¿Recuerdas lo que nos dijimos por primera vez en aquél tren? Estábamos en el bar. Todos los pasajeros de nuestro coche estaban en el bar. Hacía tanto frío que todos queríamos una copa. El tren no avanzaba tan rápido como quisiéramos, así que nos había dado tiempo para beber un poco más de lo necesario para calentarnos. Aunque estuvimos hombro a hombro todo ese tiempo en la barra, solamente cruzamos palabra en el momento en que me levanté para ir a mi dormitorio.
-¿Te vas tan rápido? ¿Con quién voy a tomar ahora? -dijiste.
Yo me quedé de piedra y volví a sentarme a tu lado. Te miré, pedimos otros tragos y brindamos por el frío enloquecedor que hacía. Hablamos sobre los vientos de guerra y sobre lo peligroso que se había vuelto el continente. En un momento dado te montaste en un taburete y comenzaste a imitar al nuevo canciller, todos estaban riendo, el frío se había olvidado de nosotros. Cuando llegamos a la estación, fuimos a un lugar cercano y seguimos hablando y tomando hasta bien entrada la mañana. Al medio día fuimos a tu casa. Yo quería cambiarme de ropa y tú fuiste a la cocina a prepara algo de comer. Cuando salí del baño te encontré desnudo frente a mí.
Yo tenía que volver a la estación. Esa ciudad no era mi lugar de destino, sólo me había bajado porque tú lo habías hecho. No podía siquiera respirar, mi corazón estaba enloquecido. Te acercaste lentamente hacia mí y empezaste a besarme mientras abrías la bragueta de mi pantalón, todo tan lento. Cuando por fin liberaste mi pene, dejaste de besarme y acercaste tus labios a mi oído derecho.
-¿Quieres quedarte conmigo? -susurraste.
Yo no pude responder nada. Aún seguía sin respirar. Mi pene nunca había estado tan hinchado. Bajaste hacia él y lo oliste mientras tus ojos se llenaban de locura. Te lo llevaste a la boca y empezaste a succionarlo ya no con la lentitud con que antes me besabas pero si con la misma paciencia. Yo pasé de cero respiración a jadear como un animal herido, mis piernas temblaban, sudaba como un condenado. Cuando estaba a punto de eyacular, subiste rápidamente a besarme mientras tu mano seguía el trabajo. Mi semen estaba por todos lados, subiste uno de tus dedos y empezaste a lamerlo de forma lasciva. Me besaste profundamente, procurando que el sabor quedara por todos lados. Luego empezaste a besarme lentamente como al principio, mientras guardabas mi pene y cerrabas la bragueta. Te acercaste de nuevo a mi oído y repetiste tu pregunta.
Desde ese día has tenido control total sobre mis movimientos. Desde ese día soy uno de tus estúpidos reclutas. Desde ese día soy feliz.
-¿Quieres quedarte conmigo? -susurraste.
Yo no pude responder nada. Aún seguía sin respirar. Mi pene nunca había estado tan hinchado. Bajaste hacia él y lo oliste mientras tus ojos se llenaban de locura. Te lo llevaste a la boca y empezaste a succionarlo ya no con la lentitud con que antes me besabas pero si con la misma paciencia. Yo pasé de cero respiración a jadear como un animal herido, mis piernas temblaban, sudaba como un condenado. Cuando estaba a punto de eyacular, subiste rápidamente a besarme mientras tu mano seguía el trabajo. Mi semen estaba por todos lados, subiste uno de tus dedos y empezaste a lamerlo de forma lasciva. Me besaste profundamente, procurando que el sabor quedara por todos lados. Luego empezaste a besarme lentamente como al principio, mientras guardabas mi pene y cerrabas la bragueta. Te acercaste de nuevo a mi oído y repetiste tu pregunta.
Desde ese día has tenido control total sobre mis movimientos. Desde ese día soy uno de tus estúpidos reclutas. Desde ese día soy feliz.