lunes, 9 de marzo de 2015

Cepillo


   El resplandor de sus ojos hacía que los míos bajaran incesantemente. Transmitían una paz a la cual no estaba acostumbrado para ese entonces. Debo reconocer que la primera vez, y las otras cien veces siguientes, no les vi nada especial, estaba demasiado ocupado perdiendo el tiempo en banalidades. Pero cuando los vi con mi alma desnuda y frágil pude entender el poder que éstos ejercían sobre lo que se posaran. Mi reacción siempre fue la misma después de notar su magia, bajar la cabeza avergonzado y sonreír, guardando en el fondo de mi pecho un poco de tristeza pues sabía que no era digno de recibir la luz que despedían. Aún así lo hacían. 

   Con el paso del tiempo comprendí que el universo no era justo ni sabio. Y que a veces cometía errores que beneficiaban a seres como yo. Así que dejé la tristeza y la vergüenza y me entregué felizmente a esa luz que recorría mi cuerpo y penetraba cada duda. Mi sonrisa se volvió permanente y mi excitación inmortal. Deseaba sus ojos tanto como deseaba el resto de su cuerpo tímido e inexperto. Sus labios eran otra fuente de suspiros y sensaciones imposibles. La forma en como cambiaban de color y de sabor cada día. Las canciones de amor que nunca cantaron y los besos amargos que nunca dieron. Recuerdos que viajan ahora conmigo y me acompañan en mis noches solitarias de peregrinación. Son mi guía y mi lumbre en esta búsqueda infinita.

   El universo, injusto y periódico, un día le notificó su error. Le explicó que sus ojos deberían estar alumbrando a alguien más merecedor de tal cosa, y que sus labios y cuerpo deberían despertar pasión en alguien o algo más puro. Él, un esclavo más al igual que todos nosotros, tuvo que partir con una lágrima en sus mejillas pero con la determinación absoluta de cumplir su labor. Se alejó llevándose consigo la luz que alumbraba mi tristeza. Desde ese día vago por todas las escenas alguna vez imaginadas por los hombres, tratando de encontrarlo para ver por última vez aquellos ojos, los únicos con el poder suficiente para matarme y liberarme de mi condena eterna. 

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