Desde que tenía fobia a las miradas y afición a los sonidos, decidió hacer de su vida un retrato a oscuras. Su presencia en aquella calle en la que todos se conocían era una simple silueta ocasional a través de una cortina blanca. Los pequeños jugaban al cruzar la calle y callaban al pasar por su puerta mientras que los más grandes reían y susurraban desafiantes frente al matorral ocre de su jardín, como si esto le importara, aquello parecía más bien el luto de alguien que no había muerto.
El seco, sucio y
oscuro callejón a espaldas de la casa era un cómplice que lo resguardaba
al salir a sus caminatas espontáneas en compañía de su grabadora en busca de
resonancias raras en el silencio de la noche. Parecía invisible. Con éxito
lograba hacer que un cuerpo tan notorio como el suyo se inmiscuyera entre la
gente, evitaba preguntar, daba las gracias cuando era necesario y su
indumentaria era neutral, puesto que lo neutral a su parecer no es
notorio.
Aquel día en el que el virus imprimió su tajante huella sobre todo lo que
parecía dado por hecho, Manuela, una fantástica y laboriosa “infectadora” por
naturaleza decidió emprender su cruzada por emancipar lo que no estaba dado por
hecho, y tras esa puerta y esa descuidada casa de su frente se hallaba su
primer objetivo. Después
de los fallidos intentos de golpear, gritar y dejar recados bajo la puerta, se
despertó en ella esa chispa, ese espíritu infantil que hacía que en su infancia
se trepara en los arboles a alcanzar los frutos que otros niños miraban con
antojo desde abajo, se saliera con la suya.
Cuando por fin se escabulló por la ventana, calmó la ansiedad o más bien
la curiosidad que la atormentaba e inmediatamente en su mente se
desvanecieron las mil y un locuras al respecto de aquél incognito. Pasó toda la
noche mirando y tocando la cosas extrañas que en ese lugar le causaban gracia y
cuando el cansancio le conmovió se tendió en un tapete por mínima señal
de respeto, ya que su arrogancia era la única razón para invadir allí.
Manuela dormía cuando Manuel entró acompañado del silencio, su mejor
amigo; asombrado por sus ronquidos, se sentó riesgosamente en el piso con su
grabadora a sacar ventaja de una oportunidad tan única y algo tan nuevo para
él. Caminando y contemplando semejante rareza, el sonido se volvió contra
él cuando por un tropiezo provocó la reacción que tanto temía, Manuela abrió
sus ojos y de inmediato se enfocó en los de él, provocando en este tal
desequilibrio que su cuerpo se congeló, sus extremidades parecían líquidas, sin
control, su color se tornó en todos los tonos posibles y de repente en cuestión
de poco tiempo yacía tendido en el piso sin poderse controlar. Manuela,
horrorizada ante tal reacción, gritaba por ayuda pero
aquello era inútil en semejante fortaleza, de repente se lanzó sobre su cuerpo
indefenso y lo apretó fuertemente para calmar el shock, para controlarlo,
para volverlo en sí. Manuel, recibiendo aquel contacto tan innecesario e
ilógico a su parecer, inmerso en el asombro, vio como su cuerpo se
estabilizaba como cuando una pelota se detiene, o cuando un niño deja de
llorar. La calma volvía con aquel abrazo que en su cotidianidad siempre había
evitado, pero combinaba en perfecta armonía con las imparables palabras que
salían y salían de la boca de aquella mujer.
César
Ortega. 2012