martes, 28 de diciembre de 2010

Ich bin kein Jude 4


   Nadie puede imaginar lo emocionado que estaba Rudolph en la estación de buses. Tenía una sonrisa muy particular, la misma que se dibujaba en su rostro cada vez que emprendía un nuevo proyecto, aunque ésta tenía algo más, algunas pizcas de amor. Yo estaba muy asustado por toda esa locura, pero ya no había vuelta atrás. La cosa sería sencilla, viajaríamos hacia un pueblo un poco alejado de la zona donde estarían esperándonos mis padres, Rudolph había prometido hablar con ellos. Luego, unos amigos nos ayudarían a cruzar las fronteras del Tercer Reich. Cuando llegué a la estación no tenía idea de hacia dónde escaparíamos, tampoco era algo que me importara. Desde el comienzo de la guerra yo sólo obedecía, y no pretendía que las cosas empezaran a cambiar ese día, así que nos subimos al bus y no hice ninguna pregunta referente al viaje, sólo quería hablar de nosotros, o sea, mirarnos durante todo el trayecto sin pronunciar palabra.

   Cuando ya estábamos lejos de Postdam, Rudolph se animó a hablar y me dijo que las cosas no iban a salir tal y como lo habíamos planeado, mis padres no habían aceptado encontrarse con nosotros. Había hecho todo lo posible por convencerlos pero había sido imposible.

-Perdóname -me dijo.
-No te preocupes, ellos están en todo su derecho. No merezco nisiquiera una última despedida.
-No digas eso -dijo mientras secaba mis lagrimas.
-Les duele que yo sea...
-No lo serás un día más.

   A partir de ese momento decidí dejar todo atrás, viviría sólo para Rudolph, sin importar nada más. Si mis padres no querían perdonarme por intentar sobrevivir, no podía hacer nada, no iba a negar haber disfrutado todo eso, que le había cogido algo de cariño a Rolph y que incluso me había resignado a ver a Hitler reinando sobre Europa.

   Después de varias horas de viaje llegamos al pueblo donde nos estaban esperando los amigos de Rudolph. Me sorprendió mucho el poco control en las carreteras que atravesábamos, sin duda era la parte más tranquila de nuestro territorio. Todo estaba muy bien excepto yo, mientras transcurrían las horas mis temores se iban incrementando, estaba convencido de que Rolph empezaría a notar mi ausencia e inmediatamente iría a la casa de mis padres, éstos no le darían razón de mí y él buscaría la forma de sacarles la verdad, de cualquier manera, luego sería muy sencillo dar conmigo. Mi cabeza daba vueltas y mi corazón se estremecía, me sentí idiota por haber pensado que las cosas serían tan sencillas.

   Cuando nos bajamos del bus nos encontramos frente a frente con los hombres de Rolph. El rostro de Rudolph era neutro, sabía que ese era el fin, no podíamos hacer nada más, no tenía un Plan B. Yo, sin más que hacer, los saludé con naturalidad.

-¡Qué sorpresa! ¿Los ha mandado Rudolph?
-Sí- contestó uno de ellos.
-¿Qué quiere? Le dejé un recado con Hildegarde diciendo que volvía dentro de 2 o 3 días -mentí.
-No hay problema. Él sólo quiere que lo acompañemos mientras está usted fuera de la ciudad. Él no quiere que usted corra ningún riesgo.
-Bien, nosotros vamos a estar hospedados en éste lugar -les dije mientras les extendía un pequeño papel en donde estaba anotada la dirección. Rudolph  estaba confundido.
-Nos vemos luego entonces. Y no se preocupe por nada, nosotros le avisaremos al señor Fuhrmann (Rolph).
-Señor Shultz -dijo el más joven de los tres a Rudolph, inclinando la cabeza en cuanto pasó por su lado. Rudolph le contestó el saludo y nos quedamos mudos mientras ellos se alejaban.

   Podía sentir la vergüenza y la impotencia de Rudolph, estaba atónito, una persona tan burda y estúpida como Rolph le había dañado su gran proyecto. No había nada que hacer además de disfrutar los días de vacaciones que teníamos. Le di dos palmadas en la espalda para animarlo a  seguir el camino a la pequeña casa, teníamos que cancelar el plan. Ya no estaba dispuesto a intentar nada más para escapar.

   Los dos hombres que pretendían ayudarnos entendieron todo y se ofrecieron para otra ocasión, les hice saber que no habría otra ocasión. Cuando se marcharon me sentía lleno de energías.

-¿No volverás a intentarlo?- me preguntó Rudolph con tristeza en los ojos.
-No. Los aliados están cerca, muy pronto acabará todo.
-Eso puede acarrear muchas cosas. Ellos vienen tras los dirigentes nazis, y tú andas con ellos.
-¡Dilo! Soy uno de sus...
-No quiero discutir.
-Yo tampoco -le dije mientras lo abrazaba-.Quiero estar contigo.
-Hans, eso es algo que no puedo hacer. Perdón -se aferraba a mí cuerpo.
-No sé lo que pasará, esos hombres pueden estar esperando la orden de matarnos.
-Al menos moriremos juntos -sus labios recorrían pacientemente mi cuello.
-Te amo.
-Lo sé. De la forma más rara que existe.


lunes, 20 de diciembre de 2010

Ich bin kein Jude 3


   Era horrible todo cuanto veía. Imploraba tener las fuerzas de Edipo para poder arrancarme los ojos en aquél instante. No podía vomitar, ya había vaciado todo mi estómago cuando, junto a Rolph, llegué al Sachsenhausen, muy cerca de Berlín. No quería llorar, cada vez que lloraba él se acercaba suavemente, me masajeaba el cabello y me besaba el cuello, simplemente no podía hacer nada más que aguantar todo eso de manera heroica. Hacía mucho tiempo que no veía a mis padres. Rolph y yo viajábamos mucho por toda Alemania, yo era su asistente. En las pocas ocasiones que estábamos en Berlín solía visitarlos, pero luego dejé de hacerlo, no tenía fuerzas para verlos, y creo que era lo mejor para ellos. A ojos de todos yo disfrutaba lo que estaba haciendo, y tenían razón, estaba sobreviviendo, por mí y por Rudolph, ¿Cómo no iba a disfrutarlo?


   Aquellas cosas no eran personas, eran unos pedazos de carne que hacían grandes esfuerzos por contener el alma que se le escapaba por los labios, por los ojos, por todas partes. Rolph me servía de guía: aquellos eran homosexuales, los de allí gitanos, los de atrás opositores políticos y el resto judíos. El de la cicatriz había sido capturado por él y los que no le quitaban la vista  habían sido sus amigos de la infancia. Conocía a todos, y al parecer se esforzaba por que yo recordara sus rostros. Cuando terminó todo ese infierno nos dirigimos a una pequeña habitación que le destinaban cada vez que iba por allí, me senté en la cama a descansar, no el cuerpo, el alma.

-¿Qué te pasa?
-Nada. -respiré pesadamente- ¿Qué pretendes hacer conmigo? ¿Por qué memuestras todo esto?
-Quiero que te convenzas.
-¿Acaso no estoy contigo? -lo miré esperando una respuesta que no hubo- hago todo lo que dices, incluso me esfuerzo en disfrutarlo. No tienes por qué torturarme.
-Discúlpame -se acercó con una estúpida mirada paternal que me sacaba de quicio-. Tengo que hacer esto, eres mi asistente. A los ojos de todos soy tu tutor, interpreto mi papel, haz tu lo mismo.
-Está bien -le dije mientras sus labios recorrían mi cuello, suavemente los acerqué a los míos- Quiero hacerlo en este sitio.

   Un minuto después ya estábamos desnudos. No puedo negar que el sexo con él era una muy buena experiencia. No sé cómo podía disfrutarlo tanto, llegando incluso a ser yo quien tuviese siempre la iniciativa. Las primeras veces imaginaba que lo hacía con Rudolph, pero era muy difícil ya que nunca lo habíamos hecho, así que empecé a disfrutarlo sin más. Mi relación con Rudolph había sido muy linda, y lo sería más después de la guerra, él había sido siempre una buena persona, intrépida y valiente, aunque muy moralista. A mí me tenía sin cuidado la moral. Habían ciertas cosas que consideraba buenas y otras muy pocas que consideraba malas, casi nunca decía no. Aún así lo amaba intensamente, y él a mí, algo difícil de creer pues mientras él hacía lo posible por buscar nuestra salvación, yo estaba divirtiéndome en los bares de las ciudades alemanas, teniendo sexo, fumando y tomando hasta el cansancio.

