Un
golpe y un fuerte abrazo fue lo que recibí de Rolph. Fue demasiado rápido, así
que lo único que sentí fue un abrazo intenso y amoroso. Esa noche me hizo prometer
que nunca lo abandonaría y no volvería a salir sin compañía, si mis padres
querían verme tendrían que ir hasta nuestra casa, y por nada del mundo
volvería a ver a Rudolph, o él mismo se encargaría de llevarlo hasta Auschwitz.
Yo sólo asentí al escuchar esas nuevas reglas. Lo mejor hubiese sido tratar de
querer a Rolph cada día más, llegar incluso a enamorarme de él y vivir sin ningún
tipo de complicaciones. Lastimosamente el corazón no es tan complaciente, lo
único que logré fue seguir amando intensamente a Rudolph, aunque no pudiera
saber de él.
Después de varios meses de una vida vergonzante, la desesperación se apoderó de mí. Mis padres, a quienes no había vuelto a ver, huyeron a Inglaterra en cuanto tuvieron oportunidad. Los aliados cada vez estaban más cerca y no sabía absolutamente nada de Rudolph. Algunos dirigentes nazis habían empezado a huir desde la resurrección rusa en Stalingrado, otros habían sido más optimistas, pero después del desembarco en Normandía, sabíamos que todo había acabado. Incluso con todo esto a mi favor no fue fácil convencer a Rolph. Era mucho más importante y poderoso que cuando se montó a un autobús a salvarme la vida, así que estaba mucho más comprometido con la causa hitleriana, pero ni el idealista más radical puede mantenerse firme delante del amor. Huimos hacia Brazil, en América. Mientras Estados Unidos ayudaba a los europeos, los americanos nos ayudaban a nosotros, es increíble la cantidad de nazis que lograron escapar de la furia aliada.
Vivimos varios años en Brazil. Las cosas no fueron tan
sencillas como yo pensaba, cada vez que me llamaban por el nombre que tuve que
adoptar recordaba a mis padres y a Rudolph, no sé cómo pude resistir todo eso.
Rolph hacía lo posible por regalarme momentos felices y trataba de convencerme
de que empezáramos una nueva vida. ¿Cómo puedes vivir cuando tu
corazón está tan lejos? ¿Cómo puedes vivir cuando no sabes en dónde está tu
corazón? Simplemente no podía siquiera intentarlo, por lo que una noche después
de mucho meditarlo me aventuré.
-Rolph -le dije mientras acariciaba su cabeza, la cual
yacía sobre si mi pecho desnudo.
-Dime -tomó mi mano libre y beso suavemente su palma.
-He hecho de todo por ti. Me has dado todo lo humanamente
posible, me has dado amor y yo, no sé, creo que también te amo, pero no soy
feliz. Necesito mi país, necesito mi pasado. No sé nada de mis padres ni de
Rudolph -mi voz empezó a bajar de tono, era casi un quejido.
-Entiendo todo, puedes irte a buscarlos en cuanto quieras, me has
hecho feliz como nada en este mundo, creo que tienes derecho a serlo tú
también. Yo no puedo acompañarte por más que quiera, no por ahora -hizo
una larga y prudente pausa- ¿Volveré a verte?
-Seguramente. No estoy muy convencido de encontrar cosas
buenas al otro lado. No sé si pueda contar con el perdón y cariño de mis padres
o con que Rudolph esté vivo. En estos momentos eres lo único que tengo.
Cinco días después de eso ya me encontraba en Londres. No me quedaron
ganas de volver allí. Los espejos de aquella ciudad tenían algo particular,
eran demasiado realistas. En Brazil no tenía problemas con ellos, veía lo que
quería ver, sin más. En Londres, y luego en toda Europa, la cosa era distinta,
los espejos me mostraban demacrado, cansado y con un rostro horrorizado, no por
todo lo que vi o lo que viví, sino por lo que dejé de ver o sentir. Se me hacía
estúpido todo aquello, así que empecé a evitarlos a toda costa, no merecía tal
castigo simplemente por haberla pasado de maravilla mientras el mundo se
destruía. Me fue imposible encontrar a mis padres, no había rastro de ellos, llegué
a pensar que se habían cambiado los nombres para evitar tener algún parentesco conmigo,
sin saber que yo había hecho lo mismo para protegerme en América. Nuestra
familia había dejado de existir.
Con Rudolph todo fue distinto, él
simplemente había borrado todos aquellos horrores que tuvo que vivir. Había
deseado con tanta fuerza la llegada de los aliados
que quedó petrificado al ver los abusos cometidos por los rusos.
Sus violaciones iban en todos los sentidos, fueron muchas las mujeres que no pudieron
soportar tal cosa y terminaron suicidándose. Aquellos ciudadanos alemanes de
bien fueron quienes pagaron los pecados de los que huimos. Tuvieron que
soportar humillaciones y ser testigos presentes de la
repartición desmedida del mundo entre rusos y
americanos. Encontré a Rudolph sin mucho esfuerzo, estaba en la casa de
sus padres, tan solo como siempre. Cuando llegué no se sorprendió, me invitó a
pasar y dijo que estaba esperándome. Le creí.
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