sábado, 16 de julio de 2011

Martes


   Hacía mucho calor el día que el Dr. Andergast se animó a explicarme todo. Yo no sabía, ni sé, el significado de todas las palabras técnicas que usó, pero pude entender por su rostro la magnitud de mi problema. Hacía demasiado calor para pensar claramente lo que tenía que hacer: seguir un tratamiento costoso, en cuanto tiempo y dinero, que no aseguraba nada pero que al menos me daba un poco de esperanza o dejar que la fuerza de la naturaleza actuará sin ningún tipo de oposición. Cuando el calor bajó pude decidirme por la segunda opción sin dudas importantes. No se lo consulté a nadie, poco me importaba en esos momentos lo que llegaran a pensar mamá, Lena o incluso mis amigos, yo sería el directo implicado, sobre mi caería el peso de aquella decisión. No fue problema convencerlos, les hablé con el mismo tecnicismo del Dr. Andergast, les mostré las mismas cifras y los mismos porcentajes de efectividad del tratamiento.

   No fue fácil empezar a concluir todo lo que había empezado en la ciudad. Demoré algo de tiempo en convencer a uno de mis amigos para que se hiciera cargo de Ren y Rin, mis dos perros. Él tenía la idea de conservar sólo uno pero yo no quería separarlos, son hermanos, habían estado siempre juntos y a mi lado, quería que el daño fuese menor. Vendí las cosas del apartamento y con eso pude pagar algunas deudas, regalé la ropa que ya no me sería útil, cancelé todas mis tarjetas y suscripciones. Parte sencilla todo eso, lo difícil sería hablar con mis amigos. Éramos un grupo muy unido, nos queremos extrañamente, ninguno podía imaginarse lejos de los demás ni de la ciudad. En nuestra última noche juntos nos reunimos en el apartamento de Halvar, normalmente todas aquellas reuniones caseras eran en mi apartamento por ser el más central, pero ya lo había entregado, así que para evitar que todo fuese más extraño les hablé después de haber bebido y cantado como de costumbre. 

   Minutos después de haberles contado todo, el silencio estaba ahogándome. Nadie quería romperlo, ni siquiera yo que era a quién más incomodaba, no podía escuchar ni sus respiraciones. Cerré los ojos y traté de irme acostumbrando a lo que sería mi vida después de esa noche, silencio y más silencio. Lena fue la primera en hablar, en regañar, para ser más preciso, estaba muy enfadada por haberla mantenido al margen de todo, por no haber confiado lo suficiente en ella como para confesarle lo grave de mi problema. Parloteó hasta quedar sin energías, luego, repitió calladamente que no podía dejarla, que moriría sin mí, me abrazó y no volvió a hablar hasta que me acompañó a un pequeño hotel cerca de la estación de autobuses. Mis amigos se tornaron viejos y cansados, noté por primera vez el paso de los años sobre nosotros, ya estábamos lejos de ser unos jóvenes, incluso algunos ya se acercaban a los treinta. Compramos otras dos botellas, volví a cantar algunas canciones que significaban mucho para nosotros y recordamos intensamente todas los momentos futuros que no íbamos a poder compartir. 

   Camino al hotel traté de sacarle alguna palabra a Lena, pero me fue imposible, estaba bastante meditativa y elevada mientras yo moría de curiosidad por saber que pensamientos danzaban en su cabeza. Sus palabras fueron bastante fuertes, al principio un golpe devastador, no veía por ningún lado a aquella mujer fresca y centrada de la cual me había enamorado años atrás, después se fueron convirtiendo en una especie de cuento infantil sin moraleja clara, para luego, simplemente, retornar a la frescura habitual, esa que me despertaba los días en que su esposo estaba fuera de la ciudad o demasiado ocupado para notar su existencia. No volvería a verla como aquella noche, no se volverían a quebrar sus nervios de acero. No pude oponerme a nada de lo que me dijo, me impuso su decisión tal y como yo les había impuesto a todos la mía, juró acompañarme hasta el último momento y cuidar de mí sin importar que ella se muriera en el intento. Al otro día partimos hacia acá, tomó de su casa tan sólo una pequeña maleta y dejó en la mesa una nota mucho más pequeña para Gunnar. 

   La conocí un poco después de empezar la universidad. Siempre ha sido bastante sociable y suele conocer personas en todas partes, en cada fiesta solía llegar con tres o cuatros nuevos amigos, fue ella la que poco a poco dio forma a nuestro estupendo grupo. Inteligente y decidida, alejada totalmente de las chicas de este pueblo, un poco anticuadas y futuristas. Puede lograr todo cuanto quiera, no sólo me convirtió en lo que soy ahora sino que hizo que me enamorara de su creación, además, logró que me enamorara de la ciudad al mismo ritmo que me enamoraba de ella, mis dos grandes amores. Gunnar y yo, los suyos. En esa última noche pensé que, de alguna manera, yo había ganado, Gunnar logró llevarla al altar pero seré yo quien realmente esté con ella hasta que la muerte nos separe.


No hay comentarios:

Publicar un comentario