domingo, 26 de agosto de 2012

PROYECTO MANUEL

   
   Desde que tenía fobia a las miradas y afición a los sonidos, decidió hacer de su vida un retrato a oscuras. Su presencia en aquella calle en la que todos se conocían era una simple silueta ocasional a través de una cortina blanca. Los pequeños jugaban al cruzar la calle y callaban al pasar por su puerta mientras que los más grandes reían y susurraban desafiantes frente al matorral ocre de su jardín, como si esto le importara, aquello parecía más bien el luto de alguien que no había muerto.

   El seco, sucio y oscuro  callejón a espaldas de la casa era un cómplice que lo resguardaba al salir a sus caminatas espontáneas en compañía de su grabadora en busca de resonancias raras en el silencio de la noche. Parecía invisible. Con éxito lograba hacer que un cuerpo tan notorio como el suyo se inmiscuyera entre la gente, evitaba preguntar, daba las gracias cuando era necesario y su indumentaria era neutral, puesto que lo neutral a su parecer no es notorio. 

   Aquel día en el que el virus imprimió su tajante huella sobre todo lo que parecía dado por hecho, Manuela, una fantástica y laboriosa “infectadora” por naturaleza decidió emprender su cruzada por emancipar lo que no estaba dado por hecho, y tras esa puerta y esa descuidada casa de su frente se hallaba su primer objetivo. Después de los fallidos intentos de golpear, gritar y dejar recados bajo la puerta, se despertó en ella esa chispa, ese espíritu infantil que hacía que en su infancia se trepara en los arboles a alcanzar los frutos que otros niños miraban con antojo desde abajo, se saliera con la suya.

   Cuando por fin se escabulló por la ventana, calmó la ansiedad o más bien la curiosidad que la atormentaba  e inmediatamente en su mente se desvanecieron las mil y un locuras al respecto de aquél incognito. Pasó toda la noche mirando y tocando la cosas extrañas que en ese lugar le causaban gracia y cuando el  cansancio le conmovió se tendió en un tapete por mínima señal de respeto, ya que su arrogancia era la única razón para invadir allí.


   Manuela dormía cuando Manuel entró acompañado del silencio, su mejor amigo; asombrado por sus ronquidos, se sentó riesgosamente en el piso con su grabadora a sacar ventaja de una oportunidad tan única y algo tan nuevo para él. Caminando  y contemplando semejante rareza, el sonido se volvió contra él cuando por un tropiezo provocó la reacción que tanto temía, Manuela abrió sus ojos y de inmediato se enfocó en los de él, provocando en este tal desequilibrio que su cuerpo se congeló, sus extremidades parecían líquidas, sin control, su color se tornó en todos los tonos posibles y de repente en cuestión de poco tiempo yacía tendido en el piso sin poderse controlar. Manuela, horrorizada ante tal reacción, gritaba por ayuda pero aquello era inútil en semejante fortaleza, de repente se lanzó sobre su cuerpo indefenso y lo apretó fuertemente para calmar el shock,  para controlarlo, para volverlo en sí. Manuel, recibiendo aquel contacto  tan innecesario e ilógico a su parecer, inmerso en el asombro, vio como su cuerpo se estabilizaba como cuando una pelota se detiene, o cuando un niño deja de llorar. La calma volvía con aquel abrazo que en su cotidianidad siempre había evitado, pero combinaba en perfecta armonía con las imparables palabras que salían y salían de la boca de aquella mujer.


César Ortega. 2012


domingo, 15 de julio de 2012

Domingo


   Había un joven pescador, bastante atractivo, romántico y con gran gracia para el baile, todas las muchachas estaban enamoradas de él. Cuentan los más viejos que un día salió a pescar como de costumbre, río abajo, sólo, tarareando las canciones que componía. Se despidió de su prometida y en el camino enamoró a una diabla que rondaba por esa zona. La diabla, hechizada por su encanto, viéndose tan sola y fría, hizo de todo para retenerlo. Hasta hoy, para oídos de los más viejos, se escuchan los llamados y maldiciones de la prometida esperando que la diabla se lo devuelva.

