lunes, 20 de diciembre de 2010

Ich bin kein Jude 3


   Era horrible todo cuanto veía. Imploraba tener las fuerzas de Edipo para poder arrancarme los ojos en aquél instante. No podía vomitar, ya había vaciado todo mi estómago cuando, junto a Rolph, llegué al Sachsenhausen, muy cerca de Berlín. No quería llorar, cada vez que lloraba él se acercaba suavemente, me masajeaba el cabello y me besaba el cuello, simplemente no podía hacer nada más que aguantar todo eso de manera heroica. Hacía mucho tiempo que no veía a mis padres. Rolph y yo viajábamos mucho por toda Alemania, yo era su asistente. En las pocas ocasiones que estábamos en Berlín solía visitarlos, pero luego dejé de hacerlo, no tenía fuerzas para verlos, y creo que era lo mejor para ellos. A ojos de todos yo disfrutaba lo que estaba haciendo, y tenían razón, estaba sobreviviendo, por mí y por Rudolph, ¿Cómo no iba a disfrutarlo?


   Aquellas cosas no eran personas, eran unos pedazos de carne que hacían grandes esfuerzos por contener el alma que se le escapaba por los labios, por los ojos, por todas partes. Rolph me servía de guía: aquellos eran homosexuales, los de allí gitanos, los de atrás opositores políticos y el resto judíos. El de la cicatriz había sido capturado por él y los que no le quitaban la vista  habían sido sus amigos de la infancia. Conocía a todos, y al parecer se esforzaba por que yo recordara sus rostros. Cuando terminó todo ese infierno nos dirigimos a una pequeña habitación que le destinaban cada vez que iba por allí, me senté en la cama a descansar, no el cuerpo, el alma.

-¿Qué te pasa?
-Nada. -respiré pesadamente- ¿Qué pretendes hacer conmigo? ¿Por qué memuestras todo esto?
-Quiero que te convenzas.
-¿Acaso no estoy contigo? -lo miré esperando una respuesta que no hubo- hago todo lo que dices, incluso me esfuerzo en disfrutarlo. No tienes por qué torturarme.
-Discúlpame -se acercó con una estúpida mirada paternal que me sacaba de quicio-. Tengo que hacer esto, eres mi asistente. A los ojos de todos soy tu tutor, interpreto mi papel, haz tu lo mismo.
-Está bien -le dije mientras sus labios recorrían mi cuello, suavemente los acerqué a los míos- Quiero hacerlo en este sitio.

   Un minuto después ya estábamos desnudos. No puedo negar que el sexo con él era una muy buena experiencia. No sé cómo podía disfrutarlo tanto, llegando incluso a ser yo quien tuviese siempre la iniciativa. Las primeras veces imaginaba que lo hacía con Rudolph, pero era muy difícil ya que nunca lo habíamos hecho, así que empecé a disfrutarlo sin más. Mi relación con Rudolph había sido muy linda, y lo sería más después de la guerra, él había sido siempre una buena persona, intrépida y valiente, aunque muy moralista. A mí me tenía sin cuidado la moral. Habían ciertas cosas que consideraba buenas y otras muy pocas que consideraba malas, casi nunca decía no. Aún así lo amaba intensamente, y él a mí, algo difícil de creer pues mientras él hacía lo posible por buscar nuestra salvación, yo estaba divirtiéndome en los bares de las ciudades alemanas, teniendo sexo, fumando y tomando hasta el cansancio.

   Algunas personas tienen raras reacciones post orgásmicas: euforia, rabia, asco, tristeza o desapego de la otra persona. Ésta última era la preferida de Rolph, cada vez que teníamos sexo yo dejaba de existir para él, algo que aprovechaba para darle una excusa idiota e ir a buscar mi vida. Rudolph sabía el precio que yo debía pagar para poder verlo, pero dudo que eso le importara mucho, estábamos en guerra, muchas cosas se tenían que hacer. Nuestra relación crecía, nos veíamos en su casa cada vez que podíamos, discutíamos sus nuevas ideas sobre cómo liberarme y después de todo eso, cuando ya casi tenía que irme, me besaba. Se había acostumbrado a besarme sólo para despedirse, era muy emocionante. Incluso hoy me sorprendo al recordar que durante esos encuentros él nunca intentó hacer nada más conmigo, yo estaba a su entera disposición y él lo sabía. He llegado a pensar que tal vez sintiera asco o no le agradaba la idea de compartir mi cuerpo con nadie más. Nunca se lo pregunté.

   Aquella tarde fui a buscar a Rudolph, pero no a su casa. Una mañana, después de mucho pensar, se nos ocurrió un plan que prometimos llevar a cabo ese día. Aquella mañana en Sachsenhausen había vomitado no por el horror que me causaba recorrer un campo de concentración sino por los nervios que me abordaban. Ambos sabíamos que si alguien llegaba a sospechar de nuestro plan estaríamos muertos. Cuando Rolph se levantó de la cama y se puso los pantalones adoptando su habitual gesto de indiferencia, sin pensarlo dos veces, le comuniqué que tenía ganas de visitar a mis padres y comprar algunos libros. No dijo nada, así que me vestí en cuanto salió de la habitación y abandoné el campo rumbo a Postdam.



No hay comentarios:

Publicar un comentario