miércoles, 20 de julio de 2011

Jueves


   Llegó un momento en el que pensé que sería imposible convencer a mamá de hacer lo que yo decía, estaba a punto de rendirme y Lena no ayudaba mucho, me decía que era lógico que una madre tomara esa actitud, que para la gente podría ser fácil abandonar a sus abuelos o padres en un asilo, dejar de visitar a un tío que lleva más de un año en coma, incluso echar a la suerte a sus amigos o primos que cometieron un delito y están tras las rejas, pero nadie abandonaba a su joven, sano y libre hijo. Que no se trataba de si mi madre se esclaviza o no en mí cuidado, de si dejaba ir a Roberto e interrumpía su felicidad, sino que ella estaba preparada para morir primero. 

   Finalmente mamá abandonó el pueblo. Bien dice Lena que las madres están preparadas para morir primero, pero también están preparadas para ver a sus hijos crecer, tomar sus propias decisiones y valerse por ellos mismos, así como nosotros estamos preparados para cambiar esa figura materna, en el caso masculino, por una compañera quién será la encargada de apoyarnos, cuidarnos cuando estemos enfermos y, por supuesto, regañarnos cuando nos quedemos hasta tarde con los amigos. Mamá asumió que tengo una vida en común con Lena y que nos la arreglamos bien, debe confiar en nosotros y nosotros debemos ser capaces de sobrellevar todo esto sin ningún tipo de ayuda, como lo que no somos, marido y mujer. Hicimos muchas cosas antes de que partieran. Lo primero fue, naturalmente, visitar las casas del pueblo diciéndole a todos que me iba a quedar a vivir aquí una temporada y que pudieran contar conmigo para lo que necesitaran. Es un pueblo no muy grande así que ya todos saben que no será sólo por una temporada.

   Después de que mamá y Roberto se marcharan aprovechamos para divertirnos mucho, tuvimos una luna de miel. No era la primera, estando en la universidad aprovechábamos algunas épocas libres de exámenes para pasar todo el fin de semana juntos, incluso después de que Lena se casara, lo diferente esta vez es que estábamos completamente solos, no había ningún Gunnar presente y no teníamos necesidad de volver a la realidad. Ahora, ella es mi realidad y yo la de ella. Nunca había disfrutado tanto el sexo, aprovechamos cada momento pues somos conscientes que, por mucho que nos tengamos, nada se repetirá. La enfermedad anda bastante rápido para mi gusto, está bien que decidí no resistirme pero aún así siento que los golpes son mucho más fuertes y afilados de lo que esperaba, ya es difícil seguirle los pasos.

   Al menos todavía puedo escribir, aunque con bastante esfuerzo. Para hoy todavía soy capaz de hacer algunos garabatos, que asumo como palabras, que después leeré a Lena, quién está haciendo una copia con su letra, un poco más legible que la mía, razón por la cual puedes entender algo. Opté por escribir algo bastante resumido pues no puedo hacer planes a mediano plazo, no con una sombra siguiéndome día y noche. Sacarle punta a un lápiz es algo que ya no puedo hacer, así que Lena antes de irse me deja varios lápices afilados, tratar de no romper las puntas antes de que ella regrese es otro reto. Será ella quién escriba directamente la última parte, algo que me pone un poco nervioso pues, aunque no tengo problema con que lea todo, el tenerle ahí esperando que se me ocurra la palabra precisa o decirle que olvide todo y vuelva a empezar, me incomodará.

   Sé que ya no le es tan fácil comunicarse conmigo, algo leve, pero la velocidad con la que avanzará todo es lo que me preocupa. No hay problema con que se me olviden ciertas cosas en determinado momento, recordándolas cuando ya no las necesito, el nombre de un objeto o de la amiga de mamá que vino esta tarde, o que a veces pierda el hilo de la conversación y tenga que preguntarle sobre qué hablábamos, pero el imaginar que dentro de uno o dos meses ni siquiera podremos tener una conversación razonable es algo que terminará por hundirla. No le escribo principalmente a un extraño de la ciudad que se animó a leer esto, le escribo al extraño que seré dentro de una semana, me escribo para poder recordarme cada día quién soy y que solía querer, para recordar que durante estos días he tomado decisiones que debo respetar. No creo que esta pérdida gradual de consciencia se deba a la enfermedad, como tampoco creo que en algunos casos se deba a la edad, la culpa, sin duda, es del silencio.


lunes, 18 de julio de 2011

Miércoles


   Fue un viaje tranquilo adornado con paisajes bellísimos. Normalmente venía a visitar a mi madre dos o tres veces al año, siempre solo, aprovechando el viaje para leer o escuchar música, nunca antes de ese día había admirado esos paisajes. Lena los disfrutaba también pues no despegaba los ojos de la ventana. Puede que fuera una excusa para pensar sobre qué pasaría cuando el autobús se detuviera, no había problema si era así pues tendría los mismos paisajes al menos una vez más. Cuando el autobús se detuviera yo empezaría una última vida, ella empezaría una difícil etapa en la suya. Hoy, evaluando un poco las cosas, creo que todo marcha bien, no puedo decir que somos plenamente felices, pero hemos aprendido mucho sobre la muerte, la soledad y el silencio. 

