Era increíble la
magia de vivir todo aquello, la guerra no había pasado por nuestras casas, se
mantenían intactas. En la de mis padres todo estaba igual, al huir sólo llevaron
ropa y algunas fotografías, todo lo demás estaba a nuestro alcance,
esperándonos pacientemente. Nuestra casa no había sido saqueada y, diez años
después de que mis padres la abandonaran, el polvo no se había molestado en
caer sobre nuestro piso. Rudolph y yo estuvimos amándonos en una y otra hasta
que finalmente nos decidimos por vivir en la casa de mis padres, era una forma
de rendirles homenaje y decirles que, tal y como había pasado con los muebles,
yo seguía allí, nunca había salido y no tenía pensado hacerlo.
Nuestro amor fue más lindo después de la guerra. Éramos una sola persona que
tenía la dicha de tener dos jóvenes y hermosos cuerpos. Rudolph
trabajaba como supervisor en una fábrica americana y yo no hacía nada, no tenía
por qué, ya había hecho mi parte. Vivía cómodamente con el dinero que
Rolph me enviaba desde América, sus negocios marchaban bien y yo le hacía compañía cada
dos o tres meses. Su pasión y amor hacia mí no cambiaron con los
años. Hace pocos meses murió dejándome todo cuanto tenía, tanto
material como espiritualmente. Es bastante conmovedor cuando al evaluar la
vida de una persona que acaba de morir te das cuenta que vivió para
amarte. Llegué a sentirme muy mal por no haberle amado de la misma forma que él
a mí. Lo amé, sin duda, a mi manera, y en su memoria escribo éste relato, no
por querer que todos sepan lo que viví sino para recordarme, a pesar de todo,
lo dichoso, agradecido y enamorado que estoy ahora, y lo feliz que fui con él.
Todo es muy simple, cada vez que Rudolph tiene tiempo salimos a recorrer
la ciudad, no cómo hacen los otros que no dejaban de ver el pasado en los
edificios, los puentes y la cara de los ancianos,
nosotros solamente vemos el reflejo de nuestro gran amor, después llegamos a
casa, comemos cualquier cosa y nos amamos intensamente hasta la
madrugada. Rudolph es apasionado, brusco y tierno, todo al mismo tiempo, podemos
pasar horas enteras besándonos, queriendo recuperar todo el tiempo que nos
quitaron. Por cierto tiempo traté de convencerlo para que renunciara a su trabajo, viviéramos de
mi dinero y nos dedicáramos a viajar por el mundo, me refiero a occidente,
pero me fue imposible, él no quiere disfrutar de ese dinero, sigue siendo un
moralista. Aún así somos los hombres más felices de este lado de Berlín.
Hoy, nuestra ciudad se encuentra dividida por una gran barrera de odio,
tal como todo el planeta. Todos huyen de todos. Sólo un pequeño grupo de
sabios huyen de ellos mismos, tal y como debe ser. Vivimos en un mundo a punto
de explotar. Por todas partes se vocifera lo inminente de otra gran guerra,
muchos creen que la definitiva, quien gane controlará el mundo por siempre, o
al menos lo que quede de éste. Con Rudolph ya tenemos un plan: en cuanto
empiece la nueva guerra nos suicidaremos o huiremos a la luna, no estamos
dispuestos a separarnos de nuevo o recibir de los cielos un regalo atómico, y
mucho menos a ver como la ciudad presencia otra embestida del Ejército Rojo.
Pase lo que pase vamos a estar juntos.
Algunas veces camino al rededor del muro, lo miro fijamente y le cuento
muchas historias del día a día de la ciudad, de los lugares por donde no pasa.
Es nuestro huésped. A veces quisiera estar al otro lado, recorrer esa
parte de la ciudad y contarle historias de allá. El muro es distinto a los
espejos que me atormentan, los espejos me dicen culpable mientras que el muro
no habla, sólo escucha pacientemente, obedece. En ciertos aspectos me
identifico con él pues hace parte de un mundo de odios, inocentemente ha hecho
daño y causado heridas en su intento de supervivencia, además, hace de la
sumisión y la obediencia un estilo de vida. Gracias al odio, está separado de
su amor, la Tierra. Pero él espera, y yo también, que dentro de poco sea
derribado, para que así pueda reencontrarse con su amor y ser feliz, tal como
yo lo soy.
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