viernes, 3 de diciembre de 2010

Ich bin kein Jude

   
  No soy un judío.
   Repetí eso durante los primeros años, a veces sólo para mí. Desde que Hitler había escrito Mi Lucha y, con mayor razón, después de la creación de la Oficina General de la Raza y la Repoblación, cada día muchos nos preguntábamos que tan arios éramos. Inicialmente nos preocupábamos por ser alemanes puros (ni judíos, ni comunistas), después ser alemán no fue suficiente, teníamos que ser arios y poblar al mundo con niños rubios, fuertes y de ojos claros. Yo no era uno de esos.

   Mis desgracias empezaron un día de noviembre, en un bus. Aquel día habían cerrado temprano en el trabajo, estábamos a punto de quebrar. Nuestro almacén fue uno de los primeros en apoyar las deportaciones judías para evitar la competencia, sin tener en cuenta que la mayoría de nuestros clientes eran judíos. Mientras el bus seguía su habitual recorrido yo me encontraba meditando sobre la posibilidad de abandonar Alemania. Mis padres fueron los primeros en notar el peligro que corría. No era rubio, pero el Führer tampoco, no era alto ni fuerte, pero el Führer tampoco, por eso no me preocupaba mucho. Ellos eran más paranoicos, o realistas, y pensaban que dentro de poco sólo tendría dos posibilidades: el frente o un trabajo humillante, incluso un campo de concentración.

   Mientras pensaba todo esto se subió al bus un hombre de uniforme, un caza judíos. Era demasiado poderoso como para montar en bus, por lo que deduje que estaba trabajando. Yo estaba en la parte de atrás y pude ver la reacción de los otros: empezaron a buscar su identificación, y los más aduladores su carné de afiliación al partido. Después de heilhitleriarnos, le pidió el documento al primer pasajero mientras los demás aguardábamos con el nuestro en las manos. Siete minutos más tarde estaba junto a mí, estiré la mano y le ofrecí mi documento de identificación junto a mi carné de trabajo sin mirarlo a los ojos. No me los recibió.

-No es necesario -dijo. 

   ¿Un uniformado amable? No en aquella Alemania. Se sentó a mi lado. La gente estaba a la expectativa. Empezó a hablarme.

-¿Cómo te llamas? -Al escuchar esto le ofrecí de nuevo mis documentos
-¿Cómo te llamas? -repitió fuertemente. Todo el bus se volvió hacia nosotros. 
Hans, Hans Steiner. 
-¿Edad?
-Veintidós.
-¿Dónde trabajas?

   Estuve tentado a mostrarle de nuevo mis documentos pero preferí responder verbalmente su pregunta. Después de eso se quedó en silencio durante un minuto. No apartaba su mirada de mi rostro. Yo estaba a punto de llorar de impotencia. ¿Qué podía hacer? ¿Huir? ¿Decirle "tienes razón, soy un puerco judío"? Pasado ese eterno minuto volvió a arremeter. 

-¿Qué tienes ahí? -dijo mientras señalaba la bolsa que llevaba conmigo.
-Ropa y un libro.
-¿Qué libro?

   Por primera vez durante todo ese tiempo le miré directamente la cara. Ese bastardo realmente estaba disfrutando la situación. No fui capaz de articular palabra, saqué el libro y se lo enseñé. Siempre cargaba ese libro por seguridad. Era de un francés al cual se le iba la vida hablando maravillas de las culturas nórdicas.

-Buen autor, a mi hija le gusta mucho. Creo que no se ha leído éste -lo dijo casi en un susurro. Su rostro se tornó paternal, amable. Vi una pequeña oportunidad
-Tómelo. Yo ya lo he leído -dije esperanzado.
-Usted lo necesita mucho más, judío.
-No soy judío -estaba indignado.
-Claro que sí.
-¡No soy judío! -estaba realmente enojado. La gente no podía evitar medio girar la cabeza para ver la escena.
-Calma, calma, enojarte no te ayudará en nada, judío.
-No soy judío, no soy judío -le imploré -.Soy alemán, tanto como usted o como  cualquiera de ellos.
-Bueno, eso lo tendré que comprobar.
 Mire mis documentos-le dije mientras sus ojos me hacían caer en cuenta de la inutilidad de mis palabras.
-No, no es necesario. Vamos, discutamos que tan alemán eres.
Esto último lo dijo mientras su mano recorría mi entrepierna.


No hay comentarios:

Publicar un comentario