   Mamá y Roberto nos estaban esperando en la estación del pueblo. Sabía que estaban muy enamorados, sobretodo él, pero cuando imaginaba ese amor no pensaba que fuera tan hermoso. No recuerdo haberla visto tan feliz como aquél día. Mi padre murió cuando yo estaba muy pequeño y ella muy enamorada de él, mamá se dedicó entonces a criarme y a volcar sobre mí algo de ese inmenso amor que sentía por él. Siempre supo que no podía llenar ese vacío conmigo, pero mientras vivimos juntos nunca se involucró con ningún hombre. A veces me sentía fatal por haber demorado tanto en crecer, por no haber abandonado el pueblo a los diez años para que ella pudiera rehacer su vida, pero ahora, después de todo lo que ha pasado, creo que los dos fuimos bastante justos.

   Cuando le conté sobre mi viaje le explique solamente que necesitaba un tiempo para descansar. Ella sabía que había estado consultando al Dr. Andergast pero yo le resté importancia al asunto, tampoco hubo tiempo de decirle que Lena me acompañaría. La relación entre ellas siempre la he calificado de cordial, mamá desde el principio supo todo sobre nuestro perfecto triángulo amoroso y, a pesar de no ser tan liberal, lo aceptó pues siempre ha puesto por encima de cualquier cosa todo lo que Lena ha hecho por mí, es más, después de nuestra llegada empezó a quererla como a una hija. Lo que yo no imaginaba es que ella también tuviese grandes anuncios por hacer. Al bajar del autobús sentí todo el peso de mi enfermedad, pude verme desde un punto muy lejano y no me gustó para nada, estaba delgado, pálido y cansado, guardaba las esperanzas de que mamá no me viera con ese aspecto, no fue así, nunca se puede engañar del todo a una madre. Ella supo disimular su asombro y prometió esforzarse para que pudiera reponerme mientras estuviésemos en casa.

   La cena de aquella primera noche fue bastante especial. Roberto intentó seguir al pie de la letra las recetas de mi abuela, nada mal, al principio me confundieron un poco pero cuando llegó el postre comprendí que no había sido mamá quién había cocinado. Es el hombre ideal. Tiene un trabajo bastante estable y bien remunerado, es buen parecido, divertido, amable, caballeroso y lo más importe, ama a mamá. La verdad es que me agradó sin hacer ningún esfuerzo. Después de la cena pasamos a la sala a tomar un poco de vino, Roberto tomó la palabra y expresó lo contento que estaba de conocerme y de saber que pasaría algunos días con nosotros, también nos contó algo que mamá ya sabía, que lo habían trasladado a otro país y tenía pensado llevársela, no sin antes pedir mi bendición para casarse con ella. Llevaban más de un año de relación y ella no había aceptado vivir con él hasta que yo les diera el visto bueno.

   Lena y yo quedamos mudos el tiempo suficiente para incomodarles. Nada me hacía más feliz que ver como mamá había decidido borrar el recuerdo de papá y seguir adelante, como abandonaba el pueblo y se encaminaba a conocer algo de mundo con una persona fantástica, nada mejor que sentirme adulto por primera frente a ella. Lo primero que sentí fue envidia y pena por no ser yo quién estuviera en esa situación, anunciándole mi matrimonio con Lena y confirmándole que pronto sería abuela, después me sentí terrible al pensar que mi enfermedad pudiera ser un inconveniente para ellos. Lena supo cómo romper el incómodo hielo diciendo que todo le parecía estupendo, incluso intento ser graciosa diciéndole a mamá que cuidaría muy bien de su chiquillo. Roberto rió un poco pero mamá tenía la mirada baja, entendía mi silencio como un desacuerdo y empezaba a dudar sobre su decisión, así que me puse de pie, la tomé de las manos y le hice prometer que partiría con Roberto y sería feliz sin importar lo que dejara atrás, sin importar lo que pasara conmigo.