   Algunas personas tienen raras reacciones post orgásmicas: euforia, rabia, asco, tristeza o desapego de la otra persona. Ésta última era la preferida de Rolph, cada vez que teníamos sexo yo dejaba de existir para él, algo que aprovechaba para darle una excusa idiota e ir a buscar mi vida. Rudolph sabía el precio que yo debía pagar para poder verlo, pero dudo que eso le importara mucho, estábamos en guerra, muchas cosas se tenían que hacer. Nuestra relación crecía, nos veíamos en su casa cada vez que podíamos, discutíamos sus nuevas ideas sobre cómo liberarme y después de todo eso, cuando ya casi tenía que irme, me besaba. Se había acostumbrado a besarme sólo para despedirse, era muy emocionante. Incluso hoy me sorprendo al recordar que durante esos encuentros él nunca intentó hacer nada más conmigo, yo estaba a su entera disposición y él lo sabía. He llegado a pensar que tal vez sintiera asco o no le agradaba la idea de compartir mi cuerpo con nadie más. Nunca se lo pregunté.

   Aquella tarde fui a buscar a Rudolph, pero no a su casa. Una mañana, después de mucho pensar, se nos ocurrió un plan que prometimos llevar a cabo ese día. Aquella mañana en Sachsenhausen había vomitado no por el horror que me causaba recorrer un campo de concentración sino por los nervios que me abordaban. Ambos sabíamos que si alguien llegaba a sospechar de nuestro plan estaríamos muertos. Cuando Rolph se levantó de la cama y se puso los pantalones adoptando su habitual gesto de indiferencia, sin pensarlo dos veces, le comuniqué que tenía ganas de visitar a mis padres y comprar algunos libros. No dijo nada, así que me vestí en cuanto salió de la habitación y abandoné el campo rumbo a Postdam.



domingo, 19 de diciembre de 2010

Ich bin kein Jude 2

   
   Corrí. Corrí como nunca lo había hecho. Al principio fue para escapar, luego por pura inercia. Corría desesperadamente esperando que mi mente se decidiera por fin hacia dónde ir. Mis piernas estaban más que dispuestas, sólo necesitaban dirección.

   La mirada de aquél hombre me decía que no tenía escapatoria, me invitaba a despedirme de mi desperdiciada y no valorada libertad. Sólo un minuto bastó para hacerme a la idea que durante el resto de mi vida, o al menos en los próximos mil años, sería el esclavo sexual de un pervertido, no, algo peor, de un nazi. Estaba a punto de salir con él del autobús cuando se produjo un pequeño altercado entre el conductor y un tipo que pretendía subirse al bus a toda costa. Rolph, el caza judíos, me miró desesperadamente. Un amante lo podría conseguir a la fuerza en cualquier momento, pero llegar a ser lo que era le había costado mucho, al menos eso pregonaba, así que tenía que conservar su reputación de ser brutal y desalmado, guardián del orden, todo un nazi. Sin pensarlo más avanzó hacia la parte delantera del autobús para poner fin a la discusión, momento que yo aproveché para huir de allí y correr hacia la nada.

   Llevaba varios minutos corriendo cuando caí en cuenta que estaba perdiendo el tiempo. ¿Quién era yo? Nadie, él sabía mi nombre, sabía lo que leía y sabía el autobús que tomaba para ir del trabajo a la casa. Aquél hombre me encontraría y me mataría, o algo peor, llevaría a cabo su propósito inicial. Así que paré de correr y le ordené a mi cerebro que tomara una decisión. Eso hizo. No fue muy buena pero ¿cómo podría él saberlo? Le hice caso y me dirigí a la casa de Rudolph, mi mejor amigo, quién estaba como de costumbre ideando nuevas formas para matar judíos. Rudolph era mucho más radical que yo, era realmente anti-nazi, pero de igual manera tenía que fingir. Así que desde siempre había hecho parte de las activas Juventudes Hitlerianas y participaba en algunos proyectos, destruyéndolos o retrasándolos. Era un saboteador.

   Le conté todo lo que tenía que saber en un segundo. Era mi única salvación. Ya no me importaba lo que dijera mi cerebro, mis oídos estaban listos para esperar las órdenes de Rudolph y mi cuerpo dispuesto a cumplirlas. No me dijo nada, al menos nada que yo esperaba, se puso de pie, se acercó a mi oído izquierdo y susurró sígueme. Salimos de su casa, empezó a caminar y yo a seguirlo como un idiota. Después de un momento entendió lo absurdo de la situación y aminoró el paso de tal manera que pudiera alcanzarlo, él no sabía que había llegado corriendo hasta su casa. Ya caminando juntos, empezó a contarme su plan: sacarme del país. No le pregunté nada más, no sabía cómo iba a hacer eso de un momento a otro, pero nadie más podía hacerlo. Rudolph podía hacer todo cuanto quisiera. Lo único que agregó es que tendríamos que ir a mi casa para sacar algunas cosas y despedirme de mis padres.

-¿Estás loco? -le reclamé.
-Un poco, lo sabes. No tengas miedo, no va a encontrarte tan fácilmente. Le costará mínimo un día. 
-No sé si deba hacerlo. ¿Te quedarás? -una pequeña lágrima recorrió soberbiamente mi mejilla -¿Cómo podría irme sin ti?
-Claro que puedes -se acercó tiernamente y me besó -.Tú siempre puedes.

   Rudolph era mucho más que mi mejor amigo, era la razón por la cual no había abandonado Alemania. Cada vez que se me ocurría un lugar al cual huir me empeñaba en borrarlo al instante de mi mente. Mis padres en ocasiones tenían todo listo para que partiera pero siempre encontraba una excusa, algo inútil pues ellos sabían desde hacía mucho mis verdaderas razones. Hablarle a Rudolph sobre la posibilidad de abandonar el país conmigo era casi un insulto, él estaba convencido de que los buenos venceríamos y que los rusos o los americanos o los ingleses o los marcianos o sólo los dos, de ser necesario, sacaríamos a Alemania y al mundo entero de ese infierno. Lo peor es que yo a menudo le creía.

   Cuando llegamos a casa ya estaba más tranquilo, él realmente sabía cargar con sus problemas y con los míos. Tocamos la puerta y esperamos pacientemente. Yo tenía llaves pero siempre tocaba. Desde que empezó la guerra mi mamá no salía de casa, y una muestra de que todo marchaba bien era abrir la puerta en menos de treinta segundos, necesitaba esa tranquilidad. Mamá no abrió. Toqué de nuevo con más insistencia, nada. No me había dado cuenta que Rudolph agarraba fuertemente mi mano libre. Escuchamos pasos y traté de tranquilizarme. Mamá salió como si nada, con una gran sonrisa en la cara, lo que me decía que todo andaba mal puesto que ella no sonreía desde hacía mucho. No podía sonreír sabiendo que en algún momento de la noche llegarían para llevarme a mí y a papá al frente o a interrogarnos sobre algún amigo o vecino.

-Hola cariño -me dijo sin descongelar su fingida sonrisa.
-¿Qué pasa?
-Tenemos visita -su sonrisa se descongeló. Su rostro se tornó mórbido.

   Rudolph no me quitaba la mirada de encima, su mano estaba a punto de destrozar la mía, lo miré y en su rostro estaba reflejado el cansancio y la desesperación. Tomé suavemente su mano y la besé mientras me libraba de ella, le di un beso en la frente a mamá y entré a enfrentar mi destino. 


sábado, 18 de diciembre de 2010

Confesiones...A ti

   
   Lo encontré mientras caminaba por un camino pedregoso. Mi carro se había averiado diez minutos antes. Venía fallando desde que salí de la casa de mis padres, así que cuando murió del todo, no me molesté en encenderlo o revisarlo o maldecirlo, sabía que tenía que buscar ayuda. Estaba en medio de la nada, algo normal en esas tierras, aunque también era muy normal encontrar alguna casa habitada por un par de ancianos que nadie sabía como sobrevivían a esa nada, nadie caía en cuenta que simplemente ellos hacían parte de ella, que habían sido puestos allí por la indiferencia de su presente.

