Tu mirada llega a lugares que yo mismo había condenado. Me estremeces. Rompes todos los códigos y cadenas, métodos de seguridad antiguos y modernos, apagas las velas, rompes las bombillas y desafinas los instrumentos que encuentras a tu paso.
¿Por qué no te detengo? No quiero, además, no puedo alcanzarte. El peso de los recuerdos me impide entrar en las estancias que tu exploras con curiosidad infantil. Mis lágrimas me empapan, me vuelven pesado, me tumban y anclan en el piso. Tú, indiferente de mi incapacidad, avanzas sin prever los peligrosos abismos que sin duda encontrarás.
Me levanto y empiezo a retroceder lentamente. Sé que la puerta principal no estará abierta por mucho tiempo, debo llegar allí, debo detenerla hasta tu regreso, debo impedir que se cierre y nos deje atrapados en mi oscuridad.
Me maldigo cien veces.
¿Por qué tardas tanto? Grito, no hay sonido. Todo me ha abandonado. No hay sombras, no hay susurros, no hay eco.
No regresas.
Dejo de sostener la puerta y salgo en tu búsqueda. Estamos atrapados.
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