Arthur se sintió cansado, sentía que la jornada había sido larga y pesada. La experiencia con aquél cuadro lo había agotado mucho, necesitaba tumbarse un rato. Pensó entonces que al bajar por su carro le pediría a aquél simpático anciano que le indicara donde podría encontrar un lugar cercano para pasar la noche y emprender su viaje de regreso la mañana siguiente. Tenía eso y nada más en la cabeza: descansar. Pero cuando se le pasó el susto y miró a su alrededor se sintió invadido por una fuerza desconocida, o al menos olvidada por él desde hacía mucho. Su cansancio desapareció. No se sentía tan enérgico desde que sus padres lo llevaron por primera vez a la playa. Se olvidó así de aquél anciano, de su auto y de la mansión que estaba a su espalda para contemplar los colores y los pájaros que saltaban de rama en rama en un árbol desproporcionado que estaba a un lado del caminito por el cual había subido.
Todo ese paisaje se encontraba allí cuando él llegó, pero sus obligaciones no le habían permitido verlo. De hecho, le parecía que aquella colina se extendía más allá de lo imaginable y que todo se veía mucho más majestuoso. Caminó hacia el inmenso árbol donde jugaban los pájaros y sintió algo muy extraño. Tuvo la sensación de que aquél árbol no tenía raíces. Aunque ninguna de ellas era visible, no era eso lo que le despertaba preocupación, sabía que no tenían que ser visibles necesariamente, había algo más, algo que lo convencía de que el árbol estaba puesto sobre la tierra como se pone un florero sobre la mesa de un gran comedor. Al tener un pensamiento tan raro volvió a pensar en aquél cuadro, ¿qué hacía ese cuadro ahí? -se preguntaba-. No era un cuadro valioso. En medio de sus pensamientos sintió que alguien lo observaba desde el interior de la mansión, así que rotó su cuerpo, dándole la espalda al árbol florero mientras un viento gélido, parecido al que lo había envuelto minutos atrás, le recorría la espalda. Nadie lo veía, nadie podría verlo.
Al mirar hacia la mansión notó que detrás de ésta también se apreciaba una vista espectacular, había un pequeño bosque, aunque éste no estaba compuesto de árboles floreros ni desproporcionados sino que era un pequeño bosque como cualquiera de esa zona. Lo extraño era el camino que iba de un costado de la propiedad hasta allá pues, le parecía a él, el camino venía haciendo un largo recorrido detrás del bosque, lo atravesaba y terminaba violentamente sobre la mansión. Arthur creyó en ese entonces que ésta estaba puesta a propósito en ese sitio para interrumpir aquél camino. Un poco desesperado por esos pensamientos y sin medir bien sus movimientos, como si un imán gigante lo llamara hacia detrás de esos árboles, para él comunes y corrientes, empezó a recorrer el camino interrumpido y se adentró en aquél bosque esperando que las pesadas ramas del olvido pudieran amortiguar las imágenes y pensamientos que en ese momento lo atormentaban.
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