No soy un judío.
Repetí eso
durante los primeros años, a veces sólo para mí. Desde que Hitler había escrito Mi Lucha y, con mayor razón, después de la
creación de la Oficina General de la Raza y la Repoblación, cada día muchos nos
preguntábamos que tan arios éramos. Inicialmente nos preocupábamos por ser
alemanes puros (ni judíos, ni comunistas), después ser alemán no fue
suficiente, teníamos que ser arios y poblar al mundo con niños rubios, fuertes
y de ojos claros. Yo no era uno de esos.
Mis desgracias empezaron un día de noviembre, en un bus. Aquel día habían
cerrado temprano en el trabajo, estábamos a punto de quebrar. Nuestro almacén
fue uno de los primeros en apoyar las deportaciones judías para evitar la
competencia, sin tener en cuenta que la mayoría de nuestros clientes eran
judíos. Mientras el bus seguía su habitual recorrido yo me encontraba meditando
sobre la posibilidad de abandonar Alemania. Mis padres fueron los primeros en
notar el peligro que corría. No era rubio, pero el Führer tampoco, no era alto
ni fuerte, pero el Führer tampoco, por eso no me preocupaba mucho. Ellos eran
más paranoicos, o realistas, y pensaban que dentro de poco sólo tendría dos
posibilidades: el frente o un trabajo humillante, incluso un campo de
concentración.
Mientras pensaba todo esto se subió al bus un hombre de uniforme, un caza
judíos. Era demasiado poderoso como para montar en bus, por lo que deduje que
estaba trabajando. Yo estaba en la parte de atrás y pude ver la reacción de
los otros: empezaron a buscar su identificación, y los más aduladores su carné
de afiliación al partido. Después de heilhitleriarnos, le pidió el documento
al primer pasajero mientras los demás aguardábamos con el nuestro en las manos.
Siete minutos más tarde estaba junto a mí, estiré la mano y le ofrecí mi documento
de identificación junto a mi carné de trabajo sin mirarlo a los ojos. No me
los recibió.
-No es necesario -dijo.
¿Un uniformado amable? No en aquella
Alemania. Se sentó a mi lado. La gente estaba a la expectativa. Empezó a
hablarme.
-¿Cómo te llamas? -Al escuchar esto le ofrecí de nuevo mis documentos
-¿Cómo te llamas? -repitió fuertemente. Todo el bus se volvió hacia nosotros.
Hans, Hans Steiner.
-¿Edad?
-Veintidós.
-¿Dónde trabajas?
-¿Cómo te llamas? -Al escuchar esto le ofrecí de nuevo mis documentos
-¿Cómo te llamas? -repitió fuertemente. Todo el bus se volvió hacia nosotros.
Hans, Hans Steiner.
-¿Edad?
-Veintidós.
-¿Dónde trabajas?
Estuve tentado a mostrarle de nuevo mis documentos pero preferí responder verbalmente su pregunta. Después de eso se quedó en silencio durante un minuto. No apartaba su mirada de mi rostro. Yo estaba a punto de llorar de impotencia. ¿Qué podía hacer? ¿Huir? ¿Decirle "tienes razón, soy un puerco judío"? Pasado ese eterno minuto volvió a arremeter.
-¿Qué tienes ahí? -dijo mientras señalaba la bolsa que
llevaba conmigo.
-Ropa y un libro.
-¿Qué libro?
Por primera vez durante todo ese tiempo le miré directamente la cara. Ese
bastardo realmente estaba disfrutando la situación. No fui capaz de articular
palabra, saqué el libro y se lo enseñé. Siempre cargaba ese libro por seguridad.
Era de un francés al cual se le iba la vida hablando maravillas de las culturas
nórdicas.
-Buen autor, a mi hija le gusta mucho. Creo que no se ha leído
éste -lo dijo casi en un susurro. Su rostro se tornó paternal, amable.
Vi una pequeña oportunidad
-Tómelo. Yo ya lo he leído -dije
esperanzado.
-Usted lo necesita mucho más, judío.
-No soy judío -estaba indignado.
-Claro que sí.
-¡No soy judío! -estaba realmente enojado. La gente no podía evitar medio girar la
cabeza para ver la escena.
-Calma, calma, enojarte no te ayudará en nada, judío.
-No soy judío, no soy judío -le
imploré -.Soy alemán, tanto como usted o como cualquiera de ellos.
-Bueno, eso lo tendré que comprobar.
-No, no es necesario. Vamos, discutamos que tan alemán eres.
Esto último lo dijo mientras su mano recorría mi entrepierna.
No hay comentarios:
Publicar un comentario