Llegó un momento en el que pensé que sería imposible convencer a mamá de hacer lo que yo decía, estaba a punto de rendirme y Lena no ayudaba mucho, me decía que era lógico que una madre tomara esa actitud, que para la gente podría ser fácil abandonar a sus abuelos o padres en un asilo, dejar de visitar a un tío que lleva más de un año en coma, incluso echar a la suerte a sus amigos o primos que cometieron un delito y están tras las rejas, pero nadie abandonaba a su joven, sano y libre hijo. Que no se trataba de si mi madre se esclaviza o no en mí cuidado, de si dejaba ir a Roberto e interrumpía su felicidad, sino que ella estaba preparada para morir primero.
Finalmente mamá abandonó el pueblo. Bien dice Lena que las madres están preparadas para morir primero, pero también están preparadas para ver a sus hijos crecer, tomar sus propias decisiones y valerse por ellos mismos, así como nosotros estamos preparados para cambiar esa figura materna, en el caso masculino, por una compañera quién será la encargada de apoyarnos, cuidarnos cuando estemos enfermos y, por supuesto, regañarnos cuando nos quedemos hasta tarde con los amigos. Mamá asumió que tengo una vida en común con Lena y que nos la arreglamos bien, debe confiar en nosotros y nosotros debemos ser capaces de sobrellevar todo esto sin ningún tipo de ayuda, como lo que no somos, marido y mujer. Hicimos muchas cosas antes de que partieran. Lo primero fue, naturalmente, visitar las casas del pueblo diciéndole a todos que me iba a quedar a vivir aquí una temporada y que pudieran contar conmigo para lo que necesitaran. Es un pueblo no muy grande así que ya todos saben que no será sólo por una temporada.
Después de que mamá y Roberto se marcharan aprovechamos para divertirnos mucho, tuvimos una luna de miel. No era la primera, estando en la universidad aprovechábamos algunas épocas libres de exámenes para pasar todo el fin de semana juntos, incluso después de que Lena se casara, lo diferente esta vez es que estábamos completamente solos, no había ningún Gunnar presente y no teníamos necesidad de volver a la realidad. Ahora, ella es mi realidad y yo la de ella. Nunca había disfrutado tanto el sexo, aprovechamos cada momento pues somos conscientes que, por mucho que nos tengamos, nada se repetirá. La enfermedad anda bastante rápido para mi gusto, está bien que decidí no resistirme pero aún así siento que los golpes son mucho más fuertes y afilados de lo que esperaba, ya es difícil seguirle los pasos.
Al menos todavía puedo escribir, aunque con bastante esfuerzo. Para hoy todavía soy capaz de hacer algunos garabatos, que asumo como palabras, que después leeré a Lena, quién está haciendo una copia con su letra, un poco más legible que la mía, razón por la cual puedes entender algo. Opté por escribir algo bastante resumido pues no puedo hacer planes a mediano plazo, no con una sombra siguiéndome día y noche. Sacarle punta a un lápiz es algo que ya no puedo hacer, así que Lena antes de irse me deja varios lápices afilados, tratar de no romper las puntas antes de que ella regrese es otro reto. Será ella quién escriba directamente la última parte, algo que me pone un poco nervioso pues, aunque no tengo problema con que lea todo, el tenerle ahí esperando que se me ocurra la palabra precisa o decirle que olvide todo y vuelva a empezar, me incomodará.
Sé que ya no le es tan fácil comunicarse conmigo, algo leve, pero la velocidad con la que avanzará todo es lo que me preocupa. No hay problema con que se me olviden ciertas cosas en determinado momento, recordándolas cuando ya no las necesito, el nombre de un objeto o de la amiga de mamá que vino esta tarde, o que a veces pierda el hilo de la conversación y tenga que preguntarle sobre qué hablábamos, pero el imaginar que dentro de uno o dos meses ni siquiera podremos tener una conversación razonable es algo que terminará por hundirla. No le escribo principalmente a un extraño de la ciudad que se animó a leer esto, le escribo al extraño que seré dentro de una semana, me escribo para poder recordarme cada día quién soy y que solía querer, para recordar que durante estos días he tomado decisiones que debo respetar. No creo que esta pérdida gradual de consciencia se deba a la enfermedad, como tampoco creo que en algunos casos se deba a la edad, la culpa, sin duda, es del silencio.
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