Arthur tenía veintiséis años en aquél entonces. Era arquitecto y durante sus estudios universitarios había tomado muchos cursos de arte. Así pues, era la persona adecuada para ir a visitar la antigua propiedad de la familia Liebher, aquellos nobles ciudadanos alemanes que se habían asentado en nuestra ciudad huyendo de las garras de Hitler y que por medio de sus donaciones y obras de caridad durante muchos años, ayudaron a limpiar la imagen que todos teníamos de sus compatriotas. Después de felices años viviendo en esa hermosa mansión situada en una colina a las afueras de la ciudad, después de envejecer allí y de ver a sus primeros nietos desfilar por los pasillos y múltiples habitaciones adornadas con muebles europeos y reliquias de los imperios caídos, decidieron que, restituida ya la tranquilidad en su patria, regresarían a morir allí.
Ninguno de sus hijos se interesó en vivir en la mansión, aunque si vivían en la ciudad, y decidieron venderla en cuanto sus padres murieron y los testamentos fueron leídos. No solo querían venderla sino que también estaban interesados en buscar buenos precios para todas las cosas que se encontraban dentro de ésta, que incluso podrían valer más que la propiedad en sí. Por esto, Arthur era la persona indicada. Se encargaría de las restauraciones necesarias, evaluaría el estado de las reliquias y trataría de encontrar unos compradores justos entre su lista de contactos.
Los hijos de los Liebher no estaban para nada interesados en acompañar a Arthur a hacer una visita inicial, le confiaron las llaves y le dijeron que bien podría empezar cuando quisiera, botar lo que considerara de poco uso y sentirse con autonomía suficiente para tomar decisiones. Ellos se encargarían de firmar papeles, girar cheques o cualquier otra cosa de ese tipo. Confiaban ciegamente en la persona que lo había recomendado, y por ende, confiaban en él.
Arthur salió hacia la mansión de la colina un sábado soleado de Septiembre. Llevaba en su carro una cámara fotográfica profesional, un computador portátil, los planos de la construcción, un juego de llaves, una libreta de apuntes, un cuaderno de dibujo, sánduches y agua. No pretendía pasar todo el día allá pero sabía que no sería algo de un par de horas. De ser necesario iría de nuevo al otro día. Le gustaba trabajar con buena luz.
Escogió una ruta que no pasara por el centro de la ciudad, puso un CD compilatorio de jazz y arrancó sin prisa su descapotable. Conducía alegremente con unos lentes oscuros. Cuando se detuvo en un semáforo y detalló su aspecto en la ventana de alguna tienda se dio de cuenta que asemejaba al gigoló de alguna película norteamericana. Se carcajeó mientras el semáforo cambiaba de color y los autos detrás de él le pitaban para que se espabilara. Sin duda, estaba convencido que ese sería un buen día. Después de realizar la visita pasaría por su restaurante favorito y llamaría a algunos amigos por si se animaban a tomarse algunas copas. No era muy optimista pues éstos, a diferencia de él, no eran solteros, y por tanto, normalmente pasaban sus sábados en alguna salida aburrida con las amigas de su novia, cenando con la familia de ésta o en un cine atestado de melosería viendo la última comedia floja romanticona de la temporada. Él sabía que era así pues había estado tres años en una relación y a punto de casarse. Pero en ese momento era soltero, y bebería con ellos o sin ellos.
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