas con ellos, veía lo que quería ver, sin más. En Londres, y luego en toda Europa, la cosa era distinta, los espejos me mostraban demacrado, cansado y con un rostro horrorizado, no por todo lo que vi o lo que viví, sino por lo que dejé de ver o sentir. Se me hacía estúpido todo aquello, así que empecé a evitarlos a toda costa, no merecía tal castigo simplemente por haberla pasado de maravilla mientras el mundo se destruía. Me fue imposible encontrar a mis padres, no había rastro de ellos, llegué a pensar que se habían cambiado los nombres para evitar tener algún parentesco conmigo, sin saber que yo había hecho lo mismo para protegerme en América. Nuestra familia había dejado de existir.

   Con Rudolph todo fue distinto, él simplemente había borrado todos aquellos horrores que tuvo que vivir. Había deseado con tanta fuerza la llegada de los aliados que quedó petrificado al ver los abusos cometidos por los rusos. Sus violaciones iban en todos los sentidos, fueron muchas las mujeres que no pudieron soportar tal cosa y terminaron suicidándose. Aquellos ciudadanos alemanes de bien fueron quienes pagaron los pecados de los que huimos. Tuvieron que soportar humillaciones y ser testigos presentes de la repartición desmedida del mundo entre rusos y americanos. Encontré a Rudolph sin mucho esfuerzo, estaba en la casa de sus padres, tan solo como siempre. Cuando llegué no se sorprendió, me invitó a pasar y dijo que estaba esperándome. Le creí.