Dulcísimo encanto, quiero saber si serás tan amable de acompañarme a un lugar bastante alejado de tu morada, insípidamente adornado, un poco frío, mal iluminado, sin ninguna ventaja aparente. Quiero saber si puedes venir con poco equipaje pues el camino no es sonriente, ya conseguiríamos algo más cuando la marcha se haga rítmica y natural. Dime si tienes algún inconveniente en comer de mi mismo plato, o de algún objeto que se le asemeje en forma y significado, dime si simplificarías junto a mí tal necesaria acción. Dime, amor mío, si intentarás amarme como yo a ti, si te interesa pasar el resto de tus sueños junto a mí y si olvidarás completamente este mundo fútil, vanidoso y estúpido. Dime de una buena vez, por amor a tu máximo dios, cuántas cartas similares a ésta debo escribir para que te dignes en responderme o tan siquiera en asomarte a la ya oxidada ventana.
Un pequeño rincón que me desborda la imaginación, me agita el corazón y agiliza mis muñecas para crear fantásticas historias y excéntricos personajes.
martes, 27 de diciembre de 2011
lunes, 26 de diciembre de 2011
69
Sus graves ojos y su verde voz siempre están presentes en el fétido aire donde flotan mis pensamientos, sus manos rozan mis ácidos pezones con una arritmia legendaria, sus cabellos asemejan delgados y rocosos riachuelos que se desbordan naturalmente. Todo él es un líquido penetrante y ágil que desciende por mi cuerpo y se instala descuidadamente en uno de mis poros, yace allí sin ninguna restricción, muere allí, vive allí. Le hago una sola pregunta que lo evapora al instante, lo vuelve nada, lo vuelve dios y lo esconde tras las calurosas hojas de mis desaliñados libros. Lo busco allá en medio de mis ensueños y me prometo siempre no dejarlo escapar de nuevo, quiero que se pose en todos mis poros al mismo tiempo, ruego por acallar mi curiosidad. Logro juntarle y con una mirada negra me responde, y se responde: soy real.
martes, 20 de diciembre de 2011
Confesiones...Blanco
Una pared adornada con diferentes cebollas. No tan literales como en esas tiendas de vecindario tan comunes y grotescas sino bellamente, pintadas tal vez por una ama de casa inspirada y, debo admitirlo, talentosa. No lo pregunté, hubiese sido algo más que embarazoso. Al llegar, el padre preguntó por mi desayuno, mentí, como siempre, simplemente no me gustaban las comidas tempranas. A pesar de ser un buen madrugador, algunas partes de mi cuerpo se tomaban su tiempo para arrancar con sus labores. Lo complací aceptándole una taza de café. Me senté a esperar a la hija mientras él me contaba sobre la última complicación de su madre y las locuras del clima por esa época. Al notarme un poco ausente optó por retirarse, anotando antes que me haría llevar el café en cuanto empezara la clase.
Aquél extranjero me había contactado dos semanas atrás, llevaba algunos años haciendo negocios en nuestro país y por fin había convencido a su familia para mudarse. Me daba la impresión que lo habíamos seducido por completo, era, sin duda, un perfeccionista, y aunque no creo que odiase a su país, si era muy consciente de su pobreza cultural. Por eso me había contratado, quería que su hija no sólo conociera y comprendiera sino que también amara nuestras costumbres, nuestra finísima cultura como lo expresaba él. A ella no le disgustaban sus planes.
Ese sería mi segundo encuentro con la niña, en el primero, que se pareció más a una cita, hablamos un poco para conocernos y establecer un plan de trabajo que satisficiese a los tres, también para indagar un poco sobre los conocimientos que ella ya tenía y, por que no decirlo, sobre su relación con el padre.
Ese sería mi segundo encuentro con la niña, en el primero, que se pareció más a una cita, hablamos un poco para conocernos y establecer un plan de trabajo que satisficiese a los tres, también para indagar un poco sobre los conocimientos que ella ya tenía y, por que no decirlo, sobre su relación con el padre.
Siempre la traigo a colación como niña aunque realmente tenía 16 años para esa fecha, yo contaba ya con 24. Cuando apareció le regalé una abierta y sincera sonrisa. Tenía una energía que de alguna manera desbordó mis expectativas. Ella sonrió más tímidamente y se dirigió de inmediato al estudio haciéndome una delicada seña para que la siguiera. Nos encontramos sentados y sin pronunciar ninguna palabra, nos mirábamos con curiosidad, no habíamos establecido un acuerdo sobre quién debía empezar primero a hablar, así que, creyendo que de alguna manera no había otra opción, empecé yo, no muy propiamente, eso sí, tan sólo para preguntarle de qué quería hablar o qué quería saber. Las nuestras no serían unas lecciones convencionales, casi que me pagaban por ser su amigo nativo sabelotodo.
Nuestra conversación ya tenía un ritmo bastante fluido y casi que en el punto que considero perfecto cuando su empleada apareció con una pulcra e inmaculada taza de café, al parecer se tomaban nuestra cultura en serio, tenían a una auténtica mucama, con uniforme y todos los demás adornos, aunque en realidad la modelo no llevaba su traje con mucho garbo. Aquél traje no iba con ella, imaginé que había puesto un grito en el cielo cuando el jefe le propuso usarlo, pero seguramente fue un grito que sólo escuchó ella. Somos muy complacientes con algunos extranjeros. Preguntó cortésmente si requería algo más. Fue una pregunta casi que rutinaria, estaba en medio de una conversación, no podía necesitar nada más. Su expresión no fue rutinaria, estaba realmente esperando, ansiando una respuesta, yo sólo le di una mirada rápida mientras le agradecía por su amabilidad, pero para ella eso no fue suficiente, se quedó ahí, observándome. Estaba dispuesto a ignorarla y seguir nuestra charla pero la niña, con más modales que yo, le dijo que no necesitábamos nada más por el momento y que no dudaríamos en llamarla si se presentase tal circunstancia.
Eran demasiadas cebollas. Le di un pequeño sorbo al café mientras las observaba una vez más y escuchaba lo que la niña me contaba, iba de un viaje que haría próximamente. Lastimosamente la mucama había estropeado la conversación y fui incapaz de volver a llevarla al punto en el que estábamos, así que le pregunté a mi acompañante sobre sus planes cercanos, qué quería conocer y durante cuánto tiempo. Le sugerí algunos sitios y en algún momento debimos cambiar de tema pues subió a su habitación a buscar un libro que quería enseñarme, no recordaba el nombre del autor o fue a mí a quien falló la memoria, el caso es que queríamos confirmar el autor y la editorial. Terminaba ya el café cuando le eché otro vistazo a las cebollas, esa vez vi algo diferente, vi unos ojos. Seguí mirando el cuadro hasta que la imagen se volvió más limpia.
La mucama estaba mirando fijamente mi espalda, mis movimientos al tomar lo que quedaba de café, mi lenta y tensa respiración. En ese momento comprendí que no era la primera vez que esos ojos se clavaban en mí.
La mucama estaba mirando fijamente mi espalda, mis movimientos al tomar lo que quedaba de café, mi lenta y tensa respiración. En ese momento comprendí que no era la primera vez que esos ojos se clavaban en mí.
lunes, 19 de diciembre de 2011
Miedo
Temo que puedas ser lo que siempre he buscado, temo no estar preparado para algo tan lejano a un espejismo, temo más que seas la continuación de la compleja agonía que me hace desesperar y me arrastra hasta los coloridos fragmentos del vacío. Temo sólo durante un pequeño instante, cuando no estás a mi lado. Temo bellamente, muero en la tranquilidad de mis indecisiones y fantasmas, lloro en el pesado silencio de tu pasión, temo en notas altas y un poco desafinado, tiemblo por el frío de mi estupidez, temo estar odiándote como odio a todo lo que cae delicadamente sobre mi espalda.
miércoles, 14 de diciembre de 2011
J
Llegué a pocos pasos de la luna y gasté mucho más de una fortuna tratando de encontrarte. Aparecías siempre en mis sueños en una imagen bastante clara y nítida, tanto que no parecías una añoranza del subconsciente sino un recuerdo simple y burdo que pudo haber sido generado al pasar por una tienda de simplicidades o al haber viajado en autobús, aparecías en un plano bastante cercano, casi podía tocar tus labios con mi nariz, estabas siempre inhumanamente callado aunque tu rostro era bastante expresivo. Me decidí entonces a buscarte, partí un día cualquiera sin más, no tenía nada que dejar atrás, nadie me extrañaría, ni siquiera tenía deudas, partí, esencialmente con mis sueños. Una ventaja a mi favor era que aparecías algunas veces triste o con frío, tu cabello se movía, estabas cansado, alegre o excitado, tu expresivo rostro variaba constantemente, me dio pues por creer que en mis sueños se reflejaban tus verdaderas emociones, empecé a buscarte en las playas, en los bares de quinta y en las zonas frías de los supermercados. Vagué durante muchísimo tiempo, el mundo cambió bastante mientras te buscaba, se levantaban muros, se quemaban ferrocarriles llenos de comida, la gente se escondía o decidía morirse, en algunos lugares era bastante caótico y confuso, me asustaba que esto hiciera más difícil el encontrarte.
Un buen día, bastante lejos ya de donde había iniciado mi cacería, te soñé en un plano distinto. Estabas en una habitación bien alumbrada, sin más decoración que dos mesas y una pequeña butaca de madera, una de las mesas estaba al frente de la butaca y la otra a un costado, en esta última tenías un millar de cartas, sus sobres variaban en tamaño, color y textura. Después de un acercamiento hacia lo que me parecía una estática figura, noté que estabas concentrado leyendo una de las cartas, más que eso, creo que la terminabas y volvías a empezar o simplemente meditabas con ella en las manos. En esos momentos me surgió una importante duda, ¿Dónde acomodabas las cartas que ya leías? En la mesa hubiese sido imposible, así que concluí, espero que no erróneamente, que la carta que leías tenía que ser forzosamente la primera o la última, concluí también que esa carta tenía que ser mía pues haces partes de mis sueños, no podría pertenecer a nadie más.
Tuve otro acercamiento y pude ver tu nombre escrito en los otros sobres, eso no ha ayudado mucho mi querido J. Al menos sé que bastará con mandar una carta en una sola dirección, el gran inconveniente es que me fijé demasiado en la carta y en tu rostro mientras la releías, ignoré completamente el sobre que yacía sobre la vacía mesa, no sé en qué sobre sepultar mi carta, no sé como harás entonces para reconocerla dentro de esa infinidad, por eso no la he enviado aún. He decidido entonces esperar a volver a verte en mis sueños, debe haber alguna pista, de pronto vuelvo a soñarte en la misma situación y recibiré la información que necesito, te siento ya tan cerca J. mio. Llevo dos semanas sin dormir por la emoción, ya sueño mientras camino o tomo una copa de vino, escribo soñando y sueño escribiendo, no apareces. A veces una ráfaga de miedo me atraviesa la espalda, dudas y dudas, bajo la cabeza, suspiro y pienso que seguramente te escribí la carta de tal forma, ya sea en un lenguaje que no puedes entender, con símbolos extraños a tus ojos o de una manera tan hermosa que todavía estás en esa habitación releyéndola.
Tuve otro acercamiento y pude ver tu nombre escrito en los otros sobres, eso no ha ayudado mucho mi querido J. Al menos sé que bastará con mandar una carta en una sola dirección, el gran inconveniente es que me fijé demasiado en la carta y en tu rostro mientras la releías, ignoré completamente el sobre que yacía sobre la vacía mesa, no sé en qué sobre sepultar mi carta, no sé como harás entonces para reconocerla dentro de esa infinidad, por eso no la he enviado aún. He decidido entonces esperar a volver a verte en mis sueños, debe haber alguna pista, de pronto vuelvo a soñarte en la misma situación y recibiré la información que necesito, te siento ya tan cerca J. mio. Llevo dos semanas sin dormir por la emoción, ya sueño mientras camino o tomo una copa de vino, escribo soñando y sueño escribiendo, no apareces. A veces una ráfaga de miedo me atraviesa la espalda, dudas y dudas, bajo la cabeza, suspiro y pienso que seguramente te escribí la carta de tal forma, ya sea en un lenguaje que no puedes entender, con símbolos extraños a tus ojos o de una manera tan hermosa que todavía estás en esa habitación releyéndola.
martes, 13 de diciembre de 2011
Dale
Te volveré a ver, hablaremos de nuevo y yo sentiré esa estúpida sensación de querer vomitar violentamente palabras cursis pero sinceras. Tomaremos un café, hablaremos de la academia, de nuestras familias y sueños, evitaremos hablar del pasado o de sexo, eso siempre te incomoda. Seguramente lloraré un poco, de alegría o nostalgia, no importa, pensarás que nuestra cita fue un error pero caerás en cuenta que sigo siendo el mismo chico débil que te abandonó. No me dejarás pagar tu café, alegarás tener mucho afán y dirás que sientes enormemente tener que irte o, para nuestra desgracia, te quedarás conmigo para siempre, consciente de que lo mejor hubiese sido no volver a verme.
sábado, 10 de diciembre de 2011
Insomnio
Te observo mientras duermes. Me quedo allí sin hacer ningún movimiento o ruido, observándote, cuidándote, quisiera poder estar en ese lugar y en tus sueños al mismo tiempo, aunque sería peligroso pues podrías despertar. Miro tu pecho, escucho tu respiración, debo tener la certeza de que aún vives. A veces pienso que uno de estos días se me olvidará comprobarlo y me quedaré observándote tan perdidamente que sólo el olor putrefacto de tu cuerpo en descomposición me hará huir. Quisiera despertarte para que me abraces pero sólo me amas mientras duermes.
jueves, 8 de diciembre de 2011
Recuerdo
Su huesuda y fría mano tocó mi rodilla desnuda, no sólo la tocó, la acarició suavemente, sin nada de fuerza, era casi una súplica. Yo me sorprendí un poco, muy poco en realidad, ya estaba bastante alerta. Observé sus dedos, su mano, los movimientos que hacía, ya no sobre mi rodilla sino también sobre mi muslo, estaba embelesado, sabía que tenía que hacer algo pues de lo contrario su mano llegaría hasta mi cuello. Así que la tomé con determinación, era tan frágil, podía quebrarla con un leve apretón. En vez de eso, la acaricié, casi como en respuesta a su súplica. Se la acaricié eternamente, dejé que su mano llegara libre hasta mi cuello, y no sólo hasta allí. Eso hice, eso hice muchas veces, no me arrepiento, en aquél pueblo sólo yo quería a los muertos.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)