   Todo debía ser mágico, cada acontecimiento, cada muerte. Algo bonito que se ha perdido. Y así, junto a esa, hay otras historias de jóvenes que morían no por la guerra o por odiosas enfermedades, sino por amor, desesperanza, por ver demasiado tiempo a la luna o por castigo divino. Hace pocos años unos conocidos de mi madre murieron por culpa de una gallina. Se habían ido de parranda a un pueblo vecino, estando allí, dice mi mamá, de alguna manera ofendieron al Dios de aquella época pues de camino al pueblo se encontraron, en diferentes puntos de la carretera, a una gallina tan roja como el alma del diablo, cada vez más grande y roja. La última vez que se la encontraron estaban tan asustados que perdieron el control del carro, se salieron de la carretera y rodaron hasta que no quedó ninguno vivo. Así, entre mitos y cuentos, justificaban algo que para ellos eran incomprensible: la osadía de la muerte al poner su huesuda mano sobre el hombro de una persona joven. Algo que ya entendieron, aunque no se acostumbren todavía.

   Hubiese deseado morir en esa época para ver, desde otra vida, la fantástica justificación que le encontraran a mi deceso. Hubiese sido un candidato perfecto para morir por amor, por Lena, por no haber podido quedarme con ella para siempre y tener que ver como otro hombre, bajo hechizo o lo que fuese, se la llevaba. También podía ser por culpa de una maldición, la misma que mató a mi padre, aunque con marcadas diferencias, dejando sola a mi pobre no esposa con su hijo aún no engendrado. 

   Las despedidas, tanto en la vida como en la muerte, siempre se hacen a medias, esperando un pronto reencuentro. Yo recaigo bastante en eso. Con la ciudad, mis amigos, incluso con mi madre, tuve despedidas falsas. Con Lena no será así, hemos tenido un largo adiós que todavía no termina, siendo consciente que no habrá reencuentro pues no hay lugar para ello, no habrá una eternidad, sólo neblina y soledad.

   Ésta mañana ha valido por mil, la mitad de mi alma se quedó suspendida en mis sueños. Ya no quedan energías en mi cuerpo, ni una gota de vida en mis manos y pronto mi lengua estará seca del todo. Tendré que olvidarme de las salidas con los niños o de cualquier otra cosa que exija esfuerzo, tendré que empezar a olvidar vivir. Esta agonía sigue engañándome, haciéndome creer que me queda un poco más de tiempo cuando realmente estoy más en el lado de los muertos que en cualquier otro. Ojalá mi memoria tuviese voz propia, ojalá pudiera dejarla con ustedes. Sí, con ustedes, pues yo ya no podré volver a escucharla. Este escrito ya no servirá para recordarme quién soy, servirá para devolverme la vida cada vez que alguno de ustedes lo tome y empiece a imaginarme, a recrear mi no muy bien contada vida o mi amor por Lena, no del todo expresado. Será un borrón de mí lo que aparezca en sus mentes, pero será un borrón con vida. 


viernes, 13 de julio de 2012

19


   ¿Cambiará tu rostro algún día? ¿cambiarán tus gestos? ¿tu alma? Hoy, diecinueve meses después, sigo amándote profundamente. Ayer, al encontrarte de nuevo, volví a sentir ese deseo intenso de desmayarme, con el estómago igual de vacío y la misma cantidad de alcohol en el cuerpo como la primera vez. Los mismos pensamientos, la misma sensación de ansiedad al creer que vas a tomarme de la mano, quedándote para siempre conmigo. Hoy, una sonrisa enorme, una felicidad opaca y melancólica, los pies a punto de tocar de nuevo la tierra, mi mente procesando este nuevo paso de nuestro amor rutinario. Mañana, o tal vez dos meses adelante, volveré a saber de ti, de nosotros. Volveremos a esperar una casualidad un poco más afortunada. Yo volveré a esperar que esa casualidad sea eterna, tú indagarás por algún cambio. Algún día cambiaremos la rutina de este amor.


