B
Cuando el martillo partió en dos la cabeza de la sirvienta entré en shock. Era sorprendente la cantidad de sangre que brotaba. Era un río interminable, un río vivo que corría hacia las escaleras. Ni siquiera pude gritar, seguía amordazada y amarrada a mi cama. A mi propia cama, por mi propia hermana.
Después de que golpeara a la sirvienta, pensé que acabaría conmigo también pero, en vez de eso, inició a gritar como una loca, como alguien que se muere de miedo. Le alcancé a escuchar algo sobre la policía, la playa, nuestro padre. Me liberó, tomó mi silla de ruedas y salió cantando esa estúpida canción que la había hecho famosa de niña. Hubo mucho ruido hasta cuando el carro partió a toda velocidad, alejándose para siempre de la casa.
Me tiré de la cama. Revisé a la sirvienta pero ya estaba muerta. No tenía ni una gota de sangre en su abultado cuerpo. Aproveché y tomé la vieja pistola que reposaba en un cajón de mi mesa de noche. Tenía que salir de allí, en algún momento mi hermana regresaría y yo no sabría qué hacer. No me quedaban dudas que quería mi dinero y se estaba valiendo de un cómplice para robarlo. No me fue nada fácil bajar esos veinte escalones, tuve que arrastrarme como el más miserable de los gusanos. Desde hacía mucho tiempo esa maldita me había prohibido hablar por teléfono, recibir visitas o cartas, así que no sabía por dónde empezar a buscar ayuda, no tenía a donde ir.
Busqué la puerta trasera. Ésta daba a la casa de mi escandalosa vecina, Miss Bates, quien se denominaba mi fan número uno cuando hacía ya muchos años que no tocaba un estudio de grabación. Cuando estaba arrastrándome hacia mi objetivo alguien entró como un huracán por la puerta delantera. Pensé que era el más vil de los demonios que venía a rescatar mi alma pero, no fue así, era algo muchísimo peor, un hombre. Se me acercó haciendo mil preguntas a la vez, ¿Dónde está la empleada? ¿Se encuentra usted bien? Imaginé que preguntaría en dónde estaba el dinero, tenía que ser sin duda el asqueroso cómplice de mi hermana. Me adelante y le apunté firmemente con la pistola, no estaba dispuesta a tolerar otro abuso.
J
¡No tuve opción!
Esa estúpida sirvienta me amenazó con llamar a la Policía y yo no podía permitir eso. Además, todo lo que decía era mentira, ¿Cómo podía yo amarrar a mi hermana a la cama? Era una sensación de indignación igual a cuando me acusaron del accidente que la dejó inválida. No podía regresar a ese horrible lugar lleno de barrotes, mujeres de la calle y estúpidos vestidos de verde. Estaba muy asustada, ¿Dónde podía ir? No demoré mucho en comprender que deberíamos ir a la playa. Siempre fui feliz en la playa, podría cantar, bailar, y todas las personas se acercarían a verme.
Desamarré a mi hermana y le ayude a subir a la silla de ruedas. Casi nos caemos cuando tropecé con el martillo, el cual tomé y lancé debajo de la cama. No sabía qué hacer con el cuerpo de la sirvienta, así que lo deje ahí, a lo mejor se esfumaría con el tiempo. Bajamos con dificultad las escaleras, mi hermana estaba tan liviana que podría decir que sólo cargaba la silla. Nos dirigimos hacia el carro, aquel viejo y negro carro que se mantenía intacto después de veinte años, blanco, fino, culpable.
No fue tan difícil subirla, era excesivamente liviana. Monté la silla de ruedas en la parte trasera y me acomodé al volante, arrancamos hacia la playa, conversando como no lo hacíamos desde hacía ya una eternidad.
Tom
Ocurrían cosas muy extrañas en esa casa.
Nos acostumbramos a llamar casa a esa mansión, pues en realidad eso era, una mansión, la más vieja y triste mansión de toda la ciudad. Tan vieja y tan triste como las hermanas que la habitaban. Sabía todo lo que ocurría allí gracias a la empleada. La pobre vivía muy preocupada por el comportamiento de la hermana menor, quien se encargaba de mala gana y a regañadientes de la otra. Esta última era quien pagaba todo y pretendía mandar a su hermana a un centro psiquiátrico. No sé si fue la invalidez o la condición de estrella venida a menos, o ambas, lo que siempre me impidió ver a Miss Blanche, la mayor. Nadie en el vecindario la había visto en años, y a juzgar por la apariencia de su hermana, Miss Jane, suponíamos que debía parecer un espanto. En sus películas aparecía hermosa, grande, prepotente, y todos preferimos guardar esa imagen.
Les comento todos estos detalles porque antes de darme cuenta ya estaba metido de lleno en una locura, estaba dispuesto a ayudar a la empleada, quien llevaba siete días sin ver a su ama y sin poder entrar a la casa pues Miss Jane se lo había prohibido. Así que me contó sus planes: entraría a la casa y se aseguraría de que su ama estuviera bien. Era claro que no confiaba ni en Miss Jane ni en su extraño amigo, los cuales siempre se emborrachaban a plena luz del día. Esa tarde Miss Jane había salido, era el momento que habíamos estado esperando. Mi cómplice entró a la casa mientras yo me quedé vigilando, pero en cuestión de segundos Miss Jane regresó. Todo ocurrió demasiado rápido y no pude hacer nada.
Cuando Miss Jane entró a la casa me acerqué a la puerta, si escuchaba algo extraño entraría a socorrer a la empleada. Escuché a alguien bajar por las escaleras así que corrí y me escondí entre los arbustos, era Miss Jane, salió con la silla de ruedas, se montó al carro y partió a toda velocidad. Entré a la casa y, cuando logré esquivar el río de sangre que bajaba por las escaleras, me encontré con lo que parecía ser un alma en pena apuntándome con una pistola. No me decía nada, solo apuntaba. Le expliqué quién era y qué quería, le dije que estaba dispuesto a ayudarla pero no parecía creerme. Sólo cuando se dio cuenta que yo seguía allí dispuesto a ayudarla a pesar de que me había disparado en una pierna, bajó el arma y me escuchó.
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