Lo hizo y fue al baño. Cuando regresó a la habitación, volvió a escuchar lo mismo "Nill, prende la luz". Quedó mudo, no sabía que pensar. Jeff le dijo aquello con tanta naturalidad que no podía ser una broma, además, hubiese sido una muy estúpida, ajena a su gusto. Lo primero que hizo, casi por reflejo, fue mirar la pared. Ahí estaba la bombilla, ardiendo a toda potencia. ¿De qué luz le hablaba entonces? Recorrió la casa prendiendo todas las luces, pensando que éste no se refería a la de la habitación, después de eso se dio cuenta que aún seguía de día. Él estaba también algo desubicado pues habían tomado una pequeña siesta después del almuerzo de ese frío domingo y, además, no estaba en su apartamento. Volvió al cuarto después de escuchar lo que se estaba convirtiendo en un repetitivo y desesperado llamado. Encontró a Jeff tentando las paredes y tropezando con todo. En cuanto éste sintió su presencia en la habitación le pidió la hora.
-Es de día- le respondió Nill.
Jeff, después de obtener la respuesta que se había negado segundos antes, se sentó en el piso y se cubrió la cara con ambas manos, para luego, con sus dedos, recorrerla tratando de buscar alguna venda, alguna máscara, el miserable trapo que le impedía ver a su amante. No encontró nada. Aún así fue difícil convencerlo, difícil darle a entender que no era una jugarreta de Nill, que no era una de sus tonterías, que de por sí nunca fueron tan crueles, que aún había luz en el cielo y en toda la casa. Fue difícil para Nill también convencerse, no ese mismo día sino después, que Jeff hubiese perdido la vista por completo.
El médico no perdió tiempo, les informó de la condición de Jeff sin tacto. De ahí en adelante Nill sería sus ojos, al menos mientras Jeff adaptaba sus manos, sus piernas, su oído y su memoria para que lo fuesen. Era Nill, quien sólo llevaba un mes de conocerlo, quien tendría que ayudarlo a hacer todas sus cosas, algo que le hubiese parecido bastante romántico si se tratase de sexo.
Para Nill todavía es gracioso recordar esos primeros días. Ni siquiera eran novios, no eran nada, además, en esa época, él mismo no podía encargarse ni de sus propios asuntos, era un simple puto, o como prefería llamarse, un "escort masculino" o un "caballero de compañía" ya que según él, y tenía razón, los hombres no le pagaban solamente para que se acostara con ellos si no también para que los acompañara al teatro, a galerías de arte y a eventos sociales.
Jeff y Nill se conocieron mientras este último esperaba a un posible cliente, o empleador como le gustaba llamarlos, en un pequeño café en cercanías a las oficinas donde Jeff trabajaba. Aquél posible empleador nunca llegó ni tampoco tenía el dinero suficiente para, según le había prometido a Nill, pagarle hasta por cada sonrisa. ¡Y vaya que éste sonreía en esa época! Esa casualidad, de alguna forma, siempre le ha parecido a Nill un punto de quiebre en su destino, la única oportunidad que tuvo para enderezar su vida. Antes de conocer a Jeff no sabía nada más que cobrar a algunos hombres, los de su escogencia, para mantenerlos contentos, razón principal para que le echaran desde muy temprano de la casa de sus padres.
Nunca estuvo conforme con el tipo de vida que llevaban en casa. A sus padres les iba bien pero vivían en estado de ahorro, guardando cada moneda restante para un futuro lejano en el que alguno de sus hijos enfermara o Nill se animase a estudiar algo de verdad. Ninguna de las dos cosas pasaba y éste se cansó de esperar, así que empezó a buscar el dinero que necesitaba para darse sus gustos, que de por sí no eran módicos. Sus métodos no fueron del agrado de sus padres, quienes decidieron botarlo, cosa que realmente no le importó pues para ese momento ya le alcanzaba para vivir sólo, bien y mucho mejor.
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