domingo, 8 de julio de 2012

Sábado


   Llueve. En este pueblo la lluvia todavía es capaz de frenarlo todo. Siempre, sin importar la hora en que se desate, ha permitido dos únicas actividades: dormir o mirar como el suelo se refresca. Para mí nunca ha sido un impedimento, es el momento en que disfruto mejor al pueblo. Cuando llueve, se rompe el silencio que siempre hay en todas partes, el orden y el olor a campo. Cuando llueve, se imponía un poco de ciudad: gente corriendo de un lado para otro, ese pequeño ruido que anda en todas partes y se te mete por los poros, la abstracción de muchos en las ventanas, viendo el suelo, pensando sólo en ellos. No me di cuenta de lo mucho que me gustaba la lluvia hasta que ésta ocurrió en la ciudad, ese día, mi primer día lluvioso en la ciudad, entendí toda mi niñez.


   Prendemos la radio, no hay nada. Buscamos en las cosas de papá y escogemos uno de sus antiguos discos, lo que sale de ahí es fantástico. Papá tenía buen gusto literario y musical, algo que repetía mucho mamá, precisamente, en días como éste, en el que nos metíamos bajos las sábanas y ella empezaba a contarme historias del pueblo, de cuando ellos eran jóvenes. Así me fui haciendo una imagen de él, completándola con sus escritos, sus libros envueltos en polvo, sus discos y su colección de recortes de periódicos. Nunca le pregunté a mamá, pero creo que él soñaba con irse del pueblo, con bares, con grandes bibliotecas y museos, cines, teatros, otros espíritus. Aún así, no creo que haya sido infeliz ni un día de su vida. 

   Miro a Lena al frente mío, pienso en mi niñez, en la figura de mi padre, y no evito lamentarme por saber que no seré papá. Legal y biológicamente podría serlo, pero no estaría presente en el crecimiento de quien fuera mi hijo, no sería un padre en esencia. Sé que a Lena no se le pasa aún por la cabeza ser madre, pero los años y las experiencias están corriendo, hemos crecido bastante durante los últimos meses y, confieso, nadie podría ser mejor padre que Gunnar. Siempre he pensado esto, pues, para mí, el ser buen padre está ligado al no abandonar, a menos que la muerte así lo desee, al niño y a la madre, y sé que Gunnar jamás se alejaría o dejaría de amar a Lena. Debo decir que es una buena ayudante, ha anotado todo sin reproducir muchos gestos, sólo los necesarios.

   Todos los sábados, lluviosos o no, extraño a Ren y a Rin. Supongo que con ellos pude experimentar en un mínimo porcentaje lo que es ser padre. Extraño cantarles, no para dormirlos sino para agradecerles la alegría con la que me daban la bienvenida a casa. También les cantaba cuando salíamos a pasear, aunque en aquellas ocasiones estuvie-sen concentrados en admirar otras cosas. Yo, en cambio, aprovechaba esos momentos, mientras cantaba y hacía de padre, para pensar en Lena y en nuestro futuro. Debí haber seguido a Ren y a Rin, y dedicar esos momentos a admirar árboles, gente extraña, otros perros, y pensar en cosas más reales. 

   Extraño mi trabajo en el museo, extraño guiar a los niños por el pasado, sus preguntas inocentes y llenas de lógica enmudecedora, sus agradecimientos sinceros y su natural sorpresa hacia todo lo que oían. Los niños eran mi pedazo de ciudad y presente en el museo, mi trozo de ritmo, ruido y dinamismo. Me gustaría hacer algo con los niños de acá, no hay museos ni nada que se le parezca, pero está el pueblo, con muchas historias que yo sé y ellos o sus padres desconocen, con ruinas y lugares que ya no existen, que yo viví en mi infancia y que fueron desapareciendo sin que nos diéramos cuenta. Hay un pasado palpable, me gustaría hablarles de él. El antiguo puente, la casa embrujada de la esquina, que ahora es una farmacia, el camino de las sombras, los zapatos que terminaron en lo alto de un árbol o sobre las redes eléctricas, las historias de amor que escandalizaron a todos, los suicidios y milagros. Tengo ante mis ojos un museo al aire libre, cálido y diverso. La cara de Lena se ilumina al ver el brillo en mis ojos. Sonríe. En pocos segundos se acercará a mí, me besará y me susurrará que es suficiente por hoy.



lunes, 2 de julio de 2012

Viernes


   Mis viernes en la ciudad empezaron siendo culturales. Tenía ansias por conocer cada rincón de mi nuevo hogar, y dado que en esa época no tenía amigos, me fue fácil empezar conociendo la zona cultural: museos, bibliotecas, parques temáticos, edificios gubernamentales con gran contenido histórico y arquitectónico, teatros, iglesias y demás, seguía fielmente los folletos turísticos. En uno de esos lugares conocí a Lena, estaba bastante impaciente, al parecer esperaba a alguien, una cita quizá, nunca se lo pregunté. Aunque ella no lo admita, al principio me ignoró, sabía que yo la observaba y quería averiguar lo que le pasaba. Sonó su teléfono, dijo cosas inaudibles con un gesto bastante tenso y se fue, yo me quedé allí observando cómo se alejaba de mí, dio media vuelta, empezó a caminar lentamente hasta donde me encontraba y me preguntó si tenía que hacer algo en la tarde, casi no logro que las palabras nacieran de mi boca. Almorzamos juntos y caminamos largamente, era un día opaco, fresco y calmado, o al menos lo era sobre nuestra ruta. Desde ese día todos nuestros días juntos han sido iguales.

   Nos contamos muchas cosas. Sus historias eran interesantes y extrañas. Esa tarde me olvidé de todo, sólo era consciente de que ella estaba a mi lado y de los edificios que nos observaban. Su cabello se movía majestuosamente a sus espaldas y una sonrisa se pegaba delante de mi rostro amenazando con ser perpetua. Cuando se acercó el momento evidente de la despedida tuve que evitar la desesperación y esperar incómodamente que fuese ella la que concluyera el encuentro con alguna frase clara, sin miedos ni ansiedades, pero no hubo tal cosa, sólo un beso. Sus labios se acercaron a los míos dejándome inmóvil el tiempo suficiente para parecer idiota, rodeé su cintura suavemente y probé por primera vez su alma. Cuando nos desprendimos dijo que podíamos volver a vernos, pero que debía saber que ya ella estaba enamorada de alguien más. Hice un gesto para darle a entender que eso no tenía importancia, que no pretendía enamorarme de ella. Algo inútil que ninguno de los dos creyó.

   El día que conocí a Gunnar comprendí lo extraño de la situación y me convencí de lo enamorado que estábamos de ella. Nunca he negado que Gunnar me supera en todos los aspectos que la mayoría de la gente considera importantes, es un trabajador incansable, creativo, eficiente, con una visión bastante precisa, y un futuro asegurado para él y para Lena. Todo eso enmarcado en la palabra trabajador o profesional, fuera de ese conjunto de letras no hay mucho que ver. Hombre de muy pocos amigos, sonrisas o palabras. Lena es su gran compañía y confidente, es su verbo, sus puntos, hace parte ya de su sonrisa. Nunca ha querido contarme como se conocieron ni ningún otro detalle anterior a mi llegada, tampoco he insistido mucho, he entendido que todo eso le pertenece a él, al igual que ella. 

   El día de su matrimonio mis amigos hicieron grandes esfuerzos para engañarme y sacarme de la ciudad, estaban convencidos que haría una estupidez para evitar que la ceremonia se llevara a cabo. Fingí dejarme engañar, fingí estar bastante afligido por lo que estaba pasando, pensé que era mejor eso que sentarme a explicarles el tipo de relación que llevábamos. Incluso Gunnar logró asustarse un poco, algunos asistentes afir-man que se le veía incómodo, ansioso y que hubiese preferido que yo estuviese allí pues al menos sabría a qué atenerse. Creo que sólo Lena compartía mi seguridad, que esa unión se llevaría a cabo y yo no me opondría ni ese día ni nunca. Sólo los dos sabía-mos que su felicidad total estaba con Gunnar, no conmigo, el por qué es algo que sólo Lena sabe. 

