Leer en todo caso.
Al leer esta nota seguramente han pasado muchos meses (año, semanas, días). Vienes de un amor más, de una aventura más, y seguramente te encaminas hacia otra, si los años del alma te lo permiten. No sé si en todo este tiempo has tenido noticias de mí, no sé si yo las he tenido de ti. Te escribo desde hace mucho tiempo, desde un solitario veinte de septiembre. Una solitaria y lluviosa noche, fría y sospechosa, inmaculadamente triste. Te escribo porque no tengo otra forma de desahogarme, porque las lágrimas no son suficientes ni creíbles.
Te escribo esta noche porque me convencí de que no hay otro camino diferente al que marca tu sonrisa. Porque solamente se tiene una oportunidad para llegar al amor puro, porque lo demás son experimentos paliativos que nos llevan a un amor artificial, falso y tremendamente estúpido. Sin ti, nada.
Aun así me demoré mucho. Ya no es un veinte de septiembre. Es un día más, como cualquier otro. Ya no es un veinte frío y abominable. Ya no estoy, ya no estamos. El concepto del amor no ha cambiado, el mundo sigue siendo vanidoso y fútil, la gente sigue igual de vacía y decadente. ¿Dónde estarás? ¿Has pensado en mí en todo este tiempo? Yo no he dejado de hacerlo ni un solitario segundo. No tuve tiempo de nada. No fui bueno. Lo único memorable que hice fue amarte. Si existiera un infierno seguramente me mandarían allí, pero no sabrían de qué acusarme. ¿Quitarse la vida sigue siendo un delito? Me condenarían por negligencia, tal vez, aburrimiento, cansancio. El cinismo no es un delito grave, es la condición característica del ser humano. Pero la estupidez sí que lo es, y he sido estúpido, he sido inmensamente estúpido. Y no por quitarme la vida, sino por matar mi alma. La maté cuando te herí, la maté cuando no supe cuidarte bien, la maté cuando no comprendí que mi felicidad estaba contigo, y con nadie más, y que debía pasar por encima de mí mismo, de mi forma de pensar, de mi forma de ver el mundo, para entregarme a ti, para entregarnos, mi alma y yo, y vivir una felicidad pura e irracional. Debí haberlo hecho, así supiera que estábamos creando bases falsas y que todo se desmoronaría después, pero tal vez las cosas hubiesen durado más, tal vez hubiésemos tenido fuerzas para levantar nuestro castillo de naipes, y ahí, con un conocimiento ya aprendido, haber levantado otro, sobre la roca, de ladrillo y con un millón de columnas, desafiando al universo mismo para que se atreviera a soplarle con su aire más potente, invitándolo a perder el tiempo. Porque ese amor, tal vez, hubiese sido el más grande, hubiese alcanzado a quemar mil planetas, hubiese arrasado con cualquier tipo de sensatez.
Sé lo que pensaste, se lo que piensas hoy, “hoy” de mi presente no del tuyo. Sé que piensas que todo esto se me pasará, que te olvidaré como se olvida una hoja que ha caído en otoño, que se olvida cuando su recuerdo deja de ser hermoso. Pero no. En todo este tiempo, tiempo tuyo, no te pude olvidar. Tal vez ya, desde tu condición, crees que no hay razón alguna para quitarse la vida. Pero hay una razón muy grande. Cuando descubres que hay una mejor realidad en tus sueños. En mis sueños estamos juntos, en mis sueños me amas, en mis sueños logro ver tu alma, en mis sueños, básicamente, soy feliz. Todo el día, todos estos días, tuyos, solo pienso en el momento en que el cansancio me domine y me lleve hasta tus brazos. Empecé como todos, a paso lento. Primero tomaba leche caliente. Luego lo combiné con pastillas. Marihuana, que también me adormece. Películas modernas. Música relajante. Pero nada era suficiente, seguía despertándome una y otra vez.
Por eso llegué a tal determinación. Quería dormir para siempre. Nadie puede juzgarme, nadie puede juzgarme por intentar buscar mi felicidad.
Te escribo esta noche porque me convencí de que no hay otro camino diferente al que marca tu sonrisa. Porque solamente se tiene una oportunidad para llegar al amor puro, porque lo demás son experimentos paliativos que nos llevan a un amor artificial, falso y tremendamente estúpido. Sin ti, nada.
Aun así me demoré mucho. Ya no es un veinte de septiembre. Es un día más, como cualquier otro. Ya no es un veinte frío y abominable. Ya no estoy, ya no estamos. El concepto del amor no ha cambiado, el mundo sigue siendo vanidoso y fútil, la gente sigue igual de vacía y decadente. ¿Dónde estarás? ¿Has pensado en mí en todo este tiempo? Yo no he dejado de hacerlo ni un solitario segundo. No tuve tiempo de nada. No fui bueno. Lo único memorable que hice fue amarte. Si existiera un infierno seguramente me mandarían allí, pero no sabrían de qué acusarme. ¿Quitarse la vida sigue siendo un delito? Me condenarían por negligencia, tal vez, aburrimiento, cansancio. El cinismo no es un delito grave, es la condición característica del ser humano. Pero la estupidez sí que lo es, y he sido estúpido, he sido inmensamente estúpido. Y no por quitarme la vida, sino por matar mi alma. La maté cuando te herí, la maté cuando no supe cuidarte bien, la maté cuando no comprendí que mi felicidad estaba contigo, y con nadie más, y que debía pasar por encima de mí mismo, de mi forma de pensar, de mi forma de ver el mundo, para entregarme a ti, para entregarnos, mi alma y yo, y vivir una felicidad pura e irracional. Debí haberlo hecho, así supiera que estábamos creando bases falsas y que todo se desmoronaría después, pero tal vez las cosas hubiesen durado más, tal vez hubiésemos tenido fuerzas para levantar nuestro castillo de naipes, y ahí, con un conocimiento ya aprendido, haber levantado otro, sobre la roca, de ladrillo y con un millón de columnas, desafiando al universo mismo para que se atreviera a soplarle con su aire más potente, invitándolo a perder el tiempo. Porque ese amor, tal vez, hubiese sido el más grande, hubiese alcanzado a quemar mil planetas, hubiese arrasado con cualquier tipo de sensatez.
Sé lo que pensaste, se lo que piensas hoy, “hoy” de mi presente no del tuyo. Sé que piensas que todo esto se me pasará, que te olvidaré como se olvida una hoja que ha caído en otoño, que se olvida cuando su recuerdo deja de ser hermoso. Pero no. En todo este tiempo, tiempo tuyo, no te pude olvidar. Tal vez ya, desde tu condición, crees que no hay razón alguna para quitarse la vida. Pero hay una razón muy grande. Cuando descubres que hay una mejor realidad en tus sueños. En mis sueños estamos juntos, en mis sueños me amas, en mis sueños logro ver tu alma, en mis sueños, básicamente, soy feliz. Todo el día, todos estos días, tuyos, solo pienso en el momento en que el cansancio me domine y me lleve hasta tus brazos. Empecé como todos, a paso lento. Primero tomaba leche caliente. Luego lo combiné con pastillas. Marihuana, que también me adormece. Películas modernas. Música relajante. Pero nada era suficiente, seguía despertándome una y otra vez.
Por eso llegué a tal determinación. Quería dormir para siempre. Nadie puede juzgarme, nadie puede juzgarme por intentar buscar mi felicidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario