Se sintió un poco decepcionado. El pequeño bosque, tal y como se veía desde afuera, no tenía nada de especial, además, tampoco logró que se olvidara del árbol florero o del cuadro, y menos de este último, pues cuando terminó de recorrer el caminito se quedó estupefacto al borde de una línea roja intensa, pintada tal vez con pintura industrial, que separaba el bosque de una pradera y de una nueva realidad, la misma que estaba retratada en ese maldito cuadro que lo atormentaría por una eternidad. Cuando pasó el choque inicial de observar nuevamente las mismas imágenes que ya había observado en el salón de arte, en un tamaño real y dentro de ellas, y después de que un tornado se paseara por su cabeza y su estómago, sintió un deseo incontrolable de volver a su auto o de despertarse del todo de ese agotador sueño. Pero cuando buscó el caminito, éste ya no estaba, había sido tragado por el pequeño bosque convertido ahora en una jungla espesa y siniestra, la cual él no estaba dispuesto siquiera a pisar, sabía que no saldría con vida de allí. Cuando giró de nuevo, rogando en voz alta para que la pradera no hubiese también desaparecido, al menos era linda y pacífica, se encontró con que ésta seguía en su mismo lugar y con su misma inmensidad, aunque la línea roja ya no estaba, ya no había nada que separar. Volvió a girar y no encontró la jungla, no encontró camino, no encontró bosque, nada. Se encontró a sí mismo en medio de una pradera hermosa, en medio de un cuadro muy bien pintado, en medio de la nada, en otro mundo. Caminó y caminó, no tenía más que hacer, además, todo era tan perfecto que nada malo podría pasar.
Después de tanto caminar buscando algo diferente a la pradera, divisó lo que a lo lejos le pareció ser un hombre. Pero no estaba seguro, era una figura inmóvil y borrosa. Empezó a correr como un loco mientras aquella sospechosa figura seguía estando igual de lejos e irreconocible. Por primera vez sintió ganas de llorar, estaba desesperado, harto de esa maldita infinidad verde, cayó de rodillas al suelo y empezó a dar puñetazos a la tierra, cuando ya no pudo más apoyó sus codos y su cabeza en una posición similar a la de un musulmán orando y respiró profundamente, llenando con el aire todo el diafragma y dejando escapar lentamente el aire por la boca como aprendió en sus clases de yoga.
Cuando levantó la cabeza observó que su alrededor había cambiado, la pradera interminable se había poblado de árboles, montañas, pájaros y otros animales pequeños, había flores por todos lados, también un lago, aunque no visible para Arthur, lleno por igual de cisnes blancos y negros cuyo canto inmortal solamente cesaba cuando ojos humanos les veían. Se puso de pie y sonrío, inhalo fuertemente y por fin supo el olor de la verdadera felicidad. Todo estaba radiante, incluso él. Sentía que flotaba sobre sus sueños de infancia.
En medio de su felicidad volvió a ver a aquél hombre, aunque ya no se veía tan borroso. Con un nuevo aire de esperanza y optimismo emprendió de nuevo la marcha hacia él, pero esta vez no corría, iba a paso lento, admirando y sintiendo cada centímetro de espacio recorrido. Cada tanto miraba hacia el hombre para cerciorarse de realmente estar avanzado, y así era, cada vez estaba más cerca, aunque este otro no se movía, o al menos Arthur no lo veía moverse ¿sería una escultura? Pensaba en las preguntas que le haría en cuanto estuvieran frente a frente. Al seguir avanzando notó algo extrañó. Algunos pájaros tenían las alas no en su parte posterior sino en el vientre, lo que los hacía volar en forma extraña y grotesca con el pecho hacia al aire. Además, algunos árboles tenían su tronco y sus ramas enterradas en la tierra mientras sus raíces se alzaban hacia el cielo, tal vez demostrándole que no eran árboles floreros. Su felicidad se fue convirtiendo en confusión, en una más profunda que cuando descubrió que tenía en frente suyo una pradera inagotable, y cuando por fin tuvo a escasos centímetros al hombre, ya no borroso ni lejano, tenía tantas preguntas para hacerle que se quedó mudo, a punto de llorar. Y aunque sabía que demoraría en articular alguna palabra, empezó a tranquilizarse, al menos ya no se encontraba solo. El otro hombre, sabiendo por lo que Arthur estaba pasando, le preguntó en tono amigable mientras le ponía una mano sobre el hombro
-¿Por qué tardaste tanto?
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