martes, 20 de diciembre de 2011

Confesiones...Blanco

 
   Una pared adornada con diferentes cebollas. No tan literales como en esas tiendas de vecindario tan comunes y grotescas sino bellamente, pintadas tal vez por una ama de casa inspirada y, debo admitirlo, talentosa. No lo pregunté, hubiese sido algo más que embarazoso. Al llegar, el padre preguntó por mi desayuno, mentí, como siempre, simplemente no me gustaban las comidas tempranas. A pesar de ser un buen madrugador, algunas partes de mi cuerpo se tomaban su tiempo para arrancar con sus labores. Lo complací aceptándole una taza de café. Me senté a esperar a la hija mientras él me contaba sobre la última complicación de su madre y las locuras del clima por esa época. Al notarme un poco ausente optó por retirarse, anotando antes que me haría llevar el café en cuanto empezara la clase. 

   Aquél extranjero me había contactado dos semanas atrás, llevaba algunos años haciendo negocios en nuestro país y por fin había convencido a su familia para mudarse. Me daba la impresión que lo habíamos seducido por completo, era, sin duda, un perfeccionista, y aunque no creo que odiase a su país, si era muy consciente de su pobreza cultural. Por eso me había contratado, quería que su hija no sólo conociera y comprendiera sino que también amara nuestras costumbres, nuestra finísima cultura como lo expresaba él. A ella no le disgustaban sus planes. 
Ese sería mi segundo encuentro con la niña, en el primero, que se pareció más a una cita, hablamos un poco para conocernos y establecer un plan de trabajo que satisficiese a los tres, también para indagar un poco sobre los conocimientos que ella ya tenía y, por que no decirlo, sobre su relación con el padre. 

   Siempre la traigo a colación como niña aunque realmente tenía 16 años para esa fecha, yo contaba ya con 24. Cuando apareció le regalé una abierta y sincera sonrisa. Tenía una energía que de alguna manera desbordó mis expectativas. Ella sonrió más tímidamente y se dirigió de inmediato al estudio haciéndome una delicada seña para que la siguiera. Nos encontramos sentados y sin pronunciar ninguna palabra, nos mirábamos con curiosidad, no habíamos establecido un acuerdo sobre quién debía empezar primero a hablar, así que, creyendo que de alguna manera no había otra opción, empecé yo, no muy propiamente, eso sí, tan sólo para preguntarle de qué quería hablar o qué quería saber. Las nuestras no serían unas lecciones convencionales, casi que me pagaban por ser su amigo nativo sabelotodo. 

   Nuestra conversación ya tenía un ritmo bastante fluido y casi que en el punto que considero perfecto cuando su empleada apareció con una pulcra e inmaculada taza de café, al parecer se tomaban nuestra cultura en serio, tenían a una auténtica mucama, con uniforme y todos los demás adornos, aunque en realidad la modelo no llevaba su traje con mucho garbo. Aquél traje no iba con ella, imaginé que había puesto un grito en el cielo cuando el jefe le propuso usarlo, pero seguramente fue un grito que sólo escuchó ella. Somos muy complacientes con algunos extranjeros. Preguntó cortésmente si requería algo más. Fue una pregunta casi que rutinaria, estaba en medio de una conversación, no podía necesitar nada más. Su expresión no fue rutinaria, estaba realmente esperando, ansiando una respuesta, yo sólo le di una mirada rápida mientras le agradecía por su amabilidad, pero para ella eso no fue suficiente, se quedó ahí, observándome. Estaba dispuesto a ignorarla y seguir nuestra charla pero la niña, con más modales que yo, le dijo que no necesitábamos nada más por el momento y que no dudaríamos en llamarla si se presentase tal circunstancia. 

   Eran demasiadas cebollas. Le di un pequeño sorbo al café mientras las observaba una vez más y escuchaba lo que la niña me contaba, iba de un viaje que haría próximamente. Lastimosamente la mucama había estropeado la conversación y fui incapaz de volver a llevarla al punto en el que estábamos, así que le pregunté a mi acompañante sobre sus planes cercanos, qué quería conocer y durante cuánto tiempo. Le sugerí algunos sitios y en algún momento debimos cambiar de tema pues subió a su habitación a buscar un libro que quería enseñarme, no recordaba el nombre del autor o fue a mí a quien falló la memoria, el caso es que queríamos confirmar el autor y la editorial. Terminaba ya el café cuando le eché otro vistazo a las cebollas, esa vez vi algo diferente, vi unos ojos. Seguí mirando el cuadro hasta que la imagen se volvió más limpia. 
La mucama estaba mirando fijamente mi espalda, mis movimientos al tomar lo que quedaba de café, mi lenta y tensa respiración. En ese momento comprendí que no era la primera vez que esos ojos se clavaban en mí. 


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