   Ahora soy incapaz de anotar todas las emociones que vienen a mi cabeza, no puedo hilar de manera coherente los recuerdos que pelean por salir para que puedan verles algún sentido. Veo a Lena con una sonrisa de invierno en su cara recitando un poema de autor desconocido. La veo fumando apresuradamente en la entrada del teatro, estoy a su lado, la tranquilizo, pero ella no quiere perderse nada de la representación. Veo a algunas mujeres convenciéndome para que me aleje de ella, ofreciéndose como mejor partido, me veo sonriéndoles con piedad por tal ignorante sugerencia. Veo su cuerpo desnudo siempre nuevo para mí, cuerpo ajeno que entumece mis manos e inti-mida mis labios. Sus caderas, su cintura, sus orejas. Hoy, todos mis recuerdos son Lena. 


sábado, 30 de junio de 2012

Nill, prende la luz.

 
   Lo hizo y fue al baño. Cuando regresó a la habitación, volvió a escuchar lo mismo "Nill, prende la luz". Quedó mudo, no sabía que pensar. Jeff le dijo aquello con tanta naturalidad que no podía ser una broma, además, hubiese sido una muy estúpida, ajena a su gusto. Lo primero que hizo, casi por reflejo, fue mirar la pared. Ahí estaba la bombilla, ardiendo a toda potencia. ¿De qué luz le hablaba entonces? Recorrió la casa prendiendo todas las luces, pensando que éste no se refería a la de la habitación, después de eso se dio cuenta que aún seguía de día. Él estaba también algo desubicado pues habían tomado una pequeña siesta después del almuerzo de ese frío domingo y, además,  no estaba en su apartamento. Volvió al cuarto después de escuchar lo que se estaba convirtiendo en un repetitivo y desesperado llamado. Encontró a Jeff tentando las paredes y tropezando con todo. En cuanto éste sintió su presencia en la habitación le pidió la hora. 

-Es de día- le respondió Nill.


   Jeff, después de obtener la respuesta que se había negado segundos antes, se sentó en el piso y se cubrió la cara con ambas manos, para luego, con sus dedos, recorrerla tratando de buscar alguna venda, alguna máscara, el miserable trapo que le impedía ver a su amante. No encontró nada. Aún así fue difícil convencerlo, difícil darle a entender que no era una jugarreta de Nill, que no era una de sus tonterías, que de por sí nunca fueron tan crueles, que aún había luz en el cielo y en toda la casa. Fue difícil para Nill también convencerse, no ese mismo día sino después, que Jeff hubiese perdido la vista por completo.


   El médico no perdió tiempo, les informó de la condición de Jeff sin tacto. De ahí en adelante Nill sería sus ojos, al menos mientras Jeff adaptaba sus manos, sus piernas, su oído y su memoria para que lo fuesen. Era Nill, quien sólo llevaba un mes de conocerlo, quien tendría que ayudarlo a hacer todas sus cosas, algo que le hubiese parecido bastante romántico si se tratase de sexo.  

Para Nill todavía es gracioso recordar esos primeros días. Ni siquiera eran novios, no eran nada, además, en esa época, él mismo no podía encargarse ni de sus propios asuntos, era un simple puto, o como prefería llamarse, un "escort masculino" o un "caballero de compañía" ya que según él, y tenía razón, los hombres no le pagaban solamente para que se acostara con ellos si no también para que los acompañara al teatro, a galerías de arte y a eventos sociales. 

   Jeff y Nill se conocieron mientras este último esperaba a un posible cliente, o empleador como le gustaba llamarlos, en un pequeño café en cercanías a las oficinas donde Jeff trabajaba. Aquél posible empleador nunca llegó ni tampoco tenía el dinero suficiente para, según le había prometido a Nill, pagarle hasta por cada sonrisa. ¡Y vaya que éste sonreía en esa época! Esa casualidad, de alguna forma, siempre le ha parecido a Nill un punto de quiebre en su destino, la única oportunidad que tuvo para enderezar su vida. Antes de conocer a Jeff no sabía nada más que cobrar a algunos hombres, los de su escogencia, para mantenerlos contentos, razón principal para que le echaran desde muy temprano de la casa de sus padres. 