sábado, 16 de julio de 2011

Martes


   Hacía mucho calor el día que el Dr. Andergast se animó a explicarme todo. Yo no sabía, ni sé, el significado de todas las palabras técnicas que usó, pero pude entender por su rostro la magnitud de mi problema. Hacía demasiado calor para pensar claramente lo que tenía que hacer: seguir un tratamiento costoso, en cuanto tiempo y dinero, que no aseguraba nada pero que al menos me daba un poco de esperanza o dejar que la fuerza de la naturaleza actuará sin ningún tipo de oposición. Cuando el calor bajó pude decidirme por la segunda opción sin dudas importantes. No se lo consulté a nadie, poco me importaba en esos momentos lo que llegaran a pensar mamá, Lena o incluso mis amigos, yo sería el directo implicado, sobre mi caería el peso de aquella decisión. No fue problema convencerlos, les hablé con el mismo tecnicismo del Dr. Andergast, les mostré las mismas cifras y los mismos porcentajes de efectividad del tratamiento.

   No fue fácil empezar a concluir todo lo que había empezado en la ciudad. Demoré algo de tiempo en convencer a uno de mis amigos para que se hiciera cargo de Ren y Rin, mis dos perros. Él tenía la idea de conservar sólo uno pero yo no quería separarlos, son hermanos, habían estado siempre juntos y a mi lado, quería que el daño fuese menor. Vendí las cosas del apartamento y con eso pude pagar algunas deudas, regalé la ropa que ya no me sería útil, cancelé todas mis tarjetas y suscripciones. Parte sencilla todo eso, lo difícil sería hablar con mis amigos. Éramos un grupo muy unido, nos queremos extrañamente, ninguno podía imaginarse lejos de los demás ni de la ciudad. En nuestra última noche juntos nos reunimos en el apartamento de Halvar, normalmente todas aquellas reuniones caseras eran en mi apartamento por ser el más central, pero ya lo había entregado, así que para evitar que todo fuese más extraño les hablé después de haber bebido y cantado como de costumbre. 

   Minutos después de haberles contado todo, el silencio estaba ahogándome. Nadie quería romperlo, ni siquiera yo que era a quién más incomodaba, no podía escuchar ni sus respiraciones. Cerré los ojos y traté de irme acostumbrando a lo que sería mi vida después de esa noche, silencio y más silencio. Lena fue la primera en hablar, en regañar, para ser más preciso, estaba muy enfadada por haberla mantenido al margen de todo, por no haber confiado lo suficiente en ella como para confesarle lo grave de mi problema. Parloteó hasta quedar sin energías, luego, repitió calladamente que no podía dejarla, que moriría sin mí, me abrazó y no volvió a hablar hasta que me acompañó a un pequeño hotel cerca de la estación de autobuses. Mis amigos se tornaron viejos y cansados, noté por primera vez el paso de los años sobre nosotros, ya estábamos lejos de ser unos jóvenes, incluso algunos ya se acercaban a los treinta. Compramos otras dos botellas, volví a cantar algunas canciones que significaban mucho para nosotros y recordamos intensamente todas los momentos futuros que no íbamos a poder compartir. 

   Camino al hotel traté de sacarle alguna palabra a Lena, pero me fue imposible, estaba bastante meditativa y elevada mientras yo moría de curiosidad por saber que pensamientos danzaban en su cabeza. Sus palabras fueron bastante fuertes, al principio un golpe devastador, no veía por ningún lado a aquella mujer fresca y centrada de la cual me había enamorado años atrás, después se fueron convirtiendo en una especie de cuento infantil sin moraleja clara, para luego, simplemente, retornar a la frescura habitual, esa que me despertaba los días en que su esposo estaba fuera de la ciudad o demasiado ocupado para notar su existencia. No volvería a verla como aquella noche, no se volverían a quebrar sus nervios de acero. No pude oponerme a nada de lo que me dijo, me impuso su decisión tal y como yo les había impuesto a todos la mía, juró acompañarme hasta el último momento y cuidar de mí sin importar que ella se muriera en el intento. Al otro día partimos hacia acá, tomó de su casa tan sólo una pequeña maleta y dejó en la mesa una nota mucho más pequeña para Gunnar. 

