jueves, 8 de diciembre de 2011

Recuerdo


   Su huesuda y fría mano tocó mi rodilla desnuda, no sólo la tocó, la acarició suavemente, sin nada de fuerza, era casi una súplica. Yo me sorprendí un poco, muy poco en realidad, ya estaba bastante alerta. Observé sus dedos, su mano, los movimientos que hacía, ya no sobre mi rodilla sino también sobre mi muslo, estaba embelesado, sabía que tenía que hacer algo pues de lo contrario su mano llegaría hasta mi cuello. Así que la tomé con determinación, era tan frágil, podía quebrarla con un leve apretón. En vez de eso, la acaricié, casi como en respuesta a su súplica. Se la acaricié eternamente, dejé que su mano llegara libre hasta mi cuello, y no sólo hasta allí. Eso hice, eso hice muchas veces, no me arrepiento, en aquél pueblo sólo yo quería a los muertos.


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