   Nunca estuvo conforme con el tipo de vida que llevaban en casa. A sus padres les iba bien pero vivían en estado de ahorro, guardando cada moneda restante para un futuro lejano en el que alguno de sus hijos enfermara o Nill se animase a estudiar algo de verdad. Ninguna de las dos cosas pasaba y éste se cansó de esperar, así que empezó a buscar el dinero que necesitaba para darse sus gustos, que de por sí no eran módicos. Sus métodos no fueron del agrado de sus padres, quienes decidieron botarlo, cosa que realmente no le importó pues para ese momento ya le alcanzaba para vivir sólo, bien y mucho mejor. 


domingo, 24 de junio de 2012

È inutile



   Aún tengo energías para buscar mi felicidad. Esperanzas en menor medida. ¿Cómo gastarlas? ¿Sanando después de mandar ésto a la mierda o tratando de arreglar todo, de olvidar la molestia en mi pecho y seguir contigo hasta que logre mi objetivo o quedar sin una gota? ¡ Ayúdame por favor! Te amo, te amo de verdad. Sabes cuanto disfruto tu sonrisa, tu mirada, tu respiración agitada, tu olor, tu sexo. Pero estoy adolorido, asustado, triste, feo y desolado. Debes tenerme un poco de paciencia, aumenta tu comprensión y tu dulzura, seca mis lágrimas, abrázame. Hoy, espero sea sólo hoy, me siento como la más triste de las Medeas. Pero no, tú no eres mi Jason, realmente no has sido tan crudel, aunque ho dato tutto a te




sábado, 23 de junio de 2012

Curiosidad


   Seré lo más sincero posible pues sé que no leerás ésto, al menos no pronto. Hoy, soy yo quien siente una tensión en el corazón, una punzada que lo desgarra y te desarropa. No sé cuánto me vaya a durar ésto, pero tranquilo, no he perdido la confianza. Mi confianza no está basada en que me seas fiel o sincero, mi confianza se posa sobra lo verdadero de tu amor, que no dudo. Aquí estamos, queriéndonos mucho, amándonos, compartiendo muchas sonrisas y sueños. Eres lo mejor que me ha pasado sentimentalmente hablando, eres una combinación imperfectamente hermosa para mí. Cuando leas esto habremos terminado nuestra aventura, y no lo digo porque lo nuestro no sea serio si no por lo fantástico, o yo habré superado del todo este episodio. Recuerda lo que te dije anoche, hace ya muchas noches, no me iré de tu lado a menos que me lo pidas, y lo que te dije hoy en la mañana (te deseo suerte en el examen), conmigo lo tendrás todo. 



jueves, 3 de mayo de 2012

T


   Querido amigo, es increíble lo bello que llegan a ser mis segundos cuando estamos juntos. Gratificante poder arrancarte sonrisas y miradas tiernas, abrazarte y reírnos de cada banalidad arrastrada por el viento. Cada noche exploto de emoción al saber que te tengo, nos tenemos, al ver que hay algo de justicia en este mundo y, a pesar de haber conocido tan bien el infierno, queda aún felicidad para quienes en algún momento no la merecimos. No te asustes si la carta está un poco mojada, no te sorprendas si tiene tachones o la encuentras un poco rasgada, su presentación es similar a la de mi corazón, que te entrego una vez más, que te entrego cada día, de a poco, de a mucho, todo él y todo yo en un intercambio magno y eterno. Muchos saludos a tu cuerpo, que me encanta, muchos recuerdos a tus ojos, que adoro, espero igualmente que tu cuello, tu espalda y tu cabello se encuentren mejor de salud, los extraño mucho. Sin más, alguien que te quiere, admira, desea y disfruta tu feliz presencia. 







martes, 24 de abril de 2012


   Porque tu sonrisa es un tierno toque de tranquilidad, tus manos son dulces y esperanzadoras, porque tu mirada es lo que quiero contemplar cada mañana, cada hora, cada página. Porque tu piel es un suave pretexto para olvidarse del mundo y volar más alto que la imaginación, sin restricciones ni remordimientos, sólo sintiendo, explorando, amando. Por ésto, y todo lo demás que no soy capaz de expresar con palabras, es que me animo a responder una pregunta que nadie ha hecho.


