jueves, 28 de enero de 2010

Charles D.D 4


   Ese mismo viernes, después de terminar el encuentro con el investigador, me dirigí a la casa de Kit: una modesta construcción situada en uno de los barrios más elegantes de la ciudad. Años atrás aquellas casas habían sido destinadas para uso exclusivo de los miembros de la ONU y otros organismos internacionales que tanto abundaban en la Alemania occidental, en la ya lejana época del muro. 
Ya ni siquiera tenía que cargar ropa, en su casa tenía suficiente como para refugiarme durante otra guerra. 

   Me estaba esperando con una gran sonrisa, expresión no muy habitual, además, no había razón alguna para estar demasiado feliz de verme. Cuando hablamos por teléfono noté cierto entusiasmo en su voz e incluso dijo que me tenía una sorpresa, pero no pensé que fuese para tanto, su mano derecha sostenía dos tiquetes de tren con destino a Potsdam. Ella sabía que no me gustaban mucho los viajes por tierra, ni la idea de ser turista, así que antes de que yo pudiese comentar algo  en contra del viaje, demasiado planeado y calculado que estábamos a punto de emprender, me aclaró que no pensaba llevarme a visitar el ya bastante visitado Palacio de Sanssouci ni nada por el estilo, simplemente había alquilado una cabaña en cercanías de un lago, quería nadar y tener sexo todo ese fin de semana. Acepté de inmediato.

   Nunca había sido idiota, y en ese momento no alcancé a experimentar lo que se siente ser uno, sabía perfectamente que algo no encajaba bien, ese tipo de planes no eran algo típico en ella. Está perdidamente enamorada y ya ha comenzado a hacer tonterías o necesita que nos alejemos de la ciudad por algún extraño motivo, pensé. No me salió muy caro, económicamente hablando, darme cuenta que la segunda opción era la correcta. Durante ese fin de semana, mientras, efectivamente, teníamos sexo y nadábamos desnudos en un lago casi desierto, el investigador se encontraba vigilando de día y de noche la casa de Kit. No había mucho que perder, era barato.

   Llegamos a Berlín a eso de las 19 del domingo, estábamos bastante cansados y arrepentidos por haber despreciado de manera tan abierta al Dios Sol y haber paseado desnudos bajo él sin aplicarnos una gota de protector, nuestras quemaduras eran un pequeño castigo por todos los pecados que cometimos frente a su ardiente mirada. Kit insistió en que el taxi pasara primero por mi casa, por supuesto era la ruta más conveniente desde la estación, pero una mujer normal no actúa de esa forma, una mujer normal hubiese esperado que yo la acompañara a su casa. Pensé que tal vez pasamos mucho tiempo juntos durante ese fin de semana y ella necesitaba su propio espacio, yo no era la más grata de las compañías, para ella, un quejetas de primera.

   El informe del investigador no fue largo, ni siquiera tuvo que escribirlo, simplemente me dijo: "En cuanto partieron llegó un coche, tres hombres se bajaron, entraron en la casa y no salieron hasta varias horas antes de vuestro retorno". No quedaba duda, Kit me había llevado fuera de la ciudad porque necesitaba la casa para esconder a un hombre, el mismo al que había visitado aquél viernes. Las palabras del investigador no me sorprendieron mucho, me hubiese sorprendido más el saber que no hubiese pasado nada raro. Si Kit estaba prestando su propia casa para esconder a alguien era porque éste significaba mucho para ella, en ese momento llegué a estar bastante celoso e indignado, aún así, lo que me intrigaba era saber el por qué ese hombre estaba escondiéndose. En esos momentos una efímera hipótesis pasó por mi cabeza y se quedó impregnada en ella, haciéndose menos efímera a medida que pasaban los días: Kit había hecho algo en contra del gobierno de los Estados Unidos. Al menos tenemos otra cosa en común, pensé. 


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