domingo, 15 de julio de 2012

Domingo


   Había un joven pescador, bastante atractivo, romántico y con gran gracia para el baile, todas las muchachas estaban enamoradas de él. Cuentan los más viejos que un día salió a pescar como de costumbre, río abajo, sólo, tarareando las canciones que componía. Se despidió de su prometida y en el camino enamoró a una diabla que rondaba por esa zona. La diabla, hechizada por su encanto, viéndose tan sola y fría, hizo de todo para retenerlo. Hasta hoy, para oídos de los más viejos, se escuchan los llamados y maldiciones de la prometida esperando que la diabla se lo devuelva.

   Todo debía ser mágico, cada acontecimiento, cada muerte. Algo bonito que se ha perdido. Y así, junto a esa, hay otras historias de jóvenes que morían no por la guerra o por odiosas enfermedades, sino por amor, desesperanza, por ver demasiado tiempo a la luna o por castigo divino. Hace pocos años unos conocidos de mi madre murieron por culpa de una gallina. Se habían ido de parranda a un pueblo vecino, estando allí, dice mi mamá, de alguna manera ofendieron al Dios de aquella época pues de camino al pueblo se encontraron, en diferentes puntos de la carretera, a una gallina tan roja como el alma del diablo, cada vez más grande y roja. La última vez que se la encontraron estaban tan asustados que perdieron el control del carro, se salieron de la carretera y rodaron hasta que no quedó ninguno vivo. Así, entre mitos y cuentos, justificaban algo que para ellos eran incomprensible: la osadía de la muerte al poner su huesuda mano sobre el hombro de una persona joven. Algo que ya entendieron, aunque no se acostumbren todavía.

   Hubiese deseado morir en esa época para ver, desde otra vida, la fantástica justificación que le encontraran a mi deceso. Hubiese sido un candidato perfecto para morir por amor, por Lena, por no haber podido quedarme con ella para siempre y tener que ver como otro hombre, bajo hechizo o lo que fuese, se la llevaba. También podía ser por culpa de una maldición, la misma que mató a mi padre, aunque con marcadas diferencias, dejando sola a mi pobre no esposa con su hijo aún no engendrado. 

   Las despedidas, tanto en la vida como en la muerte, siempre se hacen a medias, esperando un pronto reencuentro. Yo recaigo bastante en eso. Con la ciudad, mis amigos, incluso con mi madre, tuve despedidas falsas. Con Lena no será así, hemos tenido un largo adiós que todavía no termina, siendo consciente que no habrá reencuentro pues no hay lugar para ello, no habrá una eternidad, sólo neblina y soledad.

   Ésta mañana ha valido por mil, la mitad de mi alma se quedó suspendida en mis sueños. Ya no quedan energías en mi cuerpo, ni una gota de vida en mis manos y pronto mi lengua estará seca del todo. Tendré que olvidarme de las salidas con los niños o de cualquier otra cosa que exija esfuerzo, tendré que empezar a olvidar vivir. Esta agonía sigue engañándome, haciéndome creer que me queda un poco más de tiempo cuando realmente estoy más en el lado de los muertos que en cualquier otro. Ojalá mi memoria tuviese voz propia, ojalá pudiera dejarla con ustedes. Sí, con ustedes, pues yo ya no podré volver a escucharla. Este escrito ya no servirá para recordarme quién soy, servirá para devolverme la vida cada vez que alguno de ustedes lo tome y empiece a imaginarme, a recrear mi no muy bien contada vida o mi amor por Lena, no del todo expresado. Será un borrón de mí lo que aparezca en sus mentes, pero será un borrón con vida. 


viernes, 13 de julio de 2012

19


   ¿Cambiará tu rostro algún día? ¿cambiarán tus gestos? ¿tu alma? Hoy, diecinueve meses después, sigo amándote profundamente. Ayer, al encontrarte de nuevo, volví a sentir ese deseo intenso de desmayarme, con el estómago igual de vacío y la misma cantidad de alcohol en el cuerpo como la primera vez. Los mismos pensamientos, la misma sensación de ansiedad al creer que vas a tomarme de la mano, quedándote para siempre conmigo. Hoy, una sonrisa enorme, una felicidad opaca y melancólica, los pies a punto de tocar de nuevo la tierra, mi mente procesando este nuevo paso de nuestro amor rutinario. Mañana, o tal vez dos meses adelante, volveré a saber de ti, de nosotros. Volveremos a esperar una casualidad un poco más afortunada. Yo volveré a esperar que esa casualidad sea eterna, tú indagarás por algún cambio. Algún día cambiaremos la rutina de este amor.


domingo, 8 de julio de 2012

Sábado


   Llueve. En este pueblo la lluvia todavía es capaz de frenarlo todo. Siempre, sin importar la hora en que se desate, ha permitido dos únicas actividades: dormir o mirar como el suelo se refresca. Para mí nunca ha sido un impedimento, es el momento en que disfruto mejor al pueblo. Cuando llueve, se rompe el silencio que siempre hay en todas partes, el orden y el olor a campo. Cuando llueve, se imponía un poco de ciudad: gente corriendo de un lado para otro, ese pequeño ruido que anda en todas partes y se te mete por los poros, la abstracción de muchos en las ventanas, viendo el suelo, pensando sólo en ellos. No me di cuenta de lo mucho que me gustaba la lluvia hasta que ésta ocurrió en la ciudad, ese día, mi primer día lluvioso en la ciudad, entendí toda mi niñez.


   Prendemos la radio, no hay nada. Buscamos en las cosas de papá y escogemos uno de sus antiguos discos, lo que sale de ahí es fantástico. Papá tenía buen gusto literario y musical, algo que repetía mucho mamá, precisamente, en días como éste, en el que nos metíamos bajos las sábanas y ella empezaba a contarme historias del pueblo, de cuando ellos eran jóvenes. Así me fui haciendo una imagen de él, completándola con sus escritos, sus libros envueltos en polvo, sus discos y su colección de recortes de periódicos. Nunca le pregunté a mamá, pero creo que él soñaba con irse del pueblo, con bares, con grandes bibliotecas y museos, cines, teatros, otros espíritus. Aún así, no creo que haya sido infeliz ni un día de su vida. 

   Miro a Lena al frente mío, pienso en mi niñez, en la figura de mi padre, y no evito lamentarme por saber que no seré papá. Legal y biológicamente podría serlo, pero no estaría presente en el crecimiento de quien fuera mi hijo, no sería un padre en esencia. Sé que a Lena no se le pasa aún por la cabeza ser madre, pero los años y las experiencias están corriendo, hemos crecido bastante durante los últimos meses y, confieso, nadie podría ser mejor padre que Gunnar. Siempre he pensado esto, pues, para mí, el ser buen padre está ligado al no abandonar, a menos que la muerte así lo desee, al niño y a la madre, y sé que Gunnar jamás se alejaría o dejaría de amar a Lena. Debo decir que es una buena ayudante, ha anotado todo sin reproducir muchos gestos, sólo los necesarios.

   Todos los sábados, lluviosos o no, extraño a Ren y a Rin. Supongo que con ellos pude experimentar en un mínimo porcentaje lo que es ser padre. Extraño cantarles, no para dormirlos sino para agradecerles la alegría con la que me daban la bienvenida a casa. También les cantaba cuando salíamos a pasear, aunque en aquellas ocasiones estuvie-sen concentrados en admirar otras cosas. Yo, en cambio, aprovechaba esos momentos, mientras cantaba y hacía de padre, para pensar en Lena y en nuestro futuro. Debí haber seguido a Ren y a Rin, y dedicar esos momentos a admirar árboles, gente extraña, otros perros, y pensar en cosas más reales. 

   Extraño mi trabajo en el museo, extraño guiar a los niños por el pasado, sus preguntas inocentes y llenas de lógica enmudecedora, sus agradecimientos sinceros y su natural sorpresa hacia todo lo que oían. Los niños eran mi pedazo de ciudad y presente en el museo, mi trozo de ritmo, ruido y dinamismo. Me gustaría hacer algo con los niños de acá, no hay museos ni nada que se le parezca, pero está el pueblo, con muchas historias que yo sé y ellos o sus padres desconocen, con ruinas y lugares que ya no existen, que yo viví en mi infancia y que fueron desapareciendo sin que nos diéramos cuenta. Hay un pasado palpable, me gustaría hablarles de él. El antiguo puente, la casa embrujada de la esquina, que ahora es una farmacia, el camino de las sombras, los zapatos que terminaron en lo alto de un árbol o sobre las redes eléctricas, las historias de amor que escandalizaron a todos, los suicidios y milagros. Tengo ante mis ojos un museo al aire libre, cálido y diverso. La cara de Lena se ilumina al ver el brillo en mis ojos. Sonríe. En pocos segundos se acercará a mí, me besará y me susurrará que es suficiente por hoy.