viernes, 13 de abril de 2012

Soñé


   Soñé, soñé plácidamente. Soñé que me pensabas, que el cielo era azul y los árboles verdosos. Soñé que eras fascinantemente hermoso y que yo no dejaba de pensarte ni un sólo segundo. Soñé cosas tan reales que dudo haber dormido algo. Soñé cosas tan reales que seguramente me encontraba despierto y es ahora cuando sueño profundamente. Debería aprovechar este sueño y decirte muchas verdades, pero ya sabes como son este tipo de cosas, las palabras simplemente no salen, así que he decidido besarte antes de despertar.


viernes, 23 de marzo de 2012

Non


   Los días han pasado rápidamente y los sucesos se han superpuesto violentamente sin ningún decoro. Ayer fui feliz, hoy vuelvo a serlo, sin darme cuenta de las rupturas internas y de las heridas que volvieron a ser descubiertas. No recuerdo sufrimiento alguno ni hay rencores guardados en mi pecho. No recuerdo la cara de mis últimos amantes, tan sólo la del actual, creo. Mis cartas de amor siguen guardando la misma pasión y convicción, siempre escribo los nombres con lápiz para poder cambiarlos a mi antojo. No amo a nadie completamente, no me amo a mí mismo, pero estoy enamorado, sin duda, del amor mismo. 


miércoles, 15 de febrero de 2012

K


   Llevo todo el día sentado tomando un poco de aire fresco, ellos llevan todo el día tratando de convencerme para que deje de observar las hermosas flores del jardín y les hable de una buena vez. Quieren saber si es verdad que ya no cambiaré el testamento, si todo el dinero se irá a la porra. Sin duda son bastante exagerados, todo ese dinero vino de la porra, es algo natural su retorno. Yo los ignoro y aparto sus temores de mis cansadas orejas, no me interesan. Prometí no decir nada, prometí sentarme a tomar aire fresco, a observar las hermosas flores del jardín e ignorarlos. Prometí no cambiar nada y sostener aquella locura cuyos efectos me tienen sin cuidado. Prometí ser inflexible. Prometí no decirles que ya estoy muerto. 


lunes, 23 de enero de 2012

Confesiones...Hijo de un dios menor


   Siempre he tenido fe, aún después de ver como la más pura felicidad se me escapaba de las manos. Aquél día dejé de creer en un Dios tan abstracto y pasé a adorar algo más físico y presente, el amor humano. Ese que aparece en las flores, en nuestros sueños, en las sílabas que pegamos lentamente en un oído soñado una tarde lluviosa, ese que no admite sacrificios injustos ni falsas pruebas de arrepentimiento. Mi antiguo Dios no podía justificar lo que para mí era la muerte de Rob, sin embargo, ahora, bajo la potestad de mi nuevo padre, mi nuevo dios, puedo comprender que no hubo muerte alguna pues el sentimiento sigue vivo.

   Rob es la persona más encantadora y hechizante que podría conocer. No es perfecto a los ojos de nadie pero todo él es una construcción imperfectamente fascinante de la naturaleza. Jamás llegará a ser demasiado bueno, él lo sabe, y me fascina que esté intentándolo a cada momento. Lo conocí cuando despertaba de mi siesta habitual debajo de un hermoso árbol cerca a la casa de mi abuela, a las afueras de la ciudad. Adoro estar ahí. Todo es siempre pacífico y hermoso. Nunca había visto a nadie más en ese lugar. Ese árbol era de mi entera exclusividad pero él, al parecer, no lo sabía o pretendía desconcertarme pues allí estaba mirándome fijamente.

-¿Qué haces aquí?-le pregunté.

   Me sentí realmente estúpida haciendo esa pregunta, así que sin que me respondiera se la cambié por un ¿Quién eres?

