Llueve. En este pueblo la lluvia todavía es capaz de frenarlo todo. Siempre, sin importar la hora en que se desate, ha permitido dos únicas actividades: dormir o mirar como el suelo se refresca. Para mí nunca ha sido un impedimento, es el momento en que disfruto mejor al pueblo. Cuando llueve, se rompe el silencio que siempre hay en todas partes, el orden y el olor a campo. Cuando llueve, se imponía un poco de ciudad: gente corriendo de un lado para otro, ese pequeño ruido que anda en todas partes y se te mete por los poros, la abstracción de muchos en las ventanas, viendo el suelo, pensando sólo en ellos. No me di cuenta de lo mucho que me gustaba la lluvia hasta que ésta ocurrió en la ciudad, ese día, mi primer día lluvioso en la ciudad, entendí toda mi niñez.
Prendemos la radio, no hay nada. Buscamos en las cosas de papá y escogemos uno de sus antiguos discos, lo que sale de ahí es fantástico. Papá tenía buen gusto literario y musical, algo que repetía mucho mamá, precisamente, en días como éste, en el que nos metíamos bajos las sábanas y ella empezaba a contarme historias del pueblo, de cuando ellos eran jóvenes. Así me fui haciendo una imagen de él, completándola con sus escritos, sus libros envueltos en polvo, sus discos y su colección de recortes de periódicos. Nunca le pregunté a mamá, pero creo que él soñaba con irse del pueblo, con bares, con grandes bibliotecas y museos, cines, teatros, otros espíritus. Aún así, no creo que haya sido infeliz ni un día de su vida.
Miro a Lena al frente mío, pienso en mi niñez, en la figura de mi padre, y no evito lamentarme por saber que no seré papá. Legal y biológicamente podría serlo, pero no estaría presente en el crecimiento de quien fuera mi hijo, no sería un padre en esencia. Sé que a Lena no se le pasa aún por la cabeza ser madre, pero los años y las experiencias están corriendo, hemos crecido bastante durante los últimos meses y, confieso, nadie podría ser mejor padre que Gunnar. Siempre he pensado esto, pues, para mí, el ser buen padre está ligado al no abandonar, a menos que la muerte así lo desee, al niño y a la madre, y sé que Gunnar jamás se alejaría o dejaría de amar a Lena. Debo decir que es una buena ayudante, ha anotado todo sin reproducir muchos gestos, sólo los necesarios.
Todos los sábados, lluviosos o no, extraño a Ren y a Rin. Supongo que con ellos pude experimentar en un mínimo porcentaje lo que es ser padre. Extraño cantarles, no para dormirlos sino para agradecerles la alegría con la que me daban la bienvenida a casa. También les cantaba cuando salíamos a pasear, aunque en aquellas ocasiones estuvie-sen concentrados en admirar otras cosas. Yo, en cambio, aprovechaba esos momentos, mientras cantaba y hacía de padre, para pensar en Lena y en nuestro futuro. Debí haber seguido a Ren y a Rin, y dedicar esos momentos a admirar árboles, gente extraña, otros perros, y pensar en cosas más reales.
Extraño mi trabajo en el museo, extraño guiar a los niños por el pasado, sus preguntas inocentes y llenas de lógica enmudecedora, sus agradecimientos sinceros y su natural sorpresa hacia todo lo que oían. Los niños eran mi pedazo de ciudad y presente en el museo, mi trozo de ritmo, ruido y dinamismo. Me gustaría hacer algo con los niños de acá, no hay museos ni nada que se le parezca, pero está el pueblo, con muchas historias que yo sé y ellos o sus padres desconocen, con ruinas y lugares que ya no existen, que yo viví en mi infancia y que fueron desapareciendo sin que nos diéramos cuenta. Hay un pasado palpable, me gustaría hablarles de él. El antiguo puente, la casa embrujada de la esquina, que ahora es una farmacia, el camino de las sombras, los zapatos que terminaron en lo alto de un árbol o sobre las redes eléctricas, las historias de amor que escandalizaron a todos, los suicidios y milagros. Tengo ante mis ojos un museo al aire libre, cálido y diverso. La cara de Lena se ilumina al ver el brillo en mis ojos. Sonríe. En pocos segundos se acercará a mí, me besará y me susurrará que es suficiente por hoy.
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