Algún día, en nuestro lecho de muerte, podremos mirar hacia abajo y comprender los caminos trazados. Abrazados pero no temerosos. Yo, me iría primero para poder preparar el terreno y esperarte. Tú, suspirarás y pensarás en este presente, para entonces lejano y vivo pasado. Pensarás en lo confuso del amor y en lo difícil que fue crearnos la felicidad que gozamos durante tanto tiempo. Pensarás en los viajes de ensueño que haremos, en las rabietas que de seguro te causaré, en las peleas mudas y en las noches de luna opaca.
Yo, muerto y feliz, navegaré por un mar de lágrimas, pero no mías, si no de todos los otros enamorados que han partido y partirán sin tener tanta suerte como la que yo tendré. Tú, agotado de suspirar, morirás para siempre e intentarás encontrarme, allá, en ese otro mundo, en esa tierra insospechada y oscura. Deberás tener cuidado pues en el largo camino de entrada estarás solo, acompañado únicamente del ruido de tus pensamientos y la luz de mis esperanzas.
Allá, tendrás que encontrarme antes del fin del tiempo, para que podamos ver como nuestro amor crece sin ninguna atadura hacia lo más alto de los firmamentos. Allá, nuestros sueños más remotos y perdidos se harán realidad, algo que no podremos hacer en este mundo fútil, vanidoso y estúpido. Mientras llegas a mí, lo cual puede tardar varias eternidades, pensaremos en aquél día que te conocí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario