Me encontraba totalmente rígida, con una expresión de terror en mi rostro, miraba fijamente hacia la pared, más precisamente, hacia La Madonna, aquel magnífico cuadro de Pinturicchio que llevaba años en mi casa. Era una copia, naturalmente, eso sí, una muy buena que me obsequió un admirador años atrás. Por un momento la gente que estaba a mí alrededor, incluyendo la mujer asesinada que no paraba de hablar y de adularme desde que nos habían presentado, se quedaron en silencio, observándome. No recuerdo mucho de eso, Señor Inspector, no creo que durante tanto tiempo hubiese estado observando el cuadro, vi a La Madonna durante un instante, pero después se abrió en el cuadro un pequeño túnel hacia el pasado que me dejó de una sola pieza. Por mi mente pasaban muchos pensamientos, me encontraba totalmente ausente de esa sala, no sentía algo así desde el día en que mi hijo vino al mundo. Para muchas mujeres el día del parto es una fecha hermosa e inolvidable, para mí, en cambio, fue el inicio de mi desgracia.
Una muerte larga y dolorosa comenzó para mí aquel día de septiembre cuando mi esposo, con el rostro empapado en lágrimas, me comentó sobre el estado del bebé: lo importantes es que está sano, dijo mientras se secaba las lágrimas. Sabía que esas palabras escondían algo horrible, algo espantoso que él no fue capaz de decirme en ese momento, que mi hijo era un retrasado. No tuve fuerzas para verle, no sé qué fue de él, la prensa nunca llegó a enterarse de esto pues mi esposo y mi agente dieron unas declaraciones afirmando que el niño había nacido muy grave y había muerto, y que naturalmente yo me encontraba muy deprimida como para aparecer ante ellos. Y era así, mi depresión fue constante e intensa por muchos meses. Mi esposo no aguantó ese duro golpe, algo totalmente comprensible, por eso cuando me pidió el divorcio se lo di sin ninguna objeción. Mi brillante carrera artística quedó congelada. Para aquel entonces era, como usted lo sabe, una de las mejores cantantes de ópera de la época, mi retiro, gracias a Dios, se había dado en lo más alto de mi carrera y eran muchos los que esperaban la fecha de mi retorno, incluso yo guardé fielmente las esperanzas de volver triunfante algún día.
Señor Inspector, usted no puede imaginar lo duro que fueron aquellos marchitos años para mí, incluso hoy todavía me es incómodo ver niños y llego a temblar de desespero si oigo el llanto de un bebé, inmediatamente salgo corriendo a un lugar donde aquel sonido no perturbe mis oídos ni carcoma mi ya maltrecho corazón. No me acercaría por nada del mundo a un hospital o a una persona que presente síntomas de cualquier enfermedad, aun así, con todos estos traumas, decidí continuar con mi vida. Hace dos años conocí a mi actual esposo, el Señor Radd, famoso director de orquesta quien con mucho esfuerzo y paciencia ha logrado convencerme para que vuelva a los escenarios, quiere montar una o dos óperas, consciente de que mi voz ya no es la misma de antes, pero considera que el público merece tan siquiera una digna despedida. Debido a sus planes, organizamos la fiesta en la cual ocurrieron los trágicos hechos que usted investiga. Quiero contarle mi versión de los hechos, si no quise entrevistarme personalmente con usted es porque no me era conveniente, es mucho mejor para mi escribirle lo que pasó ese día.
A la fiesta fue invitada mucha gente conocida por ambos, y otras no tanto pues, sabe usted, se trata de aquellas personas que son amigos de los amigos y que por regla general debemos considerar bienvenidos. La mujer asesinada era precisamente una de esas personas, era amiga de la asistente de mi esposo, a la cual le insistió mucho en venir, según ella, nos habíamos conocido años atrás y tenía muchas ganas de agradecerme lo amable que yo había sido en esos momentos. Bien, la ayudante de mi esposo me la presentó y aquella mujer empezó a contarme sobre aquella noche en la cual yo le firmé un autógrafo y permití que ella me diera un beso en la mejilla. Fue durante la guerra, se ofrecía un espectáculo en honor a aquellos valientes soldados y yo fui invitada a cantar, fue sencillamente encantador, aquellos hombres estaban eufóricos, realmente todos lo estábamos, la guerra entraba en su fase final y ya nos perfilamos como ganadores. La mujer trabajaba en el servicio de enfermería y, para esa fecha, se recuperaba de un brote de rubéola o sarampión alemán como lo llamábamos aquellos días, ya se encontraba bastante bien como para levantarse de la cama, aunque continuaba aislada pues era una infecciosa. Toda la vida fue gran admiradora mía, así que se levantó de la cama y logró colarse en el teatro gracias a que un pariente suyo era portero de aquel lugar. Todo el tiempo, mientras yo cantaba, ella estuvo escondida tras bastidores, así que cuando salí del escenario me saludo, le firmé un autógrafo y ella, abruptamente, tal vez por la emoción, me dio un beso en la mejilla.
Todo esto me lo contó en la fiesta de una manera impresionante, estaba totalmente emocionada y recordaba cada detalle, lo que canté y hasta el vestido que tenía puesto aquel día. Lo extraño es que yo también empecé a recordar todo eso, ella no hacía más que hablar y hablar y yo estaba cansada de tanta adulación cuando de repente mire al cuadro, quedé totalmente impactada al ver La Madonna, la imagen de una madre amorosa que lleva en sus brazos un niño feliz. Sus palabras quedaron retumbando en mis oídos: “…luego, usted me firmó un autógrafo y me permitió besarla, entiende, besarla..”. Nunca, antes de eso, pude saber en qué momento de mi embarazo contraje rubéola, la causa de la enfermedad de mi hijo.
¿Entiende lo que digo Señor Inspector? Su simple beso fue mi condena. Por haber sido un acto tan inocente, medí muy bien lo que iba a hacer con ella, no quería que sufriera, borrarla de este mundo fue algo desesperado que hice pensando que tal vez, si ella no estaba, todo hubiese ocurrido bien y yo sería feliz. Por eso no me decidí ni por una puñalada ni un tiro directo en la cabeza, no, simplemente envenené su copa. Mientras el veneno hacia efecto yo fui sumamente amable y cariñosa con ella, quería que muriera contenta, tranquila.
Señor Inspector, ésta es mi declaración. Quiero pues que detenga sus investigaciones y me tome a mí como única responsable de este asesinato, no intente correr después de leer ésta carta, no pienso escapar, para cuando esta carta llegue a sus manos yo estaré muerta.
Suya, Heather
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