   La conocí un poco después de empezar la universidad. Siempre ha sido bastante sociable y suele conocer personas en todas partes, en cada fiesta solía llegar con tres o cuatros nuevos amigos, fue ella la que poco a poco dio forma a nuestro estupendo grupo. Inteligente y decidida, alejada totalmente de las chicas de este pueblo, un poco anticuadas y futuristas. Puede lograr todo cuanto quiera, no sólo me convirtió en lo que soy ahora sino que hizo que me enamorara de su creación, además, logró que me enamorara de la ciudad al mismo ritmo que me enamoraba de ella, mis dos grandes amores. Gunnar y yo, los suyos. En esa última noche pensé que, de alguna manera, yo había ganado, Gunnar logró llevarla al altar pero seré yo quien realmente esté con ella hasta que la muerte nos separe.


viernes, 15 de julio de 2011

Lunes


   Todo es encantadoramente fresco: los autos, la gente caminando de prisa, las luces y los grandes anuncios, el amor que se representa en cada semáforo. Nací en el campo pero ahora todas estas cosas son naturales para mí, no los arboles ni las rocas ni los riachuelos que tanto había visto en mi adolescencia. El caos que presenciaba en el día a día de la ciudad es mi naturaleza. En algún momento cambié los arboles por rascacielos, las rocas por una multitud andante y desesperada, y todos aquellos hermosos riachuelos por amor y libertad. Las melodías de mi alma brotaban con cada despertar y se iban transformando mágicamente en el transcurso del día, las movía el ruido, el denso aire y los escandalosos colores que ya hacen parte de mi cuerpo.

   Nada en aquella linda ciudad me inspira muerte. Quiero guardarla para siempre en mi mente como un lugar vivo y feliz, por eso no pude seguir allí. No todos tienen la oportunidad de elegir donde morir, yo pude y, gracias a eso, todavía me siento tocado por el cielo. Creo que la ciudad me lo agradecerá algún día, tal y como mis amigos, supongo, lo han hecho, pues no hay nada peor que cargar con un estorbo en un lugar que debe ser dinámico. No puedes hacer que tu lento andar detenga la rítmica marcha de unas bien abrigadas y estresadas almas, tampoco limitar los planes de las personas que te quieren, no sin sentirte mal. Para mis amigos soy un lindo recuerdo que prefirió desaparecer lentamente en un lugar más acorde para su condición. 

   Fue rápida la forma como me integré a la ciudad, pareciera que me hubiese estado esperando para empezar todas las aventuras de las cuales fui un orgulloso protagonista. El proceso me lo guardo para mis días de lecho cuando esta enfermedad se haya apoderado un poco más de mi cuerpo y no tenga más que hacer sino vivir de mis recuerdos. Cuando tuve que abandonar mi alma allá empezaba una aventura como cantante, después de haber terminado la universidad, tenía una divertidísima pandilla de amigos, una amante, dos perros y una casera que me adora, no podía lograr más en tan poco tiempo. Nunca pensé que tuviera que detener mis procesos, ni siquiera acelerarlos, pero ahora estoy de nuevo en el pueblo y sé que no me queda mucho, así que he podido planificar un poco lo que quiero hacer mientras huyo, esta vez no de la ciudad o del pueblo, de todo.

   Los atardeceres acá son bonitos, lástima que a esa hora siempre esté haciendo un poco más de calor, sin dejar de ser bastante estremecedores. En la noche llega aquella tranquilidad que tanto me enloquece, no puedo escuchar nada más que los ruidos que hacen algunos animales afuera y, en algunos casos, dentro de nuestra propia casa. Solía escribir en las noches, pues nunca he sido de los que se van temprano a la cama, pero todo lo que escribía carecía de valor, no me gustaba para nada. Quiero escribir sobre mí y nadie más, pero en las noches mis relatos me reservaban sólo un puesto de actor de reparto, buscándole protagonismo a mi madre, a Lena o a cualquier conocido que tuviese mi mente cerca. Bien, en estos momentos es de día y hasta ahora me gusta lo de arriba. Soy consciente que no todo debe gustarme, escribiré sobre mí, sobre ciertas cosas que han pasado y pasarán en mi vida.

   En las mañanas le ayudo a Lena con algunas cosas casa, leo un poco y salgo al jardín a recibir el sol. Las mañanas son bastante largas en este pueblo, a veces mientras recibo el sol siento un poco de pena por Lena, ella no tenía que abandonar la ciudad, no tenía que hacer tal sacrificio por mí. Aunque, cada vez que este sol me toca doy gracias al cielo por haber permitido que ella cometiera esa locura y esté ahora a mi lado. Los dos nos hemos sacrificado por amor, sin duda, no por la misma clase de amor pues su sacrificio tiene una fecha exacta de culminación, el mío no. Las tardes son un poco menos movidas: suelo recibir una o dos visitas de algunas de las amigas de mi madre y escribo hasta que Lena vuelve de ayudar en el local de una agradable anciana, trabajo que aceptó más por no morir de aburrimiento que por dinero. Al regresar, me da un tierno beso, comemos algo y hablamos toda la noche. Me hace sentir que realmente es feliz.