No sabía dónde estaba.
Era un hospital, me pude percatar rápidamente, pero en ese momento ignoraba su ubicación, su nombre, el país en el que se encontraba. Ignoraba también el tiempo que había estado inconsciente.
Reconocí su cara en cuanto le vi, fresca, jovial, amorosa, no había cambiado nada. En ese momento sonreí por primera vez, sabía que no había pasado mucho tiempo.
-Hola -le dije- ¿Sigues por aquí?
Él leía. No notó cuando me despsiguiente, ahablarle, salió él también del lugar en el que se encontraba, me miró con los ojos anegados, sonrisa amplia y corrió a mi lado. Nos contemplamos durante una eternidad. Después de varias sonrisas sin palabra alguna, se acercó a mí y puso su cabeza sobre mi pecho.
-Hueles bien -le dije mientras olía su cabello. Lo traía largo de nuevo- ¿Cómo estás?
Empezaba a recordar algunas cosas. Él estaba conmigo cuando sucedió el accidente. Regresábamos de algún lugar en un autobús público. Un pequeño pueblo en el que no estuvimos más de dos días. Creo haberla pasado muy bien, aún no son claros mis recuerdos sobre lo que hicimos en ese lugar, a pesar de que él me los has narrado docenas de veces, pero sí recuerdo estar bastante contento en el auto, junto a él.
Él dormía cuando el conductor perdió el control del vehículo. Yo, sin querer despertarlo para evitar que le viera la cara a la muerte, lo abracé. ¿Lo había salvado ese abrazo de mi destino o de otro peor? De no haberlo abrazado, ¿hubiese sido peor mi resultado? No importa. Ese abrazo lo recuerdo bastante bien.
-Bien. Muy bien. -me respondió mientras se secaba las mejillas con los dorsos de sus manos.
Todo en él es simétrico.
Me preguntó cómo me sentía. Le respondí que no me vendría nada mal cepillarme los dientes pues no podía pasar un minuto más sin besarlo. Rió. Así como sabe hacerlo, de forma sexy e infantil, y me besó.
Según me explicaron después, con lenguaje técnico innecesario, la recuperación sería larga, y lo ha sido. Pero había despertado y eso ya era bastante. Había cosas que no recordaría ni comprendería. Y por eso era necesario que me tuvieran otro tiempo ahí, en observación, para poder medir mi evolución. Yo los escuchaba a lo lejos pues mis pensamientos estaban en él. Habían pasado ocho meses desde el accidente, ocho meses perdidos en un sueño del cual no recordaba nada. Durante las primeras semanas de observación, los médicos creyeron falsamente que yo no recordaba del día del accidente hacia atrás. Creían que no recordaba a mis padres, a mis amigos, mi empleo, mi perro. Creían que sólo lo recordaba a él. Pero no era así. Sólo pensaba en él. Recordaba todo pero no le daba importancia para entonces. No preguntaba por nadie más que no fuera él cada mañana. Despertar y no verlo frente a mí, sentado, tranquilo, absorto en la lectura de algún libro me llevaba a tal desespero que estuvieron a punto de sedarme, se detuvieron tal vez por lo irónica que sería la situación, dormirme después de haber hecho tanto para despertarme. Me mantuvieron alejado de aparatos electrónicos por temor a que no recordara como usarlos y así desesperar. No tenía forma de comunicarme con él, de saber si iría a verme ese día o el siguiente, a pesar que él siempre me lo prometía, siempre me decía que le vería al día siguiente. Rogaba que entrara por la puerta y pasaban horas, nunca días, sin que lo hiciera. Sin olerlo, sin besarlo, sin ver sus ojos.
Durante esas semanas comprendí lo que él había sentido mientras yo dormía.