   Bajé del auto, mire a todos lados y no tardé en hallar el camino pedregoso, justo lo que esperaba. Esa tierra se me hacía tan predecible que ya tenía muy claro el color de la casa y el tipo de personas que iba a encontrar, así que no me aceleré. Caminé lentamente apreciando ese antiguo camino y los árboles que le hacían gala a lado y lado, los cuales, realmente, parecían hacer gala a mi presencia. Sus grandes hojas sobre mi cabeza ni siquiera permitían que la luz del sol pudiera colarse, estaba atravesando un túnel en un lugar donde se respiraba paz infinita y se sentía una tranquilidad que sólo sientes en tus sueños de niño.

   Llevaba cinco minutos en tan hermosa travesía cuando empecé a dudar sobre encontrar aquella casa y esos amables ancianos. No importaba, me sentía muy bien allí. Cuando salí del túnel y llegué al final del camino, me quedé congelado, no entendía lo que estaba viendo, estaba convencido de estar en el hermoso recuerdo de alguien. Al final del camino había un árbol, en él desembocaban miles y miles de caminos en diferentes direcciones, me sentí insignificante. Los otros caminos no estaban cubiertos por árboles, no eran túneles naturales, eran simples caminos pedregosos.

   Era gigante, o al menos eso proyectaban mis ojos, sus raíces eran montañas interminables. Me acerqué al árbol con la extraña sensación de que una de ellas se levantaría y me aplastaría por la osadía de haber irrumpido en sus sueños. No me hicieron nada, se abrieron paso ante mí, permitiéndome la llegada hasta la base del tronco. Empecé a bordearlo. El sol estaba inmóvil, al parecer en ese lugar siempre era la misma hora, se respiraba el mismo aire una y otra vez pero no de forma monótona. Después de un tiempo pude encontrar algo, un pequeño letrero que hacía parte del árbol y que había colgado quiensabequien.

   No puedo contarles que decía aquél letrero, no lo sé, estaba escrito en una lengua muy rara, aquellos símbolos no se han visto en ningún alfabeto. Aún así, ese letrero irradiaba bondad, no podía decir nada malo, tenía que ser una invitación. Nunca he tenido curiosidad sobre su significado. Seguí caminando al rededor del árbol por si encontraba otro letrero, no fue así, lo que encontré fue una pequeña montaña de hojas secas, lógicamente eran del árbol pero ¿quién las arrumaba en ese sitio? Se notaba que en la parte baja de esa montaña habían hojas que llevaban mas de mil años de haberse desprendido del árbol, unas igual de viejas se encontraban en la parte superior, todo allí se me tornaba abiertamente caprichoso.

   Medité algunos minutos y nada se me ocurría. ¿Seguir bordeando aquél tronco? ¿esperar que alguien pasara por allí? ¿volver a mi auto y buscar ayuda por otra parte? Yo también, de pronto, me torné un poco caprichoso y empecé a desordenar aquella montaña de perfección esperando una alarma estrepitosa que anunciara el fin del mundo o el grito de un jardinero desesperado. Nada. Después de un rato, sin perder en ningún momento la calma, no tenía por qué pues no estaba perdido ni confundido y en cualquier momento podría regresar a mi auto, a la realidad, seguí caminando.

   Caminé horas y horas. No sé cuántas vueltas le había dado ya, si es que había alcanzado a dar alguna, cuando encontré otro letrero, tal vez el mismo, pero éste si lo pude entender, era otra invitación que acepté con mucho gusto. Al lado del letrero había una pequeña escalera circular que bordeaba el árbol hasta llegar a la copa. Sentí impulsos de empezar a recorrerla desesperadamente, pero recordé lo que estaba escrito en el último letrero. Sonreí hacia éste y seguí bordeando el árbol. Después de varios minutos volví al lugar de donde había salido: el encuentro de los caminos. Allí estaba el camino-túnel que me había servido de entrada a ese maravilloso lugar. No lo tomé, escogí al azar cualquiera de los otros millones de caminos pedregosos que desembocaban allí. No importaba cuál hubiese elegido, todos me traerían al mismo lugar.


viernes, 3 de diciembre de 2010

Ich bin kein Jude

   
  No soy un judío.
   Repetí eso durante los primeros años, a veces sólo para mí. Desde que Hitler había escrito Mi Lucha y, con mayor razón, después de la creación de la Oficina General de la Raza y la Repoblación, cada día muchos nos preguntábamos que tan arios éramos. Inicialmente nos preocupábamos por ser alemanes puros (ni judíos, ni comunistas), después ser alemán no fue suficiente, teníamos que ser arios y poblar al mundo con niños rubios, fuertes y de ojos claros. Yo no era uno de esos.

