domingo, 19 de diciembre de 2010

Ich bin kein Jude 2

   
   Corrí. Corrí como nunca lo había hecho. Al principio fue para escapar, luego por pura inercia. Corría desesperadamente esperando que mi mente se decidiera por fin hacia dónde ir. Mis piernas estaban más que dispuestas, sólo necesitaban dirección.

   La mirada de aquél hombre me decía que no tenía escapatoria, me invitaba a despedirme de mi desperdiciada y no valorada libertad. Sólo un minuto bastó para hacerme a la idea que durante el resto de mi vida, o al menos en los próximos mil años, sería el esclavo sexual de un pervertido, no, algo peor, de un nazi. Estaba a punto de salir con él del autobús cuando se produjo un pequeño altercado entre el conductor y un tipo que pretendía subirse al bus a toda costa. Rolph, el caza judíos, me miró desesperadamente. Un amante lo podría conseguir a la fuerza en cualquier momento, pero llegar a ser lo que era le había costado mucho, al menos eso pregonaba, así que tenía que conservar su reputación de ser brutal y desalmado, guardián del orden, todo un nazi. Sin pensarlo más avanzó hacia la parte delantera del autobús para poner fin a la discusión, momento que yo aproveché para huir de allí y correr hacia la nada.

   Llevaba varios minutos corriendo cuando caí en cuenta que estaba perdiendo el tiempo. ¿Quién era yo? Nadie, él sabía mi nombre, sabía lo que leía y sabía el autobús que tomaba para ir del trabajo a la casa. Aquél hombre me encontraría y me mataría, o algo peor, llevaría a cabo su propósito inicial. Así que paré de correr y le ordené a mi cerebro que tomara una decisión. Eso hizo. No fue muy buena pero ¿cómo podría él saberlo? Le hice caso y me dirigí a la casa de Rudolph, mi mejor amigo, quién estaba como de costumbre ideando nuevas formas para matar judíos. Rudolph era mucho más radical que yo, era realmente anti-nazi, pero de igual manera tenía que fingir. Así que desde siempre había hecho parte de las activas Juventudes Hitlerianas y participaba en algunos proyectos, destruyéndolos o retrasándolos. Era un saboteador.

   Le conté todo lo que tenía que saber en un segundo. Era mi única salvación. Ya no me importaba lo que dijera mi cerebro, mis oídos estaban listos para esperar las órdenes de Rudolph y mi cuerpo dispuesto a cumplirlas. No me dijo nada, al menos nada que yo esperaba, se puso de pie, se acercó a mi oído izquierdo y susurró sígueme. Salimos de su casa, empezó a caminar y yo a seguirlo como un idiota. Después de un momento entendió lo absurdo de la situación y aminoró el paso de tal manera que pudiera alcanzarlo, él no sabía que había llegado corriendo hasta su casa. Ya caminando juntos, empezó a contarme su plan: sacarme del país. No le pregunté nada más, no sabía cómo iba a hacer eso de un momento a otro, pero nadie más podía hacerlo. Rudolph podía hacer todo cuanto quisiera. Lo único que agregó es que tendríamos que ir a mi casa para sacar algunas cosas y despedirme de mis padres.

-¿Estás loco? -le reclamé.
-Un poco, lo sabes. No tengas miedo, no va a encontrarte tan fácilmente. Le costará mínimo un día. 
-No sé si deba hacerlo. ¿Te quedarás? -una pequeña lágrima recorrió soberbiamente mi mejilla -¿Cómo podría irme sin ti?
-Claro que puedes -se acercó tiernamente y me besó -.Tú siempre puedes.

   Rudolph era mucho más que mi mejor amigo, era la razón por la cual no había abandonado Alemania. Cada vez que se me ocurría un lugar al cual huir me empeñaba en borrarlo al instante de mi mente. Mis padres en ocasiones tenían todo listo para que partiera pero siempre encontraba una excusa, algo inútil pues ellos sabían desde hacía mucho mis verdaderas razones. Hablarle a Rudolph sobre la posibilidad de abandonar el país conmigo era casi un insulto, él estaba convencido de que los buenos venceríamos y que los rusos o los americanos o los ingleses o los marcianos o sólo los dos, de ser necesario, sacaríamos a Alemania y al mundo entero de ese infierno. Lo peor es que yo a menudo le creía.

   Cuando llegamos a casa ya estaba más tranquilo, él realmente sabía cargar con sus problemas y con los míos. Tocamos la puerta y esperamos pacientemente. Yo tenía llaves pero siempre tocaba. Desde que empezó la guerra mi mamá no salía de casa, y una muestra de que todo marchaba bien era abrir la puerta en menos de treinta segundos, necesitaba esa tranquilidad. Mamá no abrió. Toqué de nuevo con más insistencia, nada. No me había dado cuenta que Rudolph agarraba fuertemente mi mano libre. Escuchamos pasos y traté de tranquilizarme. Mamá salió como si nada, con una gran sonrisa en la cara, lo que me decía que todo andaba mal puesto que ella no sonreía desde hacía mucho. No podía sonreír sabiendo que en algún momento de la noche llegarían para llevarme a mí y a papá al frente o a interrogarnos sobre algún amigo o vecino.

-Hola cariño -me dijo sin descongelar su fingida sonrisa.
-¿Qué pasa?
-Tenemos visita -su sonrisa se descongeló. Su rostro se tornó mórbido.

   Rudolph no me quitaba la mirada de encima, su mano estaba a punto de destrozar la mía, lo miré y en su rostro estaba reflejado el cansancio y la desesperación. Tomé suavemente su mano y la besé mientras me libraba de ella, le di un beso en la frente a mamá y entré a enfrentar mi destino. 


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