Detrás de ti estaba yo. Observándote y pensando que no podía perder la oportunidad de hablarte. Desde el momento que te vi pasar a mi lado en la cafetería sentí una fuerza sobrenatural que halaba mi pecho hacia tu espalda y mis labios hacia tu cuello. Llevaba mucho tiempo trabajando allí y nunca te había visto, no éramos muchos, no era difícil conocer a todos. Así que asumí que eras nuevo o estabas de visita, y creí, como recordamos días después entre risas, que resolver esa duda era la mejor excusa para hablarte. Pero cuando te tuve en frente y mis labios empezaron a articular las palabras que el cerebro le había ordenado, quedé tan sorprendido como tú.
-Hola Fabián -te dije sin saber de donde diablos había sacado mi cerebro ese nombre.
-Hola -contestaste con una sonrisa cortés- ¿Nos conocemos?
Tus ojos mostraban una curiosidad muy tierna. Como si esperaras que fuéramos unos antiguos conocidos de la infancia o primos que habíamos dejado de vernos por esas cosas del destino. Tus ojos estaban dispuestos al reencuentro. Ya con tu café en las manos, esperaste que sirvieran el mío y como si no te importara el tiempo ni las obligaciones que tal vez tendrías me invitaste a sentarnos en la mesa más expuesta al sol. Yo accedí, como accedería a todas tus propuestas a partir de ese momento.
-Ahora sí, dime, ¿de dónde nos conocemos? Francamente no recuerdo.
-Yo tampoco. -reímos espontáneamente- Se me vino ese nombre a la cabeza y parece que acerté ¿no?.
-Sí, en efecto, así me llamo. ¿Y cuál es tu nombre?
-Te tocará adivinarlo, para ser justos. -reímos de nuevo, pero no te contesté ni volviste a preguntar.
-¿Eres nuevo? ¿No te había visto por estos lados? -proseguí.
-No. No trabajo acá. Pero mi compañera de apartamento sí, y pues, boté mis llaves así que vine a que ella me prestara las suyas. Me dijo que la esperara acá.
-Entiendo. Pensé que iba a tener el placer de verte más a menudo.
Al decir eso me regalaste una sonrisa que todavía guardo en la parte más accesible de mi memoria y que miro cada vez que no te tengo a mi lado. Pero en ese momento, al decirte eso, sentí como mi cara hervía de pena y tuve que bajar la mirada, concentrarme en mi café para evitar que vieras mis ojos avergonzados. Tú, con la generosidad que siempre te ha caracterizado, saliste a mi rescate.
-Puedes verme más a menudo -mi bochorno iba en aumento, pero saqué fuerzas de aquella sonrisa de hacía dos segundos y respondí.
-¿Ah sí? ¿Qué tan a menudo?
-Cada día. Cada día -repetiste sin despegar tu mirada de mis ojos.
Mi pena se convirtió en rabia al pensar que te estabas burlando de mí con esa respuesta. Pero me regalaste otra vez aquella sonrisa mientras agarrabas mis manos.
-Todos los días. Cada vez que despiertes.
Y después de decir eso, después de imaginarte cada mañana despertando al lado mío, dijiste lentamente mi nombre mientras un rayo de preocupación descongelaba tu sonrisa, apartaba tus manos de las mías y llevaba tu mirada sin remedio hacia tu café.
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