   Mis desgracias empezaron un día de noviembre, en un bus. Aquel día habían cerrado temprano en el trabajo, estábamos a punto de quebrar. Nuestro almacén fue uno de los primeros en apoyar las deportaciones judías para evitar la competencia, sin tener en cuenta que la mayoría de nuestros clientes eran judíos. Mientras el bus seguía su habitual recorrido yo me encontraba meditando sobre la posibilidad de abandonar Alemania. Mis padres fueron los primeros en notar el peligro que corría. No era rubio, pero el Führer tampoco, no era alto ni fuerte, pero el Führer tampoco, por eso no me preocupaba mucho. Ellos eran más paranoicos, o realistas, y pensaban que dentro de poco sólo tendría dos posibilidades: el frente o un trabajo humillante, incluso un campo de concentración.

   Mientras pensaba todo esto se subió al bus un hombre de uniforme, un caza judíos. Era demasiado poderoso como para montar en bus, por lo que deduje que estaba trabajando. Yo estaba en la parte de atrás y pude ver la reacción de los otros: empezaron a buscar su identificación, y los más aduladores su carné de afiliación al partido. Después de heilhitleriarnos, le pidió el documento al primer pasajero mientras los demás aguardábamos con el nuestro en las manos. Siete minutos más tarde estaba junto a mí, estiré la mano y le ofrecí mi documento de identificación junto a mi carné de trabajo sin mirarlo a los ojos. No me los recibió.

-No es necesario -dijo. 

   ¿Un uniformado amable? No en aquella Alemania. Se sentó a mi lado. La gente estaba a la expectativa. Empezó a hablarme.

-¿Cómo te llamas? -Al escuchar esto le ofrecí de nuevo mis documentos
-¿Cómo te llamas? -repitió fuertemente. Todo el bus se volvió hacia nosotros. 
Hans, Hans Steiner. 
-¿Edad?
-Veintidós.
-¿Dónde trabajas?

   Estuve tentado a mostrarle de nuevo mis documentos pero preferí responder verbalmente su pregunta. Después de eso se quedó en silencio durante un minuto. No apartaba su mirada de mi rostro. Yo estaba a punto de llorar de impotencia. ¿Qué podía hacer? ¿Huir? ¿Decirle "tienes razón, soy un puerco judío"? Pasado ese eterno minuto volvió a arremeter. 

-¿Qué tienes ahí? -dijo mientras señalaba la bolsa que llevaba conmigo.
-Ropa y un libro.
-¿Qué libro?

   Por primera vez durante todo ese tiempo le miré directamente la cara. Ese bastardo realmente estaba disfrutando la situación. No fui capaz de articular palabra, saqué el libro y se lo enseñé. Siempre cargaba ese libro por seguridad. Era de un francés al cual se le iba la vida hablando maravillas de las culturas nórdicas.

-Buen autor, a mi hija le gusta mucho. Creo que no se ha leído éste -lo dijo casi en un susurro. Su rostro se tornó paternal, amable. Vi una pequeña oportunidad
-Tómelo. Yo ya lo he leído -dije esperanzado.
-Usted lo necesita mucho más, judío.
-No soy judío -estaba indignado.
-Claro que sí.
-¡No soy judío! -estaba realmente enojado. La gente no podía evitar medio girar la cabeza para ver la escena.
-Calma, calma, enojarte no te ayudará en nada, judío.
-No soy judío, no soy judío -le imploré -.Soy alemán, tanto como usted o como  cualquiera de ellos.
-Bueno, eso lo tendré que comprobar.
 Mire mis documentos-le dije mientras sus ojos me hacían caer en cuenta de la inutilidad de mis palabras.
-No, no es necesario. Vamos, discutamos que tan alemán eres.
Esto último lo dijo mientras su mano recorría mi entrepierna.