viernes, 2 de abril de 2010

Charles D.D 5


   No sabía cómo enfrentarme a ella. Lo peor es que no podía pedir consejo o contarle mi situación a nadie, quería demasiado a Kit y no podía ir por ahí divulgando sus secretos, poniéndole en peligro. Lo correcto era hablar con ella, pedirle explicaciones y ser comprensivo, así que decidí hacer eso. La llamé al celular y no obtuve respuesta, en su casa no contestó y hasta me tomé el atrevimiento de llamar a su trabajo, fue extraño, mientras esperaba respuesta pensé en lo mucho que me estaba encariñando con ella y en lo indispensable que me resultaba su compañía, incluso llegué a pensar en no volver a América, no tenía nada allí. Lo que me dijeron al otro lado de la línea me impacientó.


   Kit no solo había faltado al trabajo sino que no se había comunicado, ellos, al igual que yo, no habían dado con su paradero. Dejé entonces la aburrida e ineficiente diplomacia de realizar llamadas y decidí, todavía no sé si a buena hora, recurrir a métodos más directos y efectivos. Era imposible que después de haber estado investigando a Kit por tantos días no tuviese un duplicado de sus llaves, no fue difícil, tiene un sueño muy pesado. Tomé las llaves en mis manos y las observé durante un instante, estaba muerto de pánico y noté que las manos me temblaban, no perdí más tiempo y fui hacia su casa. En el camino me hice algunas preguntas: ¿Se había ido con aquellos hombres? Al igual que yo, ¿otra persona había descubierto lo que hacía? Llegué a la puerta y, sin respirar, metí la mano en el bolsillo izquierdo, las malditas llaves no estaban. Antes de seguir maldiciendo metí la mano en el otro bolsillo y las encontré.

   Entré sin mucho ruido y no pregunté estúpidamente si había alguien. No tenia arma ni nada parecido para defenderme así que, al mejor estilo americano, tomé mi celular y digité el número de la policía, a cualquier movimiento raro llamaría. Di un rápido paseo por la cocina, el salón comedor y la sala de estar, no encontré nada, subí al dormitorio, la puerta estaba abierta de par en par y la cama desarreglada, sobre ella reposaba la toalla y la bata de dormir de Kit. Ella no acostumbraba ser desordenada, jamás dejaría nada sobre la cama. Estaba a punto de vomitar por la desesperación y no encontraba qué diablos hacer ¿Llamar a la policía? ¿Llamar a la policía? o ¿Llamar a la policía? No sé por qué nunca le hacemos caso a esa primera idea que se nos viene siempre a la cabeza, el mundo sería un lugar más sencillo. No llamé a la policía. Me dediqué a buscar pistas, y las encontré. Debajo de la bata y la toalla encontré una nota que más o menos decía:
Tenemos a tu querida protectora, el precio de devolución eres tú. Cuidado, esta oferta caduca.

   Mi aturdimiento era incontrolable para ese entonces, ¿Quién me buscaba? ¿Qué querían de mí? Tienen que saber que en esa época mi ego gozaba de buen estado físico y pensaba que, de una u otra forma, todo giraba en torno mío, por eso me comporté como un idiota y no fui capaz de darme cuenta que esa nota no iba dirigida hacia mí. Seguí leyendo y ni siquiera eso me ayudó:

Búscanos en el Hotel Theresa, piso 11, apt 4. Sabemos que no vas a venir con la policía, ¿Cómo podrías? Si quieres un poquito tu ya maltrecha vida sabrás que lo mejor es que vengas solo y con las manos arriba.
Evítanos molestias.


No hay comentarios:

Publicar un comentario