lunes, 2 de julio de 2012

Viernes


   Mis viernes en la ciudad empezaron siendo culturales. Tenía ansias por conocer cada rincón de mi nuevo hogar, y dado que en esa época no tenía amigos, me fue fácil empezar conociendo la zona cultural: museos, bibliotecas, parques temáticos, edificios gubernamentales con gran contenido histórico y arquitectónico, teatros, iglesias y demás, seguía fielmente los folletos turísticos. En uno de esos lugares conocí a Lena, estaba bastante impaciente, al parecer esperaba a alguien, una cita quizá, nunca se lo pregunté. Aunque ella no lo admita, al principio me ignoró, sabía que yo la observaba y quería averiguar lo que le pasaba. Sonó su teléfono, dijo cosas inaudibles con un gesto bastante tenso y se fue, yo me quedé allí observando cómo se alejaba de mí, dio media vuelta, empezó a caminar lentamente hasta donde me encontraba y me preguntó si tenía que hacer algo en la tarde, casi no logro que las palabras nacieran de mi boca. Almorzamos juntos y caminamos largamente, era un día opaco, fresco y calmado, o al menos lo era sobre nuestra ruta. Desde ese día todos nuestros días juntos han sido iguales.

   Nos contamos muchas cosas. Sus historias eran interesantes y extrañas. Esa tarde me olvidé de todo, sólo era consciente de que ella estaba a mi lado y de los edificios que nos observaban. Su cabello se movía majestuosamente a sus espaldas y una sonrisa se pegaba delante de mi rostro amenazando con ser perpetua. Cuando se acercó el momento evidente de la despedida tuve que evitar la desesperación y esperar incómodamente que fuese ella la que concluyera el encuentro con alguna frase clara, sin miedos ni ansiedades, pero no hubo tal cosa, sólo un beso. Sus labios se acercaron a los míos dejándome inmóvil el tiempo suficiente para parecer idiota, rodeé su cintura suavemente y probé por primera vez su alma. Cuando nos desprendimos dijo que podíamos volver a vernos, pero que debía saber que ya ella estaba enamorada de alguien más. Hice un gesto para darle a entender que eso no tenía importancia, que no pretendía enamorarme de ella. Algo inútil que ninguno de los dos creyó.

   El día que conocí a Gunnar comprendí lo extraño de la situación y me convencí de lo enamorado que estábamos de ella. Nunca he negado que Gunnar me supera en todos los aspectos que la mayoría de la gente considera importantes, es un trabajador incansable, creativo, eficiente, con una visión bastante precisa, y un futuro asegurado para él y para Lena. Todo eso enmarcado en la palabra trabajador o profesional, fuera de ese conjunto de letras no hay mucho que ver. Hombre de muy pocos amigos, sonrisas o palabras. Lena es su gran compañía y confidente, es su verbo, sus puntos, hace parte ya de su sonrisa. Nunca ha querido contarme como se conocieron ni ningún otro detalle anterior a mi llegada, tampoco he insistido mucho, he entendido que todo eso le pertenece a él, al igual que ella. 

   El día de su matrimonio mis amigos hicieron grandes esfuerzos para engañarme y sacarme de la ciudad, estaban convencidos que haría una estupidez para evitar que la ceremonia se llevara a cabo. Fingí dejarme engañar, fingí estar bastante afligido por lo que estaba pasando, pensé que era mejor eso que sentarme a explicarles el tipo de relación que llevábamos. Incluso Gunnar logró asustarse un poco, algunos asistentes afir-man que se le veía incómodo, ansioso y que hubiese preferido que yo estuviese allí pues al menos sabría a qué atenerse. Creo que sólo Lena compartía mi seguridad, que esa unión se llevaría a cabo y yo no me opondría ni ese día ni nunca. Sólo los dos sabía-mos que su felicidad total estaba con Gunnar, no conmigo, el por qué es algo que sólo Lena sabe. 

   Ahora soy incapaz de anotar todas las emociones que vienen a mi cabeza, no puedo hilar de manera coherente los recuerdos que pelean por salir para que puedan verles algún sentido. Veo a Lena con una sonrisa de invierno en su cara recitando un poema de autor desconocido. La veo fumando apresuradamente en la entrada del teatro, estoy a su lado, la tranquilizo, pero ella no quiere perderse nada de la representación. Veo a algunas mujeres convenciéndome para que me aleje de ella, ofreciéndose como mejor partido, me veo sonriéndoles con piedad por tal ignorante sugerencia. Veo su cuerpo desnudo siempre nuevo para mí, cuerpo ajeno que entumece mis manos e inti-mida mis labios. Sus caderas, su cintura, sus orejas. Hoy, todos mis recuerdos son Lena.