La llave estaba sobre la mesa, llevaba más de veinticinco años allí, yo llevaba hora y media mirándola fijamente sin poder decidirme sobre qué hacer. Estaba completamente sola en la casa, era la dueña y no recibía visitas desde la muerte de mi esposo. Veintisiete años en la más estricta soledad, no sé quién cuidaba de mí pero la nevera siempre estaba llena y la cocina limpia. Nunca tuve que trabajar, ni siquiera preparar mis alimentos o lavar mi ropa interior, viví de una manera envidiable con mis padres y me casé para seguir llevando esa vida, que aunque no era de excesivos lujos, sí lo era de comodidades.
Nos conocimos durante las celebraciones del VJ Day, día de la rendición total de Japón y fin de la segunda guerra, al menos de la parte sangrienta, era un día de celebración. En ese entonces no me interesaba si Europa o el mundo entero se volvían capitalistas o comunistas, éramos un país neutral y las tendencias eran algo que no nos desvelaba. Sólo me alegraba el hecho de poder volver a viajar por el Mediterráneo y recorrer todo el continente en tren, estaba tan contenta aquél día que hubiera podido haber celebrado con un perro. Cuando decidía sobre a qué perro callejero besaría primero, apareció él. Era igual de peludo que los otros candidatos, pero al menos olía bien, era soltero y tenía la cartera llena. Desde ese día de agosto estuvimos juntos y no nos separamos hasta su muerte.
No tuvimos hijos. Fue una sabia decisión que tomó el destino por nosotros, tal vez lo hizo siguiendo una petición que ambos le hicimos en una de las playas del Adriático. De no haber sido así, no hubiésemos sido tan felices ni hubiéramos alcanzado a hacer todo lo que hicimos. A veces, cuando pasaban sobre mi cuerpo aquellos desolados días, después de su muerte, se me venía a la cabeza la idea de poder tener a alguien que me consolara y me hiciera compañía, pensaba en que no era tan bueno no tener descendencia, pero cuando razonaba me daba cuenta que un hijo, o varios, hubiesen evitado muchos de los magníficos momentos que yo recordaba con tanta lucidez y alegría. Viví veinticinco años recordando todo lo vivido con él desde el momento en que nuestras miradas se cruzaron, repasaba cada uno de los detalles para volver a hacer todo exactamente igual, esa era mi misión.
Aquella llave había llegado a mi puerta un año después de la muerte de mi esposo, junto con ella había llegado una carta, aparentemente escrita por él, en la cual me invitaba a abrir cualquier puerta de la casa con ayuda de ella. Fueron muchos meses de meditaciones hasta que me di de cuenta de su verdadero objetivo. Sabía que había una única oportunidad y no quería desaprovecharla por la prisa, así que aguardé por veinticinco años mientras me preparaba. El día que me sentí preparada me vestí de manera elegante y comí tan solo un poco, la emoción me abrumaba, duré hora y media decidiendo que puerta utilizar, finalmente, tomé la llave.
Al abrir la puerta escuché la algarabía y júbilo de mis antiguos vecinos y conciudadanos, corrí desesperadamente a buscar la calle en la que se encontraban los perros. De pie, en la mitad de la calle, estaba él, dispuesto a empezar todo de nuevo.
Al abrir la puerta escuché la algarabía y júbilo de mis antiguos vecinos y conciudadanos, corrí desesperadamente a buscar la calle en la que se encontraban los perros. De pie, en la mitad de la calle, estaba él, dispuesto a empezar todo de nuevo.
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