   Me dijo que solía ir a ese árbol a leer. Al escuchar eso me percaté que detrás suyo había una bicicleta y en la canasta de ésta algunos libros, no sabía si creerle pero me llamó mucho la atención el brillo en sus ojos. No es un brillo de estos lados del país, es más, puedo decir que ese brillo no pertenece a lugar conocido. Le dije que podía leer sin ningún inconveniente pues yo ya había terminado mi siesta. Él respondió graciosamente diciendo que ya lo había hecho, que había leído ruidosamente mientras yo roncaba, es más, que también procedía a irse pero quería preguntarme sobre mis sueños. Al parecer, había intercalado mis ronquidos con pequeñas sonrisas. No creo en el amor a primera vista pero sí a primera charla. Ese día hablamos durante horas hasta que la noche cayó pesadamente sobre nuestros hombros.

   Durante una semana repetimos el mismo ritual. Yo hacía mi siesta y cuando despertaba lo encontraba junto a mí, leyendo en voz alta y de una manera muy pausada, al verme despierta interrumpía su lectura y hablábamos hasta que el sol se ocultaba. Nunca hablamos de nuestras vidas o experiencias, sólo de lo que él leía, de esos personajes y situaciones que lo entretenían, de los pensamientos que pasaban por tales humanos de tinta que nos acompañaban cada tarde. Nada más se nos hacía importante.

   Decidimos un día caminar, recorrer al menos el lugar que nos rodeaba, explorar el riachuelo que quedaba cerca, espantar los pájaros que acechaban las plantaciones, darle descanso a nuestro árbol. No fue idea mía, la verdad me tenía sin cuidado algo distinto a dormir y despertar encontrándolo junto a mí. Fue algo de él. Aquél día no llevó su bicicleta, no quise suponer que se le hubiese dañado o que realmente viviera cerca, sin duda tenía algo en mente. Me asusté, naturalmente, pues las cosas estaban a punto de cambiar y yo no necesitaba nada más, no podía ser más feliz.

   Caminamos larga y extrañamente durante horas, sin testigos, sin vida, sin viento. La mayor parte del tiempo sólo miraba sus ojos y escuchaba sus palabras, no sé cómo no tropecé ni como pudo hablar durante lo que fue una eternidad sin recibir respuesta o expresión alguna en mi rostro, salvo el profundo deseo de no querer parar nunca aquél recorrido. Volvimos al árbol al caer el sol. Su bicicleta y sus libros estaban allí, esperándonos. Nuestros amigos de tinta conversaban sobre trivialidades y gozaban sonoramente nuestra ausencia. Rob no hizo comentario alguno, en ese momento calló para siempre. Me miró una vez más con sus iluminados ojos, agarró mi mano y me pidió perdón en silencio, me pedía perdón todo su cuerpo. Yo asentía mientras me derrumbaba.

   Desperté al otro día. El ruido cerca al árbol era ridículo. Todo mi ser estaba adolorido y lloroso. Me limpié un poco las ropas, espanté el ruido de mi cabeza, tomé su bicicleta, sus libros, y caminamos ciegamente buscando algún rastro de él.

   Todavía camino. La bicicleta se cansó al poco tiempo, su abandono fue peor.

martes, 17 de enero de 2012

D


   La tristeza de no tenerte me ha convertido en lo que soy ahora. Hay lágrimas de nuevo posándose sobre mis mejillas, vuelve tu punzante recuerdo, mi ansiedad revive y empiezo a sangrar. Anoche pensé en tu muerte, lloré locamente, te maldije y maldije el hecho de no estar a tu lado, enloquecí por un instante, morí cien veces. Todavía me llegan tus susurros cuando se despide una tarde soleada, cuando escribo, cuando me entrego confiadamente a un café o a un libro, me llega tu desprecio cuando estoy con alguien más, como siempre, me llega también cuando recuerdo lo mucho que te amo. Has aparecido fugazmente, simplemente has recordado la fortuna y desgracia que era estar conmigo, has venido a dar las gracias por las sonrisas y los orgasmos, aún así me pregunto si volverás a irte de nuevo. Me pregunto si todavía estoy dispuesto a cumplir mi promesa si decides quedarte: ¿Lograría morir contigo?