sábado, 18 de diciembre de 2010

Confesiones...A ti

   
   Lo encontré mientras caminaba por un camino pedregoso. Mi carro se había averiado diez minutos antes. Venía fallando desde que salí de la casa de mis padres, así que cuando murió del todo, no me molesté en encenderlo o revisarlo o maldecirlo, sabía que tenía que buscar ayuda. Estaba en medio de la nada, algo normal en esas tierras, aunque también era muy normal encontrar alguna casa habitada por un par de ancianos que nadie sabía como sobrevivían a esa nada, nadie caía en cuenta que simplemente ellos hacían parte de ella, que habían sido puestos allí por la indiferencia de su presente.

   Bajé del auto, mire a todos lados y no tardé en hallar el camino pedregoso, justo lo que esperaba. Esa tierra se me hacía tan predecible que ya tenía muy claro el color de la casa y el tipo de personas que iba a encontrar, así que no me aceleré. Caminé lentamente apreciando ese antiguo camino y los árboles que le hacían gala a lado y lado, los cuales, realmente, parecían hacer gala a mi presencia. Sus grandes hojas sobre mi cabeza ni siquiera permitían que la luz del sol pudiera colarse, estaba atravesando un túnel en un lugar donde se respiraba paz infinita y se sentía una tranquilidad que sólo sientes en tus sueños de niño.

   Llevaba cinco minutos en tan hermosa travesía cuando empecé a dudar sobre encontrar aquella casa y esos amables ancianos. No importaba, me sentía muy bien allí. Cuando salí del túnel y llegué al final del camino, me quedé congelado, no entendía lo que estaba viendo, estaba convencido de estar en el hermoso recuerdo de alguien. Al final del camino había un árbol, en él desembocaban miles y miles de caminos en diferentes direcciones, me sentí insignificante. Los otros caminos no estaban cubiertos por árboles, no eran túneles naturales, eran simples caminos pedregosos.

   Era gigante, o al menos eso proyectaban mis ojos, sus raíces eran montañas interminables. Me acerqué al árbol con la extraña sensación de que una de ellas se levantaría y me aplastaría por la osadía de haber irrumpido en sus sueños. No me hicieron nada, se abrieron paso ante mí, permitiéndome la llegada hasta la base del tronco. Empecé a bordearlo. El sol estaba inmóvil, al parecer en ese lugar siempre era la misma hora, se respiraba el mismo aire una y otra vez pero no de forma monótona. Después de un tiempo pude encontrar algo, un pequeño letrero que hacía parte del árbol y que había colgado quiensabequien.

   No puedo contarles que decía aquél letrero, no lo sé, estaba escrito en una lengua muy rara, aquellos símbolos no se han visto en ningún alfabeto. Aún así, ese letrero irradiaba bondad, no podía decir nada malo, tenía que ser una invitación. Nunca he tenido curiosidad sobre su significado. Seguí caminando al rededor del árbol por si encontraba otro letrero, no fue así, lo que encontré fue una pequeña montaña de hojas secas, lógicamente eran del árbol pero ¿quién las arrumaba en ese sitio? Se notaba que en la parte baja de esa montaña habían hojas que llevaban mas de mil años de haberse desprendido del árbol, unas igual de viejas se encontraban en la parte superior, todo allí se me tornaba abiertamente caprichoso.

   Medité algunos minutos y nada se me ocurría. ¿Seguir bordeando aquél tronco? ¿esperar que alguien pasara por allí? ¿volver a mi auto y buscar ayuda por otra parte? Yo también, de pronto, me torné un poco caprichoso y empecé a desordenar aquella montaña de perfección esperando una alarma estrepitosa que anunciara el fin del mundo o el grito de un jardinero desesperado. Nada. Después de un rato, sin perder en ningún momento la calma, no tenía por qué pues no estaba perdido ni confundido y en cualquier momento podría regresar a mi auto, a la realidad, seguí caminando.

   Caminé horas y horas. No sé cuántas vueltas le había dado ya, si es que había alcanzado a dar alguna, cuando encontré otro letrero, tal vez el mismo, pero éste si lo pude entender, era otra invitación que acepté con mucho gusto. Al lado del letrero había una pequeña escalera circular que bordeaba el árbol hasta llegar a la copa. Sentí impulsos de empezar a recorrerla desesperadamente, pero recordé lo que estaba escrito en el último letrero. Sonreí hacia éste y seguí bordeando el árbol. Después de varios minutos volví al lugar de donde había salido: el encuentro de los caminos. Allí estaba el camino-túnel que me había servido de entrada a ese maravilloso lugar. No lo tomé, escogí al azar cualquiera de los otros millones de caminos pedregosos que desembocaban allí. No importaba cuál hubiese elegido, todos me traerían al mismo lugar.


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