domingo, 31 de agosto de 2014

Detrás del bosque 3


   Recorrió, fotografió y tomó notas sobre las habitaciones, los cuartos de baño, los estudios, la cocina, la cava, el comedor, el salón de baile, el salón de té, la biblioteca y así todos los recovecos que ante sus ojos se desnudaban. Por último visitó el salón de arte. Fue una elección a propósito. Antes de entrar había hecho una pausa para comer los sánduches y beber un poco de agua, también revisó sus notas y pasó las fotografías que había tomado al computador. Sabía que necesitaba las memorias vacías antes de entrar al salón de arte. Cogió energía entonces para entrar a evaluar una colección que posiblemente valdría más que la mansión y que las cosas que se encontraban en las otras habitaciones. Tenía que estar concentrado y disponer alma y cuerpo para no solo admirar tales obras sino también calcular su valor. 

   Pinturas, pequeñas esculturas y reliquias. Todo era maravilloso. Monet, Kandinsky, Manet, Matisse, Coubert, entre otros. Unos originales, otros copias muy buenas, pero en conjunto hermosos. Había incluso una colección de marcos. Había una zona dedicada a pintores y escultores locales que habían sido patrocinados por los Liebher. El salón era mucho más grande que el apartamento de Arthur y nada de lo que había allí estaba cubierto por sábana alguna o protegido. No era necesario, esa gigante habitación se mantenía suspendida en su propio tiempo. A Arthur le parecía un escándalo que los herederos hubiesen dejado durante tanto tiempo esa fortuna abandonada en la mitad de la nada. Más le sorprendía que nadie hubiese intentado saquear la mansión.

   Después de su apreciación inicial desde la puerta del salón, Arthur miró su reloj y se percató que no le alcanzaría el tiempo para analizar en detalle cada pieza, así que decidió que volvería temprano al otro día y se dedicaría específicamente a eso. Pero no se iría sin mirar así fuese por encima algunas pinturas. Empezó a caminar lentamente como temiendo despertar a alguien mientras decidía que cuadro ver primero. No tuvo que pensar, la decisión se dio por si sola. Había un cuadro tan sencillo y tan desapercibido que tuvo que acercarse a descubrir cuál era su magia. Era un paisaje, no estaba firmado por nadie, y en la inscripción que había debajo del marco solamente se leía un “Detrás del bosque”. Lo miró, lo miró detalladamente durante minutos a la espera de ver lo que hacía a esa pintura especial. No encontró nada, así que retiró indignado la vista, asumiendo que alguien había cometido algún error o que los Liebher eran tan humildes que habían colgado allí el cuadro pintado por algún anciano o ama de casa, con algo de técnica, que se los había regalado en agradecimiento por algún favor obtenido. Cuando volvió a ver hacia el cuadro casi muere del susto. Se encontraba varios metros detrás de éste y en el lugar donde debería estar él se encontraba un hombre admirando el cuadro. Después de esa impresión, la cual lo había inmovilizado, cayó en cuenta que aquél otro hombre era él. Cerró los ojos y sacudió la cabeza intentando sacarse aquella imagen. Cuando los abrió, estaba de nuevo cerca al cuadro, solo. Respiró aliviado. Miro de nuevo aquél insípido paisaje y encontró una diferencia. Ya no solo era una pradera inmensa con un árbol sobresaliente a lo lejos sino que había un hombre en medio de ésta. Él estaba en medio de ésta. Abrió la boca sorprendido y no logró articular palabra cuando un viento gélido proveniente del cuadro lo arrastró hacia aquella pradera, en el lugar donde se había visto segundos antes. Estando allí, en medio de esa nada, se dio vuelta y se vio así mismo, en un cuarto lleno de cuadros observando hacia él y hacia esa pradera. Los dos Arthur, el del cuadro y el del salón de arte emitieron un gritó unísono que retumbó en todos lados. Aquél grito despertó a Arthur de su ensueño. Abandonó asustado el salón, recogió sus cosas, salió de la mansión y respiró hondamente hasta calmarse. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario