domingo, 20 de marzo de 2011

Compasión

   
   No hubo lágrimas.
   Llevaban casi dos años con la misma encantadora rutina: decidían verse en un lugar solitario de la ciudad, esperaban con emoción ese hermoso día, el chico mayor mucho más emocionado que el otro, y llegaban a la hora señalada, siempre. Llegaban por direcciones opuestas e irrumpían en el lugar acordado al mismo tiempo.

   A partir del primer año sus miradas no volvieron a encontrarse, esa era una de las reglas que se había impuesto para poder seguir con los encuentros. El mayor esperaba que se tratase de un juego, de una prueba, pero no fue así. Al principio intentó romperla sin importar lo que pasara, pero la mirada de su acompañante siempre estaba ausente, perdida en la nada. Después de varias semanas desistió y aceptó eso, tal y como había aceptado otras cosas desde el día que se conocieron.

   Su último encuentro, inicialmente, fue igual a los del último año. Se sentaron en una banqueta, muy pegados el uno del otro, con la mirada al frente, fija en puntos distintos, en mundos distintos. Esa noche era la última, tal como lo habían acordado. No podían seguir con una relación que les parecía, y no sólo a ellos, anormal. No sólo pertenecían a mundos diferentes sino que lo que sentía cada uno por el otro había perdido proporción y similitud. Ese amor-amor del primer año se había convertido en amor irracional-compasión. Un amor irracional que sólo pueden sentir los ingenuos, los que desdibujan los hechos y las situaciones de un mundo que no le basta con ser cruel sino que se muestra cruel todo el tiempo, y aquella hermosa compasión, que no era como las otras falsas compasiones, era original, fresca y determinante. Ésa que sólo se siente hacia quien sufre sin merecerlo y por amor.

   Esa noche habían escogido, de nuevo, estar completamente solos. Es cierto que escogían sitios solitarios para verse, pero después de muchos encuentros era difícil encontrar un alma distinta a la de ellos, eran incapaces de verlas. Tampoco hubiesen sido tema de su conversación, como nada diferente a ellos mismos. Ninguna persona supo que tanto hablaban, ni siquiera puedo estar seguro si intercambiaron palabras en los últimos encuentros. Sin palabras, sin miradas, sin ningún tipo de contacto.

   Todos estos años he estado preguntándome sobre la razón, sobre el algo que seguía llevándolos a esos lugares. Tenía que haber un motor de motivación, una fuerza muy potente que surgía de sus almas, tomaba vida propia en sus cuerpos y se materializaba semana tras semana. Debía ser también una materialización difusa y débil, al menos para uno de ellos, y esa fuerza, que durante el primer año era arrolladora, debía quemar aún cada poro de sus pieles y cubrir todo el lugar, todos los lugares.

   Aquella noche sin lágrimas, los dos jóvenes no estaban tan solos como siempre. Había un pequeño testigo, una pequeña alma contemplando una extraña escena. Aquella noche en la que las estrellas no se asomaron por ningún rincón de la tierra, un pequeño pájaro fue testigo de una auténtica prueba de amor, de un real sacrificio. Aquella última noche, ese pájaro observaría por horas a un joven solitario y triste, con la mirada perdida, absorto en sus pensamientos, llorando desconsoladamente, rogándole a un fantasma, a un amor imposible, a un puesto vacío, a alguien de otro mundo, que lo llevara con él, que volvieran a estar juntos. Aquella noche, un pequeño pájaro pudo observar como un alma eligió vagar eternamente y como otra abandonaba su cuerpo a media noche, en medio de la nada, para siempre.