Fue un viaje tranquilo adornado con paisajes bellísimos. Normalmente venía a visitar a mi madre dos o tres veces al año, siempre solo, aprovechando el viaje para leer o escuchar música, nunca antes de ese día había admirado esos paisajes. Lena los disfrutaba también pues no despegaba los ojos de la ventana. Puede que fuera una excusa para pensar sobre qué pasaría cuando el autobús se detuviera, no había problema si era así pues tendría los mismos paisajes al menos una vez más. Cuando el autobús se detuviera yo empezaría una última vida, ella empezaría una difícil etapa en la suya. Hoy, evaluando un poco las cosas, creo que todo marcha bien, no puedo decir que somos plenamente felices, pero hemos aprendido mucho sobre la muerte, la soledad y el silencio.
Mamá y Roberto nos estaban esperando en la estación del pueblo. Sabía que estaban muy enamorados, sobretodo él, pero cuando imaginaba ese amor no pensaba que fuera tan hermoso. No recuerdo haberla visto tan feliz como aquél día. Mi padre murió cuando yo estaba muy pequeño y ella muy enamorada de él, mamá se dedicó entonces a criarme y a volcar sobre mí algo de ese inmenso amor que sentía por él. Siempre supo que no podía llenar ese vacío conmigo, pero mientras vivimos juntos nunca se involucró con ningún hombre. A veces me sentía fatal por haber demorado tanto en crecer, por no haber abandonado el pueblo a los diez años para que ella pudiera rehacer su vida, pero ahora, después de todo lo que ha pasado, creo que los dos fuimos bastante justos.
Cuando le conté sobre mi viaje le explique solamente que necesitaba un tiempo para descansar. Ella sabía que había estado consultando al Dr. Andergast pero yo le resté importancia al asunto, tampoco hubo tiempo de decirle que Lena me acompañaría. La relación entre ellas siempre la he calificado de cordial, mamá desde el principio supo todo sobre nuestro perfecto triángulo amoroso y, a pesar de no ser tan liberal, lo aceptó pues siempre ha puesto por encima de cualquier cosa todo lo que Lena ha hecho por mí, es más, después de nuestra llegada empezó a quererla como a una hija. Lo que yo no imaginaba es que ella también tuviese grandes anuncios por hacer. Al bajar del autobús sentí todo el peso de mi enfermedad, pude verme desde un punto muy lejano y no me gustó para nada, estaba delgado, pálido y cansado, guardaba las esperanzas de que mamá no me viera con ese aspecto, no fue así, nunca se puede engañar del todo a una madre. Ella supo disimular su asombro y prometió esforzarse para que pudiera reponerme mientras estuviésemos en casa.
La cena de aquella primera noche fue bastante especial. Roberto intentó seguir al pie de la letra las recetas de mi abuela, nada mal, al principio me confundieron un poco pero cuando llegó el postre comprendí que no había sido mamá quién había cocinado. Es el hombre ideal. Tiene un trabajo bastante estable y bien remunerado, es buen parecido, divertido, amable, caballeroso y lo más importe, ama a mamá. La verdad es que me agradó sin hacer ningún esfuerzo. Después de la cena pasamos a la sala a tomar un poco de vino, Roberto tomó la palabra y expresó lo contento que estaba de conocerme y de saber que pasaría algunos días con nosotros, también nos contó algo que mamá ya sabía, que lo habían trasladado a otro país y tenía pensado llevársela, no sin antes pedir mi bendición para casarse con ella. Llevaban más de un año de relación y ella no había aceptado vivir con él hasta que yo les diera el visto bueno.
Lena y yo quedamos mudos el tiempo suficiente para incomodarles. Nada me hacía más feliz que ver como mamá había decidido borrar el recuerdo de papá y seguir adelante, como abandonaba el pueblo y se encaminaba a conocer algo de mundo con una persona fantástica, nada mejor que sentirme adulto por primera frente a ella. Lo primero que sentí fue envidia y pena por no ser yo quién estuviera en esa situación, anunciándole mi matrimonio con Lena y confirmándole que pronto sería abuela, después me sentí terrible al pensar que mi enfermedad pudiera ser un inconveniente para ellos. Lena supo cómo romper el incómodo hielo diciendo que todo le parecía estupendo, incluso intento ser graciosa diciéndole a mamá que cuidaría muy bien de su chiquillo. Roberto rió un poco pero mamá tenía la mirada baja, entendía mi silencio como un desacuerdo y empezaba a dudar sobre su decisión, así que me puse de pie, la tomé de las manos y le hice prometer que partiría con Roberto y sería feliz sin importar lo que dejara atrás, sin importar lo